2016. Las plataformas de streaming aún se presentaban como una novedad para la mayoría del televidente promedio y Netflix se posicionaba como la opción por excelencia entre el consumidor occidental, con series como «House of Cards» o «Orange is the New Black» acaparando los primeros puestos en los listados de tendencias de redes sociales.
Lejos se encontraba la gran N de la americanización de Black Mirror y la saturación de contenidos que serían cancelados de inmediato cuando llegó a su catálogo una serie que, en una industria cada vez más cansada de explotar la nostalgia por los 80’s, logró convertirse en un fenómeno mundial.
Es innegable la maestría con la que los hermanos Duffer lograron captar la atención del público con «Stranger Things» con su premisa inicialmente simple: un niño desaparece en un pequeño pueblo estadounidense y mientras sus amigos intentan descifrar el misterio, se desenreda una trama llena de secretos gubernamentales, dimensiones paralelas y poderes sobrenaturales.
Nueve años después, tras un ritmo de estreno óptimo entre la primera y segunda temporada, una tercera entrega atrasada por problemas de producción, una cuarta temporada demorada a causa de una pandemia global y, tres años después, luego de un paro de labores entre actores y guionistas de Hollywood, la serie llegará a su fin este diciembre.
Y de cierto modo, su conclusión se percibe como el final de una etapa importante en una industria que no ha parado de cambiar durante todo ese tiempo y no parece que haya sido para bien.
Existe una interminable oferta por servicios de streaming, con catálogos cada vez más plagados de reality shows vacíos y carentes de originalidad, programas prometedores incompletos a causa de cancelaciones inesperadas o series simplistas con tramas repetitivas.
Y salvo por títulos como «The Bear», quienes aún apuestan por el lanzamiento de entregas anuales (aunque con temporadas menores a los diez episodios), se suman a mayor número por año las producciones que apuestan por un formato de «serie límitada», en un intento por trasladar una experiencia más «cinematográfica» a la pantalla chica.
Bajo este panorama, la conclusión de Stranger Things representa el fin de una etapa más sencilla en la era del entretenimiento digital dónde la saturación de contenidos no ocultaba el potencial para que personajes como Eleven, Hopper o Dustin pudieran convertirse en íconos de la cultura popular sin ser sepultados en la en una semana después.
Sería pesimista afirmar que un fenómeno así no volverá a ocurrir. Pero con el flujo actual en la industria, será sencillo suponer que pasará un largo tiempo antes de ver otro igual.

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