Sólo cuatro de mis conocidos han hecho un crucero, pero ninguno de ellos ha dicho que sea una mala experiencia; todo lo contrario. Te lo recomiendan como ninguna otra cosa en la vida: es el lugar perfecto para pasarla bien, lo más maravilloso que se puede vivir y lo mejor para pasar el fin de año y hacer amigos. ¡El verano perfecto!, ¿de verdad? ¿Qué tanto harías en un crucero?, comer-jugar, comer-selfie, comer-bailar, comer-shows, comer-dormir, comer-selfie, comer-comprar, comer-beber, comer-selfie… si tienes suerte, ver el mar y si la euforia te deja, descansar. Para mis conocidos es algo grandioso, y por lo mismo ‘lujo de pocos’. «Nunca comes tan rico y todo lo tienes al alcance de tu mano». Insisto, nadie me ha contado alguna experiencia maravillosa en el mar: ver a Moby Dick, una batalla entre piratas, barcos balleneros en plena cacería, cardúmenes luminosos o peces voladores… sólo dicen que todo es ¡perfecto!
Conocí a alguien que dijo todo lo contrario en Algo supuestamente divertido que nunca más volveré a hacer, David Foster Wallace. No hay título más claro que describa su experiencia en el Caribe (7NC), a bordo del Zenith —un barco de 47,255 toneladas—. Este agosto, a manera de homenaje, me subo a la aventura de leer su choncha novela imposible La broma infinita, con más de 350 pies de nota; supongo que supera las de cualquier texto académico. Y este mes, a 30 años de haber sido publicada, inicio la maratónica lectura. Como suele suceder, conocí a Wallace después de su muerte. La primera imagen que vi de él fue con un pañuelo en la frente, luego supe que siempre lo traía debido a que padecía hiperhidrosis severa —menciona la palabra sudor 73 veces en La broma infinita—. Nunca dejaré de agradecerle al amigo que me presentó a tan infinito escritor con el ensayo This is whater; un verdadero acto de amor.
Regreso a Algo supuestamente divertido… Lo primero que constató Wallace es que el descanso y la diversión prometida en los folletos publicitarios dista nudos —medida marítima que nunca entendió, pero que igual todos mencionaban— de lo vivido una vez zarpados. En tierra, antes de partir, nunca sabes cuando te has embarcado; todo es tan gigantesco, tumultuoso y metálico que no hay manera de saber cuándo ya estás del otro lado. No hay ropa que absorba los chorros de sudor que destilas en la larga espera; tal parece que la agonía inicial es proporcional al paraíso prometido. Lo primero que descubres es que todo es tan escandalosamente blanco y pulcro que parece un barco recién hervido. “Ve, sumérgete en el estilo de vida caribeño, vuelve y cuenta tu experiencia”, le dijo la revista Harper’s.
«He notado el color de la loción de bronceado extendida sobre diez mil kilos de carne caliente. He comido más comida y más elegante que en toda mi vida. He sido objeto de mil quinientas sonrisas profesionales. He visto que limpian mi camarote al menos 10 veces diarias. Me he sentido tan deprimido como no me sentía desde la pubertad. Me ha quedado claro que una de las tareas del director del crucero y de su plantilla es convencer a todos de que todo el mundo se la está pasando bien…», dice Wallace… Espero, algún día, poder contarles sobre La broma infinita.
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