Cerca a la recta final en la trama de «Terror en Silent Hill: Regreso al Infierno», se presenta la idea de que tres distintos personajes son manifestaciones espirituales de la misma persona. Un concepto que, bajo la dirección adecuada y un guion meticulosamente definido, pudiera presentarse como uno de los giros de tuerca más interesantes que el cine pudiera presentarnos en 2026.

Para mala fortuna, la tercera adaptación fílmica de una de las franquicias de survival horror más importantes en el mundo de los videojuegos es una entrega cuya falta de estructura lógica dejará confundido tanto a fanáticos como espectadores casuales.

La cinta toma como base «Silent Hill 2», el cual lejos de intentar ser una secuela directa a su predecesor del 2001, presentó una historia desde un enfoque más psicológico dónde este pueblo maldito sirve como una especie de purgatorio personal para James Sunderland, torturado alcohólico quién después de recibir una misteriosa carta de un antiguo amor perdido, debe regresar a este pueblo en su búsqueda.

«Terror a Silent Hill: Regreso al Infierno» representa el regreso de Christophe Gans tras sus aportaciones a esta franquicia con la primera adaptación estrenada en 2006. Y aunque los planes para llevar a la pantalla este segundo juego a se encontraban en desarrollo hace dos décadas, el resultado final no termina de encajar.

Pese a sus claras limitaciones técnicas ocasionadas por un presupuesto más que modesto, algunos de los visuales en la cinta, especialmente las escasas secuencias en la niebla, lucen adecuadas para la ambientación. Incluso es de aplaudir el arduo labor realizado por el equipo de extras que interpretan a las criaturas sobrenaturales usando solo trajes protéticos.

Pero por muy grotescas que intentan parecer algunas secuencias, a la cinta le hace falta un elemento crucial para funcionar: el horror. Es como si Gans no supiera como traducir la experiencia inmersiva del videojuego hacia plano propiamente narrativo, lo que guía al personaje principal a una conveniencia tras otra que le permiten sobrevivir sin sufrir riesgo alguno.

¿Eso permite que el apartado emocional de la historia se desarrolle a mayor escala? Tampoco. Mientras que el actor Jeremy Irvine parece haber comprendido la dualidad de James durante los primeros minutos de la cinta, la falta de enfoque en las prioridades de la trama hacen que su propia labor se vuelva incomprensible.

La historia busca abarcar tantos elementos ajenos a «Silent Hill 2» que pertenecen a otras entregas de la franquicia y a la vez se aferra al material que quiere adaptar, creando una experiencia confusa para aquellos que no estén familiarizados con los juegos. Incluso los fans más puristas se sentirán molestos con algunas de las decisiones tomadas.

Analizando el resto de su filmografía, entre las que se encuentran «Crying Freeman», uno de los primeros ejemplos de adaptaciones live action de anime en occidente, o «Brotherhood of the Hood», una curiosa amalgama de horror y acción que pudo servir de inspiración a cintas como «Inframundo» o «Van Helsing», sería injusto calificar a Christophe Gans como un director enteramente incompetente. Pero tal vez sea su momento de apartarse ya de «Silent Hill».

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