Culiacán, Sinaloa.- Normalmente, la gente pasa rápido por la avenida Álvaro Obregón. Cruza la calle sin pensarlo; basta un paso largo para subir una banqueta o esquivar las imperfecciones. Para muchos es un camino directo que solo se detiene por un semáforo en rojo.
Para un usuario de silla de ruedas, no es el mismo ritmo.
Es otro trayecto, aunque sea la misma calle.
A las 9:30 de la mañana, el sol había despertado amable y aún quedaban rastros de las brisas frescas de Semana Santa en el aire.
Mateo, de ocho años, tenía que visitar la Cruz Roja Culiacán. Necesitaba una radiografía. Ese era su último día en silla de ruedas, después de una lesión que lo obligó a usar un yeso en casi toda la extensión de la pierna derecha.
Sin embargo, esa visita debía hacerse a pie, siendo acompañado por dos personas.
En Culiacán, según información de la Dirección de Vialidad y Transporte de Sinaloa, sólo existen siete camiones adaptados para personas con discapacidad motriz en tres diferentes rutas. Ninguna con un recorrido cercano a donde él lo necesitaba.
Su viaje comenzó en la avenida Antonio Rosales, esquina con Álvaro Obregón. Tenía que recorrer cerca de un kilómetro para llegar a la Cruz Roja.
***
Al inicio, parecía que empujar la silla sería lo más difícil. No lo era.
Era cuidar del niño, evitar caídas, choques o cualquier tipo de accidente. Era ver con más detalle y con limitaciones un camino tan típico como lo es la Álvaro Obregón.
Las manos, de alguna forma, siempre iban tensas, apretando con fuerza los mangos de empuje para tener una sensación de control ante cualquier movimiento.
Desde el primer cruce ya había nervios, a pesar de que había un semáforo peatonal que, en teoría, aseguraba un paso seguro para peatones y ciclistas. Esa seguridad, en la mayoría de los semáforos para peatones en Culiacán -13 en total-, apenas duraba 30 segundos.
Regularmente, solo es necesario apresurar el paso,cuando esos 30 segundos no eran suficientes, para llegar al otro lado, pero la silla de ruedas llevaba un ritmo diferente y requería más precaución al avanzar. Un bache o un borde podía provocar que la silla se atore o el usuario cayera.
Por lo que, cada vez que había un semáforo en el camino, se optaba por cruzar cuando el circuito para peatones estaba recién iniciado.
El camino fue relativamente tranquilo, solo incómodo por la textura del suelo.
El suelo del corazón de Culiacán está revestido de un patrón cuadriculado, parecido a las baldosas, poco notorio al paso, pero frente al Ayuntamiento de Culiacán, donde el suelo es de piedra irregular, visiblemente gastada por el tiempo, con un relieve marcado y discontinuo, provocaba que la silla se zangoloteara con ligereza.
Esto ocurría frente al edificio; detrás, la banqueta estaba partida, levantada por las raíces de algunos árboles que formaban algo parecido a topes. Aunque no de gran altura, el concreto partido quedaba uno encima del otro, obligando a rodearlo.
Avanzaban despacio -incluso llegar al Ayuntamiento tomó mas de 10 minutos- buscando por dónde sí se podía. A veces tocaba rodear, esperar; a veces, improvisar levantando la silla para que alcanzara a subir la banqueta o ejercer fuerza cuando la banqueta se encontraba inclinada.
La entrada a la Cruz Roja tenía rampa. La puerta era amplia y la llegada de una persona en silla de ruedas no parecía tener mucha complicación… si llega en carro.
En este caso, que llegaron a pie, entrar al edificio fue más complicado.
El pequeño espacio destinado para el estacionamiento estaba lleno; incluso había una camioneta grande estacionada en doble fila. Uno de esos autos apenas dejaba un espacio contra la pared para que una persona pasara, pero la silla del niño no entraba en ese hueco.
Buscando otra alternativa, se toparon con que tampoco había espacio entre ese auto y el de al lado.
La camioneta en doble fila obligaba a meterse en la calle para buscar otra entrada.
No fue hasta que otra persona que salía del edificio, junto a otra persona en silla de ruedas, se percató de los intentos por encontrar un espacio para pasar y decidió dar lugar que se logró llegar a las instalaciones.
***
Su estadía en Cruz Roja fue fugaz; tomó más tiempo entrar que salir del lugar. No contaban con un documento que era requisito para realizar los rayos X, por lo que se los harían en otro sitio.
Al dar vuelta a la Cruz Roja, no había rampas, pero sí una banqueta elevada.
Se necesitó de dos personas para poder bajar la silla sin que hubiera riesgo de que el menor cayera.
Que esto pase es una falla de la ciudad para las personas con discapacidad motriz, ya que, según MAPASIN, organización civil enfocada en movilidad y seguridad vial, las personas con discapacidad no deberían depender de que alguien las tome de la mano para cruzar; la ciudad tiene que darles las herramientas para hacerlo por sí mismas o decidir si aceptar ayuda o no.
El momento más complicado de todo el trayecto fue cruzar el bulevar Francisco I. Madero, donde tanto el flujo peatonal como vehicular es alto y no hay sistema de semaforización peatonal. Las personas cruzan, por un despintado y poco visible paso de cebra, al mismo tiempo que lo hacen los autos a toda velocidad.
En una ocasión en que Mateo y compañía cruzaron este bulevar, uno de los autos no se detuvo ni disminuyó la velocidad. Avanzó mientras la silla de ruedas también lo hacía.
Por suerte, no pasó nada, pero pudo haber pasado.
Cruzar ese punto por cuenta propia y a pie ya generaba miedo, ya que es uno de los cruces donde más siniestros viales han ocurrido en el centro de la ciudad según el mapa más reciente de siniestros viales de MAPASIN, Hacerlo junto a una silla de ruedas aumentaba la tensión.
Para Mateo, fue el último día en silla de ruedas.
Sin embargo, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) 5 de cada 100 personas que viven en Culiacán tienen una discapacidad motriz y esa experiencia es su realidad todos los días.




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