Antes de iniciar, un chiste: Dos amigos (uno de ellos casado) platican en un bar. El soltero no para de lamentarse sobre su mala suerte en el amor y su desesperación ante la idea de que jamás encontrará a su alma gemela. Al ser cuestionado sobre el tipo de mujer que espera en una relación, el sujeto responde: «No creo que deba ser difícil encontrar a alguien que le gusten las mismas películas que yo, escuche el mismo tipo de música, que entienda mis referencias y comparta mis opiniones en temas generales como política y cosas así».
A lo que el amigo responde: «¿Entonces quieres una relación contigo mismo?».
Cualquier romántico empedernido (en especial si este se ve influenciado por la gran maquinaria del cine hollywoodense), la idea de encontrarse con alguien que pareciera estar construida justo a su medida suena a un milagro caído del cielo. ¿Pero realmente lo es?
En el año 2012, los directores Jonathan Dayton y Valerie Faris (célebres por su trabajo en Pequeña Miss Sunshine) presentaron a las audiencias una cinta titulada «Ruby Sparks», protagonizada por Paul Dano y Zoe Kazan.
La historia nos presenta a Calvin (Dano), un joven escritor en medio de una fuerte crisis creativa en su intento por dar a luz su tan esperada segunda novela. Bajo la recomendación de su terapeuta, comienza a escribir sobre Ruby, la encantadora mujer que le visita constantemente en sus sueños.
Como un acto de magia o mera voluntad del destino, un día ella aparece en su departamento, como si ambos verdaderamente compartieran una relación sentimental.
Los pesimistas dicen que el amor siempre se acaba o que este nunca existió, que solo es un invento para vender tarjetas y chocolates en San Valentín. Otros afirman que es la rutina quién lo aniquila. La verdad es que el romance nunca es como lo pintan en las películas (si así lo fuera no habríamos tantos solteros en el mundo). Y esta en particular lo sabe a la perfección.
En sus primeros 40 minutos, el tratamiento de la historia avanza bajo la lógica de una comedia romántica promedio. Nunca hay una explicación clara de porque sucede el fenómeno que desencadenó la trama y todo es aparente miel sobre hojuelas para los dos protagonistas.
Pero ante los ojos más observadores se anticipa una catástrofe. Y es que Calvin no es del todo un protagonista fiable. Salvo por sus sesiones de terapia, sus únicas interacciones sociales son con su hermano, su cuñada y su perro. Se encuentra atrapado en un eterno ciclo de desdén contra su ex-novia (quién lo abandonó hace diez años) no parece realmente interesado en conocer a profundidad a quién le rodea.
En ningún momento es retratado como el villano de la historia (aunque hubiera sido un giro interesante), pero su ingenuidad al intentar «reparar» aspectos de Ruby dejan consecuencias aún más graves que las supuestas fallas.
No existen garantías claras para el amor o cuándo será el momento en que este llegue a nuestras vidas. Por algo es que existen tantas canciones y películas dedicadas al tema. Cómo llegó a presagiar Dean Martin, «Todos aman a alguien en algún momento».
Después de todo, no se puede ser enteramente feliz todo el tiempo.

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