Había una vez…una mujer de cabello negro y chino que no imaginó ver sus sueños cumplidos. Cuca o Cuquita, así la conocimos desde siempre, esperaba el camión a orilla de carretera para llegar a Culiacán. Eso sería intrascendente de no haber sido porque mientras esperaba, una señora que no la veía con buenos ojos barría a su paso y le aventaba el agua encharcada o el polvo, según fuera el temporal. Ella la ignoraba para evitar el desencuentro, ese y otros, muchos otros que vivió en su pueblo, pues otras personas, como la barredora intencionada, no soportaban que fuera hermosa, alta, espigada, ojos hechizantes, altiva, elegante y de pocas palabras; cuando usaba éstas iban como látigos y eso también se sabía. También se sabía que un productor de cine la vio en un baile y no le quitó los ojos de encima, le propuso un papel protagónico, pero su madre no la dejó marcharse. Tampoco la dejó convertirse en modelo, aunque ella lo hacía a escondidas. Su primera pasarela fue en Sercha’s boutique —la boutique más chic, sino es que la única— en Culiacán, cuando la ciudad despertaba a la moda de vanguardia y dejaba de lado el tianguis de la Obregón y las vendedoras de fayuca que eran las codiciadas. Cuquita también modeló vestidos de novia y se escapaba a las pasarelas de Guadalajara; una verdadera odisea. Cuando ibas a su casa la veías descalza y vistiendo los palazzos que le confeccionaba su madre. Los palazzos, su cabellera suelta negra y china, los labios rojos y sus ojos delineados a la Nefertiti fueron siempre ella. La veo y me pregunto si Monica Bellucci sorteó alguna historia similar en su natal Citta di Castello.
Los años y la vida han pasado, y ahora sé, con un gusto festivo, que formó una bella familia, que siempre escribió poemas y canciones que reflejan el tiempo y su paso, y que su hija (supongo orgullo de madres) es una destacada modelo que ha viajado por el mundo y además heredó de ella, y de su abuela, el talento por la costura. La joven y carismática hija, además de pasarelas y reflectores, trabaja un proyecto propio y línea de moda que espero pronto conozcamos todos. También impulsa a su madre para que registre y grabe las canciones (son cientos). Seguro este año sabremos que algún grupo famoso estará interpretando sus letras —imagino que algo se cocina ya—. Por lo pronto, deja a su hija vivir sus propios sueños, mientras ella sigue recorriendo las calles de Culiacán, visitando su pueblo natal y a todos los personajes —algunos pintorescos y otros no tan inofensivos— que le dieron el coraje y el valor para salir, y entrar, de éste por la puerta grande. Si alguna vez ves a una mujer así, pregúntale su nombre, puede que sea ella. Cuquita es uno de los muchos talentos surgidos de sitios estigmatizados del país, de esos que suelen asociar con iletrados y mafiosos; esos están en cualquier lugar, no sólo en los pueblos.
PD: Contemos las otras historias; necesitamos conocerlas. Dejemos de ser carne de cañón.
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