En el 2018 anduve sentado en un pastito cerca de donde ocurría un concierto. Mi amiga Grisell y yo habíamos estado deambulando por una feria del libro y había un concierto del que nos pusimos convenientemente lejos para chismear y de fondo ver qué sucedía en la presentación. El chisme fue interrumpido por pelotas inflables gigantes, hordas de gente, familias completas que gritaban y un aullido multitudinario cuando la banda invitó al público a seguir lo que indicaba la canción: baila sin cesar.
Durante años, el concierto de 31 minutos en el parque bicentenario de la ciudad de México fue un referente en mis reflexiones sobre el potencial colectivo y social de ser, estar, jugar y sentir juntxs: habitar un espacio donde disfrutamos todas las personas por el simple hecho de estar. 6 años y medio después un conejo disfrazado de cebolla, un diente fallecido, un caracol y una horda de perritos me imprimieron una sonrisa profunda que hace mucho no tenía en el rostro.
Que elegancia la de Titirilquén
Cuando asistimos a un evento musical sacamos las mejores galas. Pero en Titirilquén, donde sucede el noticiero de 31 minutos, la moda es algo de otro mundo. Al arribar al Foro GNP en Mérida Yucatán, antes llamado Coliseo, empecé a notar algo que me pareció interesante, la alfombra roja de Titirilquén. El público en la entrada traía orejas rojas de conejo, gorras blancas con un micrófono de diadema de peluche y algunas camisas de rayas horizontales.
Subo con mis compañeras de este viaje hasta la quinta fila del bloque de asientos en lo más alto del recinto, por lo que la vista es distante, pero permite ver muchísimo al público. Abajo, en el público de piso, Mico el Micófono llega a ocupar su asiento. El recinto se va llenando con más Bodoques, Juanines y playeras con títeres. En esta ocasión decidí beber un 7-up que me recuerda a la infancia, aunque mi infancia no tuvo a 31 minutos, fue la acción que abrió la puerta del goce.
A los títeres se les ve el hilo, y eso es parte de lo que queremos ver
El público se entrega desde el primer instante, todos los personajes son entrañables y serán bienvenidos con largas ovaciones. Este show es guiado por Guaripolo, la marioneta roja. La producción de 31 minutos nos llena con referencias a la radio, ese objeto que recibe ondas y que es ajeno a la mitad del público presente.
Desde arriba alcanzamos a ver la tramoya, los marionetistas y el equipo técnico corriendo de un lado para otro. El show sucede ante nuestros ojos donde la banda musical está al frente y los títeres al fondo, pero la magia se puede sentir.
El arte de bailar en una grada
En este foro hay un problema, no está pensado para bailar. Por ello, estuve un rato codo con codo con una chica que vibraba con cada nueva aparición. Cuando escuchamos a Guaripolo hacer una llamada salió Tulio Triviño en pijama y el júbilo fue tremendo.
A pesar de haber visto varios shows en vivo de 31 Minutos nunca esperé el estallido que sucedió dentro de mí cuando tocaron mi canción favorita. Mis piernas no dejaban de saltar, pero tuve que contenerme dentro del espacio de mi propio cuerpo, como muchas personas más.
Llama usted o llamo yo
Guaripolo llama por teléfono a varios personajes durante el show. Al comunicarse con una bruja, el anfitrión se asusta. Para salir de ese momento, nos lleva a una balada. La palabra pololo, chilena, cobra sentido en escena mientras el público se mueve al unísono.
Volar sobre una guitarra sin rueditas
De repente todo se descontroló por una canción. El guitarrista rompe el ritmo y lo lleva al éxtasis. El show llega a un punto altísimo. La energía se siente como un rayo que atraviesa el cuerpo, golpea el pecho y sacude las entrañas. Creo que alcancé mi equilibrio espiritual en ese momento.
Ya soy feliz y ahora creo en el amor
Después del evento, me cuentan la historia de un niño que viajó más de 130 kilómetros para ver a 31 minutos. En la foto aparece con un títere de Juanin Juan Harry y un cartel con el mensaje: “no estás solo Anacleto”. Historias como esta hacen del concierto algo entrañable, cercano y cálido.
Encore
El cierre trae una sorpresa: Mon Laferte aparece en el escenario. El público estalla. El show termina con una sensación de felicidad. En soledad, pienso que el mensaje más poderoso es resguardar este momento en el que unos títeres me hicieron sentir completamente feliz.

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