Cuando la libertad de expresión se limita, censura, se agrede o se calumnia desde el poder o incluso desde pseudo medios de comunicación o pseudo periodistas la sociedad pierde, no porque se ofenda a una persona o porque la ciudadanía no se informará sobre hechos que la afectan directamente, sino porque retrocedemos en derechos ganados, volvemos a la edad de piedra como sociedad.

Ya bastante barbarie vivimos en Sinaloa con la ola de violencia acentuada que está por cumplir dos años, porque las autoridades de los tres niveles de gobierno minimizan lo que ocurre en temas de seguridad o economía, e incluso utilizan las conferencias matutinas para mentir o presuntamente desmentir a ciudadanos y empresarios que denuncian las afectaciones que este horror ha legado a la entidad.

La sociedad sinaloense no solo está secuestrada por la guerra entre facciones del narco, por la ineptitud de autoridades que no pueden frenar -o siquiera reconocer- la extorsión, el secuestro, el vandalismo patrimonial y otros delitos que ya no son “daños colaterales”. Esto nos convierte en una sociedad bárbara, donde la agresión manda y el miedo reina, no muy lejana de los cavernícolas, aunque ciertamente me parece injusto comparar lo que hoy ocurre aquí con esa época cuando la humanidad forjaba su camino.

En este Estado de barbarie en el que Sinaloa y todo el país se encuentra hundido y que parece no tener fin, aún se escuchan voces que quieren cambiar las cosas, que se atreven a denunciar lo que está mal, porque si no lo hace alguien entonces perderemos más que la tranquilidad de andar en las calles sin miedo, perderemos todo como ciudadanos, hasta la confianza entre nosotros mismos. Esas voces las encarnan algunos periodistas, integrantes de la sociedad civil organizada, y desde pequeños espacios como una página en redes sociales, alguna entrevista o reportaje en un medio de comunicación, toman el megáfono y dicen lo que todos queremos gritar pero callamos por miedo.

Así es como se trata de salvar a esta sociedad de piedra, con esas voces que narran lo que está mal, que se atreven incluso a enfrentar a las autoridades cuando descaradamente manifiestan que Sinaloa crece, que hay empleo, seguridad y buena onda ¿Recuerdan a ese señor público que salió a caminar al río para “demostrar” que todo estaba tranquilo, burlándose de todos los que a diario padecemos la violencia?

¿Recuerdan la iniciativa ciudadana que hace unos meses se entregó al Congreso del estado, donde se pedía sancionar a las autoridades que publiquen información falsa sobre seguridad? Recuerdo que en la comuna que escribí sobre el tema vaticiné que, aunque era magnífica la idea de castigar a quien anuncie que todo está tranquilo y fuera mentira, jamás sería discutida por diputadas y diputados, porque quienes legislan sirven a ese mismo sistema que miente y nos llama exagerados.

A lo largo de mi trayectoria he atestiguado cómo políticos, gobiernos y hasta Universidades crean portales falsos de noticias, en páginas web formales o en redes sociales, que reciben recursos públicos y cuya función es ser gatilleros de la información de los intereses que sirven, y ahí es donde las venganzas se gestan, donde se cuecen las intolerancias y se manifiesta la barbarie, la edad de piedra en la que vivimos, aún con todos nuestros avances civilizatorios.

Así mismo se erigen pseudo periodistas o analistas que escriben o vociferan en cámara o micrófono, a veces con vocabularios vulgares o expresiones rancias, y desde su consigna mueven el teclado, los micrófonos y ahora hasta la Inteligencia Artificial (IA) para poner en el patíbulo a las voces valientes. Esos mismos gatilleros de la información un día odian al régimen y al siguiente le llevan flores y besos.

Y es así como las personas comprometidas con la verdad y el servicio al prójimo, que ayudan pero también señalan lo que está mal, llegan al patíbulo de una voz rancia, de una descalificación cavernícola que se perfila más hacia una venganza o un interés servilista. La calumnia, además del agravio que ya representa, ilustra la edad de piedra en la que estamos, y se convierte en la vergüenza que nadie quiere ver.

El agravio a periodistas, defensoras y defensores de derechos humanos, madres buscadoras, colectivos sociales, organizaciones civiles, entre otros grupos, debería ofendernos a todas y a todos, porque si esas personas se callan o dejan de ayudar ¿quién hablará, el que ejerce y difunde el miedo? Y ¿quién nos defenderá, el gobierno estatal que a tumbos trata de no colapsar bajo su propia pantomima, o el federal que desde lejitos dice que en Sinaloa hay empleo, crecimiento y que en la COPARMEX son unos llorones, los diputados en campañas adelantadas, o las autoridades de procuración de justicia ahogadas entre la incompetencia y la burocracia?

Así como en una tragicomedia, como en un Universo paralelo pero descompuesto, acudir a denunciar ante las autoridades es ponerle acento al agravio, es una madre buscadora que mientras palea la tierra seca en busca de un cadáver es cuestionada por un servidor público sobre la forma en la que crió a sus hijos, es una presidenta que exige disculpas por algo ocurrido hace 500 años, una fábrica de muerte que se construye en Topolobampo, una periodista calumniada, un Sinaloa en la edad de piedra con autoridades que viven en otro México, en el México imaginario, diría el gran antropólogo Guillermo Bonfil Batalla.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO