Cada noviembre, México entra en un frenesí extraño: el Buen Fin. Durante cuatro días, el país se transforma en una especie de coreografía colectiva donde todos corremos a comprar porque “hay descuentos”, porque “es ahora o nunca”, porque “se va a acabar”. Se supone que este evento impulsa la economía, pero lo que realmente impulsa es un consumo automático que rara vez cuestionamos.

Este año pasé por una tienda muy conocida en Culiacán y la escena fue brutal: pasillos saturados, carritos empujados como si fueran autos de competencia, manos tomando cosas que quizá ni siquiera estaban en la lista mental de nadie. Bastó ver un par de ofertas en rojo para que la urgencia se apoderara del ambiente. Y ahí, en medio del ruido, las prisas y los empujones, me hice la pregunta que nadie quiere hacerse: ¿de verdad necesitamos todo esto? ¿O solo estamos respondiendo al guion que alguien más escribió para nosotros?

La PROFECO ha documentado en varios ejercicios que gran parte de las ofertas del Buen Fin son más maquillaje que oportunidad. En ediciones pasadas, hasta 30% de los productos monitoreados presentaron precios iguales o muy similares a los de semanas anteriores, e incluso algunos aumentaron el precio antes del evento para luego simular una rebaja. Es decir, ni ahorramos tanto, ni aprovechamos tanto.

Lo más grave no es eso. Lo verdaderamente costoso del Buen Fin no está en la etiqueta, sino en todo lo que no vemos.

Cada televisor extra, cada licuadora que sustituye a una perfectamente funcional, implica un costo, extracción de recursos minerales; consumo de agua; empaques de un solo uso; emisiones de carbono, y, al final, toneladas de residuos electrónicos.

El modelo “compra ahora, piensa después” es insostenible para un planeta que ya está agotado. El Buen Fin dura cuatro días, los efectos ambientales duran décadas, y aun así, año con año repetimos el ritual como si no pasara nada, como si los recursos fueran infinitos y el clima no estuviera enviándonos cada vez señales más urgentes.

El Buen Fin se vende como la antesala navideña: “compra tus regalos con anticipación”. Pero ¿qué Navidad estamos construyendo cuando llegar a diciembre significa: tarjetas saturadas, estrés financiero, ansiedad por pagar, y un consumo que nos deja vacíos, pero con la idea de que “tocaba” comprar algo.

La ironía es dolorosa: estas fechas supuestamente invitan a compartir, reconciliar, agradecer, pero vemos a personas discutiendo en pasillos por un electrodoméstico, o endeudándose para quedar bien con alguien más.

No es casualidad: las grandes corporaciones han perfeccionado el arte de convertir nuestra inseguridad en ventas.

¿Quién gana realmente con el Buen Fin? No son las familias, no es la economía doméstica, no es la clase trabajadora, y definitivamente no es el planeta.

Quienes ganan son las grandes cadenas comerciales, los bancos con sus meses sin intereses (que, seamos honestos, rara vez son sin intereses del todo) y los gigantes del retail que un fin de semana logran ventas equivalentes a semanas o meses de operación normal.

Mientras tanto, el consumo desmedido sigue siendo una de las principales causas de: sobreexplotación ambiental, desigualdad social, endeudamiento familiar, y presión psicológica por “seguir el ritmo”.

¿Es sostenible esta práctica? Rotundamente, no.

El Buen Fin incentiva un modelo económico dependiente del hiperconsumo, que contradice todos los principios de sostenibilidad: consumo responsable, economía circular, producción ética y moderación en el uso de recursos.

Si la pregunta es: ¿podemos darnos el lujo de seguir así? La respuesta es dolorosa pero necesaria: no.

No se trata de satanizar las compras, sino de elegir con conciencia. De preguntarnos antes de pasar la tarjeta: ¿Lo necesito?, ¿Voy a usarlo? ¿Cuánto durará? ¿Qué impacto tiene? ¿Puedo reparar lo que ya tengo?

El futuro del planeta no se juega en grandes políticas internacionales, se juega en decisiones tan pequeñas como “comprar por impulso o esperar”.

Y quizá ese sea el regalo más valioso que podríamos darnos como sociedad en estas fechas, la capacidad de detenernos, respirar, observar y decir: no necesito llenar una bolsa para llenar un vacío.

Mientras no entendamos eso, El Buen Fin seguirá siendo una fiesta de cuatro días con un costo ambiental, social y emocional que estamos pagando todos, menos quienes la organizan.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO