Pensar en la paz como un estado idílico de absoluta armonía, con las personas abrazándose y siendo solidarias y empáticas, es igual de irrisorio que pensar que en México la delincuencia disminuye y el control del crimen organizado sobre el territorio cede paso a la autoridad. La paz no es un estado perfecto, se construye, es imperfecta, inacabada.
Desde la teoría para los estudios sobre la paz mi querido amigo Francisco Muñoz dedicó su vida a construir un modelo epistemológico y ontológico sobre la paz; es decir, no solo pensarla desde la academia y la ciencia, sino interiorizarla en nosotros mismos para que se convierta en un estilo de vida, y de esa forma dar el llamado “giro ontológico” hacia una existencia donde la resolución de conflictos se convierta en el pilar de una paz imperfecta y en continua construcción.
“Cuando uno sale de casa en las mañanas no lo hace queriendo pelear con su vecino, o con sus compañeros de trabajo; siempre salimos en clave de paz, buscando pasar el día en paz”, versaba Paco en las conversaciones cotidianas. Es cierto, la vida diaria es una búsqueda de paz, de evitar los conflictos, y en esa premisa la mayoría pretendemos estar bien y que nuestros seres queridos lo estén igual. Pensar en clave de violencia también existe, pero no es el pensamiento de todas o todos, solo de algunos, de muy pocos.
Si a esta idea de una vida que busca la paz y evita el conflicto se le suma la conciencia de que la paz es imperfecta y debe construirse diariamente, podríamos entonces transitar hacia sociedades menos conflictivas, menos violentas, porque no se vería a la paz como una estrella inalcanzable, como un sueño lindo que ocurrirá algún día, sino como un estado que puede construirse desde nuestras pequeñas acciones cotidianas, como ese, de salir de casa buscando pasar el día en paz, evitando el conflicto.
La paz imperfecta, dictan los estudios sobre este concepto, es distinta a la paz neutral o la paz positiva, que sí establecen la ausencia completa de conflictos para que las personas vivan en armonía. Por su parte, la paz imperfecta reconoce, decía Paco, la propia imperfección humana, el conflicto humano de existir, de creer, de sentir que pertenece a algo y sirve a algún propósito. En este escenario de conflicto ontológico es donde las personas reconocemos que no somos perfectos, pero caminamos hacia ser mejores; y así debería ocurrir con la paz, reconociendo que ahora –por ejemplo– es débil en México y en Sinaloa, pero desde esa debilidad e imperfección puede fortalecerse.
Una de las ideas más controvertidas de la paz imperfecta es cuando se argumenta que incluso en las guerras o en las dictaduras más represivas existe paz. Si transpolamos ese análisis a Sinaloa, por más descabellado que suene, también vivimos en paz. ¿Cómo es eso? Porque vivimos en un estado de paz imperfecta, con picos de violencia y de conflicto, pero donde la mayoría de la población, a pesar de estar sumidos en una guerra criminal que tiene secuestrada a la entidad, desarrollarnos nuestras actividades cotidianas generalmente en paz, buscando y deseando la paz; y esa gestión es la que, precisamente, la construye y la reconoce como imperfecta.
En un estudio que publiqué hace algunos años en la revista científica Ra Ximhai, llamado “Educar y formar en el empoderamiento pacifista”, discutí la construcción de la paz desde dos frentes: el hogar y la escuela. En el artículo la reflexión giró en torno en que a pesar de los esfuerzos de las instituciones educativas por fomentar la paz y la resolución no violenta de los conflictos en la niñez, adolescencia o juventud, el esfuerzo se derrumba si en casa no se fomenta también.
Al respecto este ejemplo: dos niños en la primaria discuten por un lápiz; uno agrede al otro y antes de que se convierta en pelea la maestra interviene. Desde el aula la docente habla con ambos y les enseña que existen otras formas de solucionar que ambos quieren el lápiz; el conflicto se arregla, ambos se turnan el lápiz y el agresor ofrece una disculpa. Hasta ahí el modelo de fomento de la paz y la resolución no violenta del conflicto funcionó, en el aula. ¿Pero qué sucede cuando el niño golpeado llega a casa y platica lo que ocurrió en clase? ¡Le hubieras pegado tú también, y más fuerte! Argumenta el padre o la madre; y ahí se cae el esfuerzo de la escuela.
La paz necesita que los conflictos se resuelvan por vías no agresivas y siempre mediante la conciliación, debe fomentarse en la escuela y en la familia, porque si una institución no ayuda con lo que la otra hace cualquier esfuerzo y campaña que se haga por tener sociedades pacíficas caerá en pedazos. Es por eso que el modelo de la Nueva Escuela Mexicana (NEM), en torno a la construcción de sociedades pacíficas a través de las escuelas como polos de desarrollo y paz, fracasó en este país, porque se planteó desde un escritorio y opera dentro de las paredes del aula, pero cuando las y los millones de estudiantes salen de la escuela la vida es otra, la paz se vive y se enseña de distinta forma.
Si aprendemos y reconocemos que la paz no es perfecta, que debe construirse y que puede convivir con el conflicto, porque reconoce que la propia existencia humana es conflictiva, podemos transitar hacia sociedades que solucionen sus problemas de forma no violenta, hacia la solidaridad y la empatía con el otro, no porque queramos ser santos o porque debemos ganarnos el cielo, sino porque en esa acción también nos beneficiamos nosotros mismos, como en la película “cadena de favores”.
De esta forma, a las pequeñas acciones cotidianas en casa, en el trabajo y en todo nuestro quehacer diario, que buscan y fomentan la paz y la resolución no violenta de los conflictos, se sumarán las otras acciones colectivas de instituciones, escuelas (como la NEM), ONGs o de medios de comunicación, en una sinergia que inequívocamente moverá a la sociedad hacia la paz. Y si en ese periodo de paz ocurre algo violento en casa o en la sociedad, nuevamente jalamos los hilos para repararlo y seguir. Por eso la paz imperfecta se reconoce como inacabada, está en permanente construcción.
Por lo anterior celebramos iniciativas como el “Festival Espejo, contribución para la paz y el reencuentro”, que comenzó ayer con una agenda que prioriza el análisis social de la defensa del territorio. Por cierto, todas las causas sociales siempre se defienden desde la paz, y aunque hayan protestas o acciones colectivas siempre se ciernen en tono de paz. Es por eso que Espejo reconoce que este Festival contribuye “a la agenda para la paz y el reencuentro”, un reencuentro que puede gestarse siempre desde la paz imperfecta.

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