Los griegos tenían una palabra para describir uno de los peligros más grandes del poder: hybris. No era simplemente soberbia. Era algo más profundo: la arrogancia de quien, después de acumular poder, prestigio y victorias, comienza a creer que los límites que aplican a los demás no aplican para él.
Quizá ninguna historia lo retrata mejor que la de Edipo.
Edipo llegó a Tebas como un hombre capaz. Había resuelto el enigma de la Esfinge, salvado a la ciudad y ganado el reconocimiento de su pueblo. Se convirtió en rey porque había demostrado inteligencia, determinación y capacidad. Sin embargo, cuando una nueva tragedia cayó sobre Tebas, Edipo prometió encontrar al responsable y castigarlo.
Lo que no sabía era que el hombre que buscaba era él mismo.
Y mientras más convencido estaba de tener la razón, más cerca se encontraba de descubrir su propia ruina.
¿No hay algo profundamente contemporáneo en esa historia?
Rubén Rocha Moya también llegó al poder con credenciales. Más de tres décadas de trayectoria política, experiencia legislativa, cargos públicos y un respaldo electoral que lo llevó a la gubernatura de Sinaloa. Llegó acompañado de un partido poderoso, de aliados y de una estructura política que parecía sólida.
Pero el poder tiene una paradoja: mientras más tiempo se permanece en él, más fácil es confundir el respaldo con lealtad, la autoridad con infalibilidad y la posición con permanencia.
El episodio de los últimos días resulta difícil de ignorar.
Después de 112 días de licencia, Rocha Moya anunció el viernes 21 de agosto su regreso a la gubernatura. Lo hizo afirmando que volvía con la frente limpia y que era su deber cumplir el mandato de los sinaloenses. Sin embargo, prácticamente de inmediato, el Gobierno federal marcó distancia y calificó su regreso como una decisión exclusivamente personal. Al día siguiente, la propia presidenta Claudia Sheinbaum cuestionó públicamente la decisión y Morena también se deslindó políticamente de ella. Horas después, Rocha volvió a solicitar licencia, ahora por tiempo indefinido.
Hay imágenes políticas que valen más que mil discursos.
Aquel hombre que alguna vez tuvo respaldo local, estatal y nacional, terminó enfrentando uno de los momentos más solitarios que puede experimentar un gobernante: descubrir que las puertas que antes se abrían dejan de hacerlo.
Y aquí está la verdadera lección de Edipo.
No se trata únicamente de Rocha. Se trata de todos nosotros.
¿Qué hacemos cuando el poder nos empieza a convencer de que somos indispensables en cualquier entorno social? ¿Qué ocurre cuando dejamos de escuchar a quienes nos contradicen? ¿Cuándo fue la última vez que alguien se atrevió a decirnos que estábamos equivocados?
Quizá la tragedia no comienza cuando perdemos el poder. Comienza mucho antes: cuando perdemos la capacidad de escuchar.
Edipo no cayó por carecer de inteligencia. Cayó, en buena medida, porque su propia seguridad le impidió reconocer aquello que tenía frente a los ojos.
La política moderna no es distinta.
Un gobernante puede tener experiencia y aun así equivocarse. Puede ganar elecciones y perder autoridad. Puede conservar formalmente el cargo y, al mismo tiempo, perder el respaldo que hace posible gobernar.
El poder, finalmente, no se pierde de un día para otro. Primero se pierden los consejos. Después, los aliados. Luego, la confianza. Y cuando finalmente llega la caída, muchas veces parece repentina, aunque haya comenzado años atrás.
Los griegos lo entendieron hace miles de años: ningún mortal está por encima de su propia condición.
Quizá esa sea la advertencia más vigente de Edipo para nuestro tiempo: nunca debemos sentirnos tan poderosos en cualquier entorno social como para creer que no podemos caer.
Cuando una persona deja de escuchar a los demás, puede terminar escuchándose únicamente a sí mismo.
Y ese, quizá, sea el primer paso hacia la soledad.

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