El síndrome de Estocolmo es una respuesta psicológica en la que una víctima de secuestro o abuso desarrolla un vinculo afectivo, lealtad o simpatía con su captor. Es un mecanismo de defensa inconsciente que se activa por un instinto de supervivencia ante situaciones de peligro extremo.
En Sinaloa hemos vivido en peligro extremo crónico, por lo que, para poder hacer una vida, lo más parecido a la normalidad, hay que desarrollar ciertas habilidades o condiciones que nos permitan llevar a cabo el día a día en este estado tan complicado, donde un error inocente puede costarte la vida.
Aprendimos desde niños a lidiar con ello. A convivir con el peligro. A identificarlo. A oler el dinero del crimen. A mezclarnos o a pasar desapercibidos. A adaptarnos. Incluso a escondernos cuando ha sido preciso. En pocas palabras, a sobrevivir.
El crimen y la ilegalidad tienen tres maneras de colarse en la vida diaria de una sociedad: la primera es con engaños, cuando aparentan que el dinero es confiable y que viene de buenas fuentes, para esto se utilizan empresas fachadas y personajes que se hacen pasar de exitosos; la segunda es con amenazas, el famoso plata o plomo, donde por la fuerza se obliga a aceptar los tratos y todo lo que se les pida, si no pueden sufrir unas consecuencias fatales; el tercero y ultimo es por la avaricia, por el simple hecho de ver una oportunidad y tomarla, pensando que es más fácil o que si uno no la toma lo hará el siguiente.
Habrá quienes hayan pecado o padecido de alguna de estas tres formas. Algunos más y otros menos. Pero también hay muchos sinaloenses que se han mantenido ajenos a ello y han logrado trascender toda una vida limpios y eso hay que reconocerlo. No es fácil, pero si es posible.
Muchas veces la colusión es un síntoma de esta adaptación o supervivencia y así como no se puede culpar a un enfermo de sus padecimientos, de la misma forma es difícil culpar a los sinaloenses por adaptarse a sobrevivir en un entorno tan caótico y peligroso. Dicho eso tampoco se justifica ni se debe de normalizar el aprovecharse y beneficiarse del dinero del crimen organizado ya que es una manzana envenenada que trae consigo consecuencias como las que estamos viviendo y sufriendo hoy en día y tantas veces anteriores.
Mencioné en una columna anterior titulada “Aires de Esperanza”, donde decía que se critica mucho a los sinaloenses por “normalizar” la narco-cultura, ¿pero que podíamos hacer? No tenemos a quien acudir ya que el mismo gobierno esta coludido en la gran mayoría de los casos. No tenemos, o teníamos, espero, a quien acudir. Alguien que no vive aquí le cuesta mucho trabajo comprenderlo y es fácil criticarlo. Y con esto no busco justificar nada, solo comprender el fenómeno para con ello tratar de buscar la solución.
Una muestra muy clara que vivimos en este síndrome de Estocolmo, es que aun cuando están saliendo a la luz acusaciones formales de secretos a voces que hemos conocido desde hace mucho tiempo, seguimos esperando que las cosas se soluciones de la misma forma que se han solucionado anteriormente.
Hay una porción importante de la población que aspira a que uno de los dos grupos delictivos gane esta guerra y regresemos a una pax narca impuesta por nuestros mismos captores. Al cabo ya sabíamos cómo vivir así. Es increíble como, aun con todo esto, hay quienes están volteando a ver y considerar como opción a políticos corruptos y coludidos que fueron participes en la construcción del camino que nos trajo a donde estamos ahora. Se disfrazan de victimas y claman ser la solución cuando ellos han sido el problema.
Sin embargo, según la encuesta de Lexia, llamada “Presente y Futuro de Culiacán” que se presentó en abril, el 70% de los encuestados ya no quieren regresar a ese pasado y opinan que se debería de buscar una paz verdadera. Eso es esperanza. Pero para ellos hay que trabajar. Cada uno hacer su parte como ciudadanos, planear un futuro y dedicarnos a construirlo.
Construyamos juntos ese cambio. Ese Renacer. No debemos dejarnos engañar de nuevo de la misma forma y por los mismos. Ese cuento ya lo compramos como sociedad muchas veces y cada una resultó pero que la anterior. Espero ahora si hayamos aprendido la lección. Si queremos un cambio verdadero hay que limpiar la casa completa y no permitir la mínima sospecha de complicidad. Debemos ser muy disciplinados en el respeto a las leyes y normas sociales. Responsabilizarnos y abocarnos a hacer esto realidad.
Aprendamos de esta dura y cruel lección.
Lo que dejemos de hacer hoy, pagaremos la factura mañana.
A nosotros nos toca.
O lo asumimos o lo sufrimos.

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