Leí una de sus novelas, y le dije: «hijo, ya debes de ser un escritor importante porque ahora sí no entendí nada». El hombre contaba la anécdota y alguien le preguntó quién era su hijo. Dijo el nombre y no lo podíamos creer; hacía tres años un carro lo había embestido en la carretera. Ese día, el padre se presentaba ante un grupo que practica el mismo oficio que el de su hijo; guardando las proporciones, el joven, laureado escritor, fue un experto en la obra de Cervantes y uno de los miembros más jóvenes de la Academia Mexicana de la Lengua. Mi hijo llegó a ser reconocido y yo apenas entiendo sus escritos más básicos. Sus ojos, aunque vivaces, tenían mirada cansada, —los años y la muerte inesperada de un hijo, seguro, no mantienen firme a nadie— Y, ¿de dónde sacó su hijo el gusto por la escritura? De él mismo. Nosotros sólo le leíamos de niño. Era muy empeñoso. Recuerdo cuando ganó su primera beca, fue para estudiar dos años en el extranjero —él sólo tenía dieciséis—. Entre los lugares a elegir estaba: Canadá, Estados Unidos, Inglaterra y África, pues que elige éste último; una pequeña monarquía en África llamada Swazilandia. Ningún mexicano había estado antes en esas tierras, y nosotros no habíamos escuchado nunca ni el nombre.
Tratamos de convencerlo de que eligiera otro lugar, pero él dijo que quizá esa oportunidad nunca se le volvería a presentar. Se fue. De esa estancia escribió el libro Crónicas africanas, que es el que a mí más me gusta. El hombre hablaba y yo imaginaba cómo habría sido la infancia de su hijo, Ignacio Padilla; él se llamaba igual. Nadie se atrevió a preguntarle más. Lo abracé y me despedí con la promesa de dar lectura al libro «más sencillo» de su Ignacio. Caminé y recordé aquel día cuando el maestro llegó con la noticia: «vengo molesto porque falleció un amigo. Ya sé, lo sé, todos nos vamos a morir, pero hay personas que deberían permanecer más tiempo. Tantos que hay por ahí haciendo daño y… haber sido él. Tenía un gran camino, era…» Dijo, «molesto», si hubiera dicho ‘triste’ rápidamente lo habríamos adivinado. Todo él estaba lleno de tristeza: «alguien lo arrolló con su auto cuando se bajó a revisar el suyo».
A Ignacio Padilla lo seguiré conociendo a través de sus libros y del embellecimiento que dio a las letras. Hoy 2026, a diez años de su partida, releo el libro con el que su padre se acercó al mundo literario de su hijo, sus Crónicas africanas: «estas páginas son, pues, el testimonio de esa inmersión en una realidad africana paralela y sustancial, son la carta de navegación de un viajero que, bien o mal, creyó y cree aún haber hallado en Swazilandia su punto de no retorno en su trayecto hacia un reino de paradojas donde los reyes y las princesas no querían serlo, donde los brujos se embozaban en viejos automóviles y donde la felicidad idílica de un cuento de hadas era resultado de las más siniestras maquinarias políticas. Éste es, en suma, el testimonio de una de esas iluminaciones que sólo pueden brindar a un hombre la certeza de que el mundo es el mundo, incluso en esos rincones supuestamente distantes a nosotros y en los cuales, no obstante, se encuentra cifrado el destino de toda la humanidad».
Hoy padre e hijo descansan en paz, nos quedan sus historias y todo su amor.
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