Lonas con consignas impresas cuelgan sobre los carriles cerrados. A un costado, una flotilla considerable de tractores, algunos que se notan antiguos, otros más recientes, pero todos recién lavados, brillantes, en un estado que casi desentona con la crisis que los trajo hasta aquí, afuera de los campos, parados en una caseta de cobro en medio de la carretera.
Bajo la luz blanca y dura de la caseta de El Pisal, el número de manifestantes presentes se reduce conforme cae la noche.
Esta es la cuarta noche de pernocta que los agricultores de la región centro de Sinaloa realizan en dicho punto de cobro carretero, luego de que estallara el paro nacional del campo mexicano el 6 de abril de 2026.
El contingente mantiene encendida una hornilla de gas. Sobre ella, en una olla de pozole, hierve agua para el café que, por más caliente que se tome, apenas logra aliviar el frío. Un frío extraño, ajeno a la idea del clima de Sinaloa para quienes vienen de la ciudad; uno que no se siente en Culiacán.
En plena carretera, estando rodeados de campo abierto, la baja temperatura cala en los dedos. Se cuela por las mangas de la chamarra y se mete en la cobija.
Acompañados por el aroma del café, pan dulce, y el de la tierra mojada por la humedad del ambiente, pasa la medianoche. Entre los que se quedan, alrededor de 50 personas, hay gente de diferentes ejidos. Cada quien se junta con sus respectivos viejos amigos o con nuevos que acaba de conocer, la mayoría son campesinos que ya han sobrepasado el umbral de los 50 años de edad.
Los más jóvenes toman turnos para recoger donaciones de los automovilistas, mismas que se usarán para pagar el diésel de los tractores y la comida de los manifestantes.
Ahí sentado, con pan en una mano y un vaso de café en la otra, está el profe Porfirio, como lo llaman todos, envuelto con una gruesa sudadera. Él planta granos, pero también es maestro jubilado; está entre el número indeterminado de productores que esperan el pago compensatorio de los 750 pesos por tonelada de maíz que el gobierno federal adeuda desde el ciclo agrícola 2023.
Es del tipo de personas que llega saludando a todos los presentes, y es raro que alguien no se alegre al verlo. Ni de noche se quita el sombrero, uno de palma entrelazada con un cordón negro en la base, que se ha vuelto una vista recurrente en cada movilización que los agricultores de Sinaloa emprenden.
“¿Sabes lo difícil que es ver cómo otros apoyan a sus hijos, y tú no poder?”, dice el envejecido hombre, soltando carcajadas casuales que parecen aliviar su tensión, cuando habla de que su hija va a egresar de la universidad sin perspectivas laborales claras, en una ciudad como Culiacán, donde el panorama económico no para su deterioro desde hace más de un año por el embiste de la violencia.
Y es que, en los últimos tres años, su actividad agrícola no le reporta beneficios debido a los bajos precios de los granos, provocando una situación financiera cada vez más severa. En algún momento de la noche, se le escucha preguntar por interesados en comprar una de sus parcelas.
Alrededor de las 3 de la mañana, la combinación del sueño y el frío le pesan a Porfirio, y se va a descansar un rato al tsurito rojo de Martín, quien sigue sentado bajo la caseta, metido en la plática. Martín estuvo envuelto en una bandera de México toda la noche.
“Lo que más me gusta de sembrar es ver a la tierra producir, saber que estoy haciendo algo que es importante para la gente”, dice.
A diferencia del profe Porfirio, los hijos de Martín ya son adultos profesionistas. En su caso, al hablar de por qué lucha, no puede evitar hablar de su padre y su abuelo, quienes le heredaron las tierras y el oficio que hoy trabaja, un patrimonio que, año tras año, se va haciendo más pequeño.
“¿Qué cuentas voy a dar cuando me llegue la hora?”, lamenta, mientras explica los motivos que lo mantienen lejos de casa, a las 4 de la mañana, pasando frío en una caseta.
La noche avanza sin mayores inconvenientes ni conflictos. En las horas de la madrugada, cuando el tráfico se reduce significativamente y el ruido de los tráileres disminuye, varios rostros se van perdiendo en el sueño, envueltos en sus cobijas y sentados a la intemperie. Descansan en lo que llega la siguiente guardia, hasta las 7 de la mañana.
Pasadas las 5 de la mañana comienza a amanecer, dibujando un paisaje precioso que se siente como una recompensa para los que se quedaron despiertos para verlo. Otro turno cumplido en una lucha que deja estragos en el físico y el ánimo.
Martín sigue ahí, con la voz gastada, pero firme. Ya de regreso, mientras conduce rumbo a Culiacán para dejar al profe Porfirio en su casa, la repite como una certeza aprendida a la mala: “más vale vivir un día en pie que mil de rodillas”. Es su frase favorita.

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