«Mi creador ha narrado su historia. Ahora yo contare la mía», declara solemne un maltrecho Jacob Elordi en su interpretación de la criatura cerca del tercio final en la nueva versión de «Frankenstein», una de las cintas más anticipadas de este año.

Desde sus inicios como cineasta, Guillermo del Toro se ha establecido como un paladín de los monstruos, presentándolos con un respeto, admiración y amor ya inconfundibles en cada una de sus obras. No es de extrañar entonces que, al adaptar a uno de los engendros más iónicos de la cultura popular, le devolviese la dignidad y elocuencia arrebatadas desde su primera aparición en la gran pantalla en la cinta de 1931.

Esta nueva adaptación a la novela de Mary Shelley, en un tono similar a «La Forma del Agua», se experimenta como la carta de amor definitiva de Del Toro hacia los monstruos como arquetipo narrativo, extendiendo su fascinación a la introspección, invitando al espectador a analizar que es lo que habita en su interior.

La cinta inicia con Victor Frankenstein (interpretado por Oscar Isaac) herido en medio de la tundra ártica, perseguido por los desgarradores rugidos de una criatura encapuchada. Tras ser salvado por la tripulación de un barco mercante atrapado en el hielo y ante las insistencias del capitán, narrará detalladamente su historia de vida: su niñez, sus ambiciones científicas, la creación de la criatura y el ciclo de muerte y violencia que vino después.

Existe desde el primer minuto de la cinta un sentido de reverencia hacia la obra original de Shelley, con un nivel de interacción entre Victor y la criatura como nunca antes se había presentado. Al menos no en el cine.

Pese a que la historia no se trata de una adaptación literal de los hechos acontecidos en la novela, cambiando el parentesco entre algunos personajes o la forma en que se llevan a cabo algunos acontecimientos, esto forma parte de un propósito mayor: dejar en claro que Frankenstein, y no su creación, es el verdadero monstruo de la historia.

Conocemos su infancia bajo el riguroso y opresivo mandato de su padre (Charles Dance) dejando una insana obsesión/veneración hacia un inquietante ángel. Esta figura le sirve como principal motor de inspiración para sus retorcidos experimentos, los cuales eventualmente serían patrocinados por Harlander (Christoph Waltz) un excéntrico acaudalado obsesionado con la idea de detener la muerte.

También se nos presenta a su leal y temeroso hermano William (Felix Kammerer) y la prometida de este Elizabeth (Mia Goth), una mujer de ciencia con una fascinación por los insectos cuyo carácter y firmes convicciones le harán blanco del afecto y obsesión de Victor.

Con «La Cumbre Escarlata» (2015), Del Toro ya había mostrado un interés en mostrar ciertas sensibilidades hacia el romance gótico en sus elecciones de diseño de producción, agregando un toque de teatralidad extravagante similar a las producciones Hammer de la década de 1970.

El mundo presentado en esta película, sus vestuarios, objetos ornamentales y edificaciones parecen combinar la estética gótica clásica con el barroco, dando un cierto aire atemporal tan entretenido que no es una distracción. Y como no podría faltar en este tipo de historias: la sangre.

Con una fotografía de Dan Laustsen y una preciosa banda sonora de Alexandre Desplat (un colaborador ya habitual en la filmografía de Del Toro), esta versión de Frankenstein no tiene miedo en presentar de forma detallada las disecciones quirúrgicas de los experimentos previos a los orígenes de la criatura.

Pese a lo grotesca y violenta que pueda llegar a ser, seria un grave error limitarse a catalogar esta película como una mera historia de horror. Nos encontramos ante un sensible estudio de personaje en el cual su autor reafirma la pasión pura con la cual construye cada uno de sus proyectos.

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