Mazatlán, Sinaloa.- La muerte dejó de ser una idea lejana para convertirse en una sombra pesada que se instaló de golpe en su cabeza. Me voy a morir, fue lo primero que pensó Ivett. Acababa de escuchar el diagnóstico de su doctora y amiga. Tenía cáncer de mama en etapa 3, a un paso del nivel más grave. Escuchaba voces, pero no estaba ahí.
A los 37 años, creía que aún no era tiempo para preocuparse por ciertas enfermedades. No había antecedentes de cáncer de mama en su familia y tampoco se había realizado una mastografía. Pensaba que las revisiones preventivas podían esperar hasta cumplir los 40, la edad en la que suele comenzar a hablarse con mayor insistencia de estos estudios.
Pero el cáncer no esperó a que llegara ese cumpleaños.
“Lo primero que se te viene a la mente es: ‘me voy a morir’. Fue lo primero que yo pensé. Me diagnosticaron en mayo de 2023. Nunca pensé tener cáncer. Jamás se me pasó por la mente. Y ya una vez que te da cáncer siempre vives con ese miedo de que vuelva”.
ARRUGADITO
Todo comenzó con una señal discreta, casi imperceptible: la parte inferior de su seno derecho empezó a arrugarse. No era un dolor insoportable ni una herida evidente. Era un cambio en su cuerpo que no le gustó y que terminó por llevarla al consultorio médico. Esa pequeña alteración escondía un diagnóstico que nadie quiere escuchar.
“No me gustó cuando mi pecho, en la parte de abajo, se veía como arrugadito. Entonces acudí a mi doctora. Por la cuestión de la edad no había acudido a un estudio de mastografía”.
El diagnóstico llegó en mayo de 2023. A partir de ese momento, sus días quedaron gobernados por las consultas médicas y finalmente por la extirpación de su seno derecho.
EL CORAJE
En junio llegaron las quimioterapias, uno de los tramos más duros de su historia. Las sesiones la dejaban sin fuerzas. Su cabello comenzó a caer, luego las pestañas y las cejas. Perdió el apetito. Bajó de peso. El espejo se convirtió en un recordatorio la enfermedad.
“Las quimios me tumbaron demasiado. Fueron las que me quitaron mi cabellos, mis pestañas, mis cejas. Bajé mucho de peso, casi no comía”.
A la enfermedad se sumaron la tristeza, la frustración y episodios de depresión. Hubo momentos en los que sintió rabia contra la vida misma. Le costaba comprender por qué le había tocado atravesar una experiencia que nunca imaginó para ella. Sus creencias religiosas también formaron parte de ese recorrido. Con el tiempo, sus sentimientos comenzaron a cambiar y aprendió a mirar su enfermedad desde otra perspectiva.
“Mis primeros sentimientos, cuando empecé con las quimios, fueron de rabia. Rabia, dolor, coraje. Sentimientos contra la vida. A Dios en un momento sí le pregunté por qué a mí… qué hice mal. Después se asume de manera diferente, ya con resignación pudiera decirse, porque no llevas tu vida igual. Cambia todo”.
EL CAMINO
Actualmente, Ivett, de 41 años, continúa en recuperación, bajo vigilancia médica y con un medicamento especializado para prevenir complicaciones. Aunque hay una carga que siempre aparece: el temor a que la enfermedad regrese.
Después de recorrer este camino, Ivett quiere que otras mujeres escuchen su historia antes de tener que vivir una experiencia semejante. Su caso le enseñó que no tener antecedentes familiares ni haber cumplido 40 años no significa estar exenta de desarrollar cáncer de mama.
Por eso, hace un llamado a las mujeres a prestar atención a los cambios en sus senos y acudir a revisión médica ante cualquier alteración, sin esperar a alcanzar una edad determinada para buscar orientación profesional.
LA EDAD
También pide a las autoridades garantizar el abasto de medicamentos para las pacientes oncológicas. Y hablar más sobre el cáncer de mama durante el año, no solo en octubre.
“Todo el año se necesita apoyo, no nada más en octubre. Hace falta hablar más sobre esto todo el año. Y que no nos quiten los especialistas porque es un tema ese en el Seguro Social. No hay especialistas… en el área de cirugía oncológica sí hace falta que contraten a los doctores que estaban antes, pero ese ya es otro tema”.
A sus 37 años, Ivett no esperaba conocer de cerca las palabras quimioterapia, radioterapia o mastectomía. Tampoco imaginaba que tendría que aprender a vivir con una cicatriz y la ausencia de una parte de su cuerpo, con limitaciones físicas, con el miedo persistente al rebrote.
La edad para ella ya no es una señal ni un aviso. El cáncer de mama tiene libre albedrío y toca el pecho de quien sea.

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