Durante casi dos años hemos contado muertos, desaparecidos, enfrentamientos, vehículos robados y viviendas incendiadas. La guerra de Sinaloa ha tenido un costo humano que todavía no terminamos de dimensionar.

La guerra también ha tenido un alcance económico. Cámaras empresariales  comerciantes y restauranteros han advertido sobre cierres, pérdidas, empleos y ventas. Han exigido seguridad, créditos y apoyos para sobrevivir.

Es comprensible. Había que salvar lo que ya teníamos. El problema es que lo que teníamos antes de la guerra tampoco era suficiente.

Antes de septiembre de 2024, Sinaloa ya tenía una economía con problemas estructurales. En el Índice de Competitividad Estatal de ese año ocupábamos el lugar 13 entre las 32 entidades. Casi la mitad de los trabajadores, 47 por ciento, estaba en la informalidad.

Sinaloa tampoco había conseguido incorporarse con fuerza a la economía industrial que transformó durante las últimas décadas a estados como Nuevo León, Coahuila, Chihuahua, Querétaro o Guanajuato.

Esas regiones construyeron manufactura, cadenas de proveeduría, exportaciones, innovación y empleos especializados. Nosotros seguimos dependiendo demasiado de actividades tradicionales, comercio, servicios y producción primaria.

La inversión ofrece otra pista. En 2024 Sinaloa recibió 316 millones de dólares de inversión extranjera directa. De ellos, únicamente  28 millones correspondieron a nuevas inversiones.

Esto significa que menos de uno de cada diez dólares que llegaron representó capital nuevo para instalar empresas, ampliar capacidad productiva o emprender nuevos proyectos. El resto provino principalmente de empresas extranjeras que ya operaban en el estado, mediante reinversión de utilidades y movimientos entre compañías relacionadas.

No éramos una economía en pleno despegue cuando comenzó la guerra. La guerra encontró una economía vulnerable.

Después vino el golpe. La guerra de los cárteles. Y a dos años de su comienzo, los datos arrojan que en el primer trimestre de 2026 la actividad económica de Sinaloa cayó 4.5 por ciento. Fue el peor resultado del país. Miles de negocios han cerrado. Se perdieron empleos. Cayó el consumo. Aumentó la pobreza laboral.

El gobierno ha buscando mesurar los datos. Que ahora cierren menos negocios puede parecer una buena noticia. Aunque también puede significar que muchos de los que no podían resistir ya cerraron.Tocar fondo no es recuperarse.

Ahora de lo que se trata es de construir una economía que Sinaloa todavía no ha tenido. Una economía competitiva, global, innovadora y capaz de incorporarse a sectores emergentes; que produzca empleos especializados y salarios que permitan construir una vida.

Durante décadas hemos preferido no mirar de frente. Culiacán tenía una prosperidad peculiar. Había restaurantes llenos, camionetas costosas, desarrollos inmobiliarios, fiestas, comercios y un consumo que en algunos segmentos parecía difícil de conciliar con los salarios y la productividad de la economía formal.

Una parte de ese dinero provenía del narcotráfico. No significa que Culiacán viviera del narco. Sería absurdo decirlo. Miles de empresarios, profesionistas, comerciantes y trabajadores han construido su patrimonio sin relación alguna con actividades criminales. Pero tampoco existían dos economías herméticamente separadas.

El dinero ilegal compraba casas, automóviles, comida y ropa. Pagaba restaurantes, servicios y construcción. Entraba al mercado inmobiliario y financiaba negocios. Después seguía circulando. Parte de ese dinero terminaba pagando salarios y comprando productos dentro de la economía legal.

Tampoco es que la bonanza alcanzara para todos por igual. Antes de que estallara la guerra, el ingreso laboral real per cápita de Sinaloa ya venía cayendo: entre 2023 y 2024 disminuyó 4.4 por ciento, mientras en el país creció 7.1 por ciento. Para muchas familias, tener trabajo no significaba necesariamente tener bienestar.

Esa era una de las contradicciones de nuestra economía. Había dinero circulando, consumo visible y sectores que proyectaban prosperidad, pero una parte importante de los trabajadores seguía viviendo con ingresos bajos, informalidad y escasa capacidad para construir patrimonio.

Y en ese contexto la guerra interrumpió algunos de los circuitos de circulación de capital. Personas huyeron. Operaciones se detuvieron. Capitales dejaron de circular. Algunos consumos desaparecieron. Y la ciudad descubrió que aquella prosperidad no provenía de una economía suficientemente productiva. Provenía de dinero que circulaba. Son dos cosas distintas.

Ahora ¿Cómo sustituimos una economía alimentada parcialmente por dinero criminal por otra basada en conocimiento, productividad e innovación?

Otros países tuvieron que hacerse preguntas parecidas después de conflictos mucho más devastadores. Bosnia terminó su guerra en 1995 con infraestructura destruida y una caída enorme de su actividad económica. La paz obligó después a reconstruir carreteras, instituciones, empresas y condiciones para volver a invertir.

Ruanda enfrentó una devastación todavía mayor. Su economía se contrajo alrededor de 42 por ciento en 1994. En ambos casos quedó claro que silenciar las armas no reconstruye una economía de inmediato. Culiacán no es Bosnia ni Ruanda. No necesitamos exagerar la comparación para entender la lección.

La paz también necesita una economía. Los créditos de emergencia son necesarios, pero insuficientes. Salvar los negocios que sobrevivieron no puede ser nuestra política económica para los próximos veinte años.

Hay que crear los que todavía no existen. Sinaloa tiene una agricultura extraordinaria. Pero producir tomate, maíz o garbanzo genera mucho menos valor que desarrollar tecnología, patentes, semillas, maquinaria, sistemas de riego, biotecnología o alimentos procesados alrededor de esa producción.

Tenemos un puerto estratégico en Mazatlán. Pero un puerto vale mucho más cuando forma parte de cadenas logísticas, industriales y tecnológicas.

Tenemos sol, territorio, universidades y una posición privilegiada frente al mercado más grande del mundo. Lo que nos falta es convertir esas ventajas en productividad.

Agrotecnología. Biotecnología. Logística. Tecnologías del agua. Economía digital. Energías. Industrias creativas. Turismo especializado. Servicios profesionales de alto valor. Se trata de descubrir qué podemos hacer mejor que otros. Cada región tendrá que encontrar su respuesta.

Los Mochis no necesita convertirse en Culiacán. Culiacán no necesita parecerse a Mazatlán. El desarrollo requiere entender el territorio. Para eso sirven instituciones como los institutos municipales de planeación.

Sinaloa acaba de reformar su Ley de Planeación para introducir una visión de largo plazo. Ahora hay que convertir la planeación en decisiones. Qué infraestructura construir. Qué empresas atraer. Qué talento formar. Qué sectores apoyar. Qué investigaciones financiar.

Y aquí las universidades tienen una responsabilidad enorme. No podemos pretender construir una economía distinta formando durante décadas los mismos perfiles profesionales.

La UAS y las demás universidades deberían estar discutiendo qué economía tendrá Sinaloa en 2040. Qué carreras necesitamos crear. Cuáles deben desaparecer o transformarse. Qué capacidades tecnológicas requieren nuestras empresas. Qué centros de investigación hacen falta.

La universidad puede seguir formando jóvenes para buscar los pocos empleos disponibles. O puede ayudar a crear las actividades económicas que producirán los empleos que todavía no existen.

Esa diferencia importa. Porque antes de la guerra ya teníamos bajos salarios, informalidad, poca innovación y dificultades para atraer nuevas inversiones.

La violencia solo agravó esos problemas. Y la economía del narcotráfico ayudó durante años a disimular algunos de ellos mediante una abundancia de dinero que no correspondía necesariamente con nuestra capacidad productiva.

Ahora tenemos una oportunidad extraña, nacida de una tragedia. No tanto reconstruir lo que había. Construir algo mejor. Una economía donde prosperar no dependa de estar cerca del dinero público o del dinero criminal.

Algún día esta guerra terminará.

Entonces sabremos si solamente recuperamos la ciudad que teníamos. O si fuimos capaces de construir la que nunca tuvimos. Porque después de la guerra puede venir la pobreza. Pero no tiene por qué ser nuestro destino.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO