Desde hace semanas asistimos a un recrudecimiento de las protestas en todo el mundo. A primera vista, las demandas son diversas y las movilizaciones parecen no guardar relación entre sí.
En España y Portugal, las manifestaciones responden al encarecimiento de la vivienda; en Francia, Chile, Grecia y Argentina, miles salen a las calles en defensa de la educación; en Italia y Bélgica, el descontento se expresa contra el aumento de los combustibles, el costo de la vida y los recortes al gasto público. En Estados Unidos, el movimiento No Kings se moviliza contra el autoritarismo, mientras que en México las protestas tienen como detonantes el manejo del agua y la inseguridad.
Aunque responden a causas distintas y surgen de contextos nacionales específicos, estas movilizaciones comparten un trasfondo común. Sostengo que estamos ante un movimiento global que, lejos de ser una suma de protestas aisladas, expresa una reacción frente a los límites del capitalismo contemporáneo y su creciente afán por mercantilizar prácticamente todos los ámbitos de la existencia humana.
En La gran transformación, Karl Polanyi recurrió a la imagen del “molino satánico” para ilustrar las consecuencias de someter a la sociedad entera a las reglas del mercado. La metáfora revela el carácter destructivo de un mercado que, abandonado a su propia lógica, no reconoce límites y, en su avance incesante, tritura comunidades, desintegra vínculos sociales, erosiona las formas de protección colectiva y termina por devastar incluso la naturaleza.
Sin embargo, Polanyi también advirtió que la sociedad no permanece pasiva frente a ese proceso. A la expansión del mercado se contrapone una reacción de autoprotección para establecer límites a las fuerzas que amenazan su propia existencia. Desde esta perspectiva, la historia de los últimos dos siglos puede leerse también como una lucha por contener el impulso destructivo de ese molino satánico.
La organización sindical, los derechos laborales, la regulación de los mercados, los Estados de bienestar, los sistemas públicos de salud y educación, el derecho internacional y la cooperación para el desarrollo fueron, entre otras cosas, mecanismos construidos por las sociedades para establecer fronteras frente a aquello que podía ser sometido a la lógica mercantil.
Pero en los últimos años hemos presenciado un nuevo y vertiginoso giro del molino satánico. No estamos ante un proceso espontáneo ni frente a una sucesión de crisis fortuitas, sino ante una transformación del capitalismo contemporáneo, impulsada por la financiarización de la economía, la expansión de los mercados digitales y especulativos y, sobre todo, una concentración de riqueza sin precedentes en manos de nuevas oligarquías tecnológicas.
Estas nuevas élites no se limitan a acumular riqueza, sino que han adquirido una capacidad creciente para moldear la política mundial. Controlan plataformas, infraestructura tecnológica, información, sistemas financieros y espacios fundamentales de la comunicación pública; intervienen directamente en el debate político y buscan influir sobre gobiernos, regulaciones e instituciones.
Los llamados nuevos oligarcas consideran que el libre mercado, los algoritmos y la eficiencia tecnológica deben guiar el destino de las sociedades globalizadas por encima de los procesos deliberativos, los marcos regulatorios y el consenso democrático, subordinando la soberanía de los ciudadanos al control privado de la infraestructura digital, los satélites, la inteligencia artificial y los canales de comunicación global.
El resultado es una nueva ofensiva de la lógica mercantil, impulsada por la convergencia entre las oligarquías tecnológicas emergentes y las élites económicas y políticas tradicionales, vinculadas a prácticas extractivistas. Esta alianza ha contribuido a precarizar el trabajo, deteriorar el poder adquisitivo de las mayorías y debilitar las instituciones del Estado de bienestar, al tiempo que incorpora a los circuitos de acumulación privada bienes y derechos esenciales como la salud, la educación, la vivienda y el agua, convirtiendo necesidades fundamentales para la vida en nuevas fuentes de rentabilidad.
Han intensificado la explotación de los recursos naturales, ignorando las reiteradas advertencias sobre el cambio climático y el calentamiento global, y llevando la lógica de la apropiación privada hasta el extremo de pretender controlar recursos estratégicos para el desarrollo y la soberanía de las naciones.
Han promovido guerras de carácter neocolonial y presionado a los Estados para incrementar sus presupuestos militares, con el propósito de asegurar el control de territorios ricos en materias primas, garantizar el acceso a cadenas estratégicas de suministro y abrir nuevos mercados para sus productos. Todo ello mientras se reducen los recursos destinados al bienestar social y se desmantelan las instituciones de protección colectiva construidas a lo largo de décadas.
Han debilitado los fundamentos del derecho internacional al desacreditar los mecanismos de solución pacífica de controversias y desconocer las reglas comunes que rigen las relaciones entre los Estados. En su lugar, han privilegiado la fuerza, la intimidación y el chantaje como instrumentos para imponer sus intereses y someter a las naciones más vulnerables.
Han llegado incluso a tolerar el genocidio del pueblo palestino, manteniendo su respaldo político y militar a Israel en medio de la devastación, el desplazamiento forzado y la muerte de miles de civiles, subordinando la defensa de los derechos humanos y del derecho internacional a sus intereses geopolíticos y estratégicos en Oriente Medio.
Sin embargo, como advirtió Polanyi, la expansión de la lógica mercantil no ocurre sin resistencias. Tarde o temprano, las sociedades reaccionan frente a las fuerzas que amenazan sus condiciones de existencia y ponen en marcha movimientos de autoprotección. Esto es lo que estamos comenzando a observar en distintas regiones del mundo.
Por eso, las protestas que hoy parecen dispersas por distintas regiones del mundo pueden interpretarse como expresiones de una misma resistencia. Son un intento de poner límites a la apropiación privada de los bienes comunes; a la explotación y precarización del trabajo; a la conversión de la vivienda, la salud, la educación y el agua en simples mercancías; a la depredación de los recursos naturales; al creciente poder económico y político de las nuevas oligarquías; y a las guerras, el colonialismo y el uso de la fuerza para imponer intereses y apropiarse de territorios y recursos.
En el fondo, todas estas luchas expresan, desde sus propias circunstancias, la exigencia de poner límites a las fuerzas que amenazan con destruir las condiciones sociales, democráticas y ambientales que hacen posible la vida humana en el planeta.

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