Últimamente he observado con más detenimiento del habitual el comportamiento de las personas, intentando desentrañar el papel que desempeñan en esta existencia y la conciencia que tienen sobre sí mismas, el énfasis que ponen en su desarrollo, pero, sobre todo, en cómo se esfuerzan por validarse en un mundo al que nada le interesa porque todo es efímero.

Y es ahí donde encuentro el primer elemento de validación que todos buscan y que cada vez es más poderoso por la época hiperconectada e híper banal en que vivimos: el narcisismo. Lejos de que pareciera una conducta asociada al autoelogio y a creerse superior a otros, en realidad el narcisismo oculta una pérdida de fe en sí mismo, una autoestima baja que se sostiene con la validación de otros, principalmente a través del autoelogio o de presumir a los demás lo que tenemos: de esta forma nos validamos hablando de nuestra gran pareja y sus atributos envidiables, de las cosas que poseemos, de las características físicas de quienes se nos acercan, queriendo impresionar y, con eso, llenar ese vacío de validación interno.

La persona narcisista presume lo que tiene porque no encuentra otra forma de que volteen a verla, en una época donde la admiración de otros está por encima del valor que nos otorgamos a nosotros mismos. Y así, los discursos más cotidianos con los amigos, en el trabajo o con la familia se maximizan: “enorme”, “increíble”, “fajesote”. Solo son adjetivos que buscan validación en la exageración de características, pero que en el fondo demuestran que ese narcicismo oculta una necesidad de admiración. Es triste que presumir a otros lo que se magnifica desde nuestras perspectivas sea una forma de ganar admiración, o atención, y no a través del buen ejemplo, de la sinceridad, del trabajo o de los valores. Pero estos últimos ocupan esfuerzo, tiempo y dedicación, y es más fácil presumir que trabajar en ser mejor persona.

Otro elemento de validación que pareciera exclusivo de la población joven, pero que atrapa a todas las personas en su dinámica son las redes sociales virtuales, que además se apoderaron de la salud emocional. Un simple like, el número de vistas en fotos o videos, los comentarios adulatorios, están diseñados para la validación, para el narcisismo, no importa que la persona actúe en las redes, sino la cantidad de aprobaciones que recibe. La trampa es tal que ninguna red social tiene un ícono de “no me gusta”, porque eso la haría emocionalmente inestable, indeseable, y como lo que se busca es validación y elogio, una herramienta digital que no la otorga fracasaría.

Las personas somos proyecciones digitales de quien quisiéramos ser en las redes sociales: la pareja perfecta, la persona intrépida, atractiva, interesante, culta, deportista, bien vestida; puros elementos de validación desesperados por el like ajeno. ¿Quién se toma una selfie recién levantado y la postea en redes? Esa proyección digital del yo que deseamos no lo permite, porque las redes sociales virtuales están diseñadas para mostrar a la persona que queremos ser y no a la que en realidad somos, que en muchos casos se trasforma de la vida física a la digital. ¿Pero no ocurre esa misma contradicción en la “vida real”?

La selfie misma es el elemento de validación más famoso, que por lo general oculta baja auto estima, poco pensamiento crítico y mucha necesidad de admiración. La selfie es un ícono de quién queremos ser, es un grito desesperado al mundo de que estoy presente en lo importante y en lo que todos hacen para ser notados. Está diseñada para colocar al sujeto por encima de las otras cosas, dejando la admiración del entorno en un plano secundario porque lo importante es cómo la persona usa ese escenario para lucir. De la contemplación de lo que nos rodea hemos transitado a la contemplación de nosotros mismos, no porque se quiera o nos guste, sino porque eso atrae validación y la admiración efímera de otros.

El vacío emocional y existencial es enorme en muchas personas, y se oculta en pequeñas acciones, en sus conversaciones cotidianas, en la forma en que viven o trabajan, en cómo utilizan un lenguaje con su pareja y otro con sus amistades dentro de WhatsApp u otra red social, como si fuera una meta personalidad que busca atraer simpatías porque así se llenan las propias carecías existenciales. Un ejercicio que deberíamos hacer todos de forma cotidiana es revisar nuestras redes y cómo interactuamos con las otras personas, para detectar las máscaras que usamos y así, quizás, comenzar a ser congruentes entre lo que decimos y hacemos.

Las redes sociales virtuales y la mensajería instantánea, en esa performatividad que obliga a seguir, nos disocia de quienes realmente somos, lastima a nuestros seres queridos y, lo más importante, nos demuestra que la persona que fingimos ser es mejor de la que realmente somos, y si alguien no lo detecta o no está dispuesto a aceptarlo, vivirá siempre en una pantomima que dependerá de la aprobación de los otros.

“La vida digital es igual de importante que la vivida aquí”, me dijeron en una ocasión, pero siempre dudé de que así lo fuera, porque el rechazo digital se cuida más que el físico, los círculos e interacciones sociales son más pequeños en la “vida real” que en la digital, porque allá soy quien quiero ser, me disfrazo de atributos y uso un vocabulario acorde con el personaje que adopté: “me gustas aunque seas de derecha”, cuando en la vida personal ni siquiera sostengo debates sobre ideología porque estoy ocupado en la sobrevivencia o porque la interacción física es intimidante. Puedo tener 200 seguidores en Instagram y 3 verdaderos amigos en la “vida real” que realmente se preocupan por mi… y a veces.

Otro elemento de validación, de los muchos que seguramente omití y que podrán agregar a esta modesta lista, tiene que ver con nuestro propio atractivo físico y cómo se proyecta hacia el exterior para agradar a otras personas. ¿Por qué nos molesta que una persona “fea” nos pretenda, pero no la “guapa”? Al feo no le hacemos caso y hasta nos ofende que se atreva a hablarnos, pero al guapo (o guapa) sí le correspondemos por lo menos con una sonrisa o un rechazo amable. Según lo que he leído tiene que ver, precisamente, con la validación que buscamos, es como el like del cortejo, ya que, aunque tengamos pareja, que otras personas atractivas nos pretendan es una manera de sentirnos bellos y deseables, pero cuando un feo o fea lo hace, se refuerza la baja autoestima de cada persona.

La solución a estos dilemas pareciera sencilla: validarnos a nosotros mismos a través del autocuidado, del autoconocimiento, de los valores que ejercemos efectivamente (no los que se pregonan, porque esos son moda); aprender a querernos y a no depender de la aprobación de otros, ser nosotros mismos ante los demás (aunque de miedo), dejar de buscar afuera la admiración que debe empezar desde adentro, cuidar a quienes amamos, proteger los vínculos, honrar nuestras promesas. Quizás así dejaremos de actuar una vida que no nos corresponde y que se encamina a la infelicidad.

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