El escándalo que se generó en torno a las “trampas” cometidas por miles de aspirantes de nuevo ingreso a las carreras que oferta la Universidad Nacional Autónoma de México (UMAM), durante el examen de admisión 2026, no es el resultado de una juventud perdida en la deshonestidad, sino una falla sistémica, en donde todo es tan válido que termina, por lo tanto, invalidando todo.
Para explicar esto que parece un teorema filosófico vayamos por partes, narrando primero que entre el 23 de mayo y el 10 de junio de este año la UNAM aplicó el examen de admisión a 158,712 aspirantes a todas las licenciaturas e ingenierías que oferta. La prueba se realizó en línea, bajo un sistema que hoy está bajo la lupa no solo por sus defectos y fallas para evitar que las y los examinados usaran internet o IA para contestar las preguntas, sino porque la empresa contratada es la misma que el gobierno federal utiliza en su plataforma Saberes.
No es la primera vez en México que exámenes de admisión a licenciaturas u otros programas educativos se apliquen en línea, con sistemas de vigilancia donde se exige a los aspirantes tener las cámaras encendidas, y con base en un sistema de vigilancia facial, muscular y auditivo se determina si está recibiendo ayuda de terceros o si buscan las respuestas en el teléfono u otro dispositivo. El Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior (CENEVAL), tiene años ofreciendo exámenes de admisión con esta modalidad, e incluso en algunos periodos, sobre todo durante la pandemia, fueron aplicados en distintas instituciones, entre ellas la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS).
Es justo mencionar que la empresa aplicó esos exámenes sin incidencias, y en lo personal pude constatar los sistemas estrictos de monitoreo para evitar que las y los estudiantes que contestaban su examen virtual hicieran “trampa”. Pero en esta ocasión con la UNAM, con una empresa de dudosa confiabilidad y con un universo de aspirantes mayor, y también, además, con mayor acceso a IA y otras herramientas digitales, el panorama de la “trampa” se desbocó.
Después de varios análisis de especialistas dentro y fuera de la UNAM, así como de medios de comunicación, se encontraron anomalías que encendieron los focos rojos. Por ejemplo, hubo puntajes perfectos en carreras como medicina, por primera vez en muchos años, mientras que el 16.3% de todos los exámenes aplicados estuvieron por encima de los 100 aciertos (en un examen con 120 reactivos), también por primera vez. En las pruebas de admisión de años anteriores, cuando eran presenciales, el promedio por encima de los 100 aciertos era del 3.5%. El examen en línea de 2026 acentúo las capacidades de las y los aspirantes en 13 por ciento.
En licenciaturas como medicina o en las ingenierías de la UNAM el promedio histórico en los exámenes de admisión era de 90 aciertos, pero con el examen en línea se superaron los 105 puntos. Durante las semanas posteriores a la prueba se anularon, además 3,174 exámenes por detectar conductas irregulares, que se suman a la cifra vergonzosa del 16.3% de las y los súper aspirantes.
“Ya ni la malician los plebes”, diríamos en Sinaloa, y ciertamente lo que demostró la aplicación del examen en línea fue una capacidad plausible de la juventud para sortear filtros de vigilancia en sistemas de evaluación virtuales, además de exponer los fallos en el proceso de admisión que le costaron el trabajo a la Secretaria General de la UNAM, y repetir la evaluación con la aplicación de un examen de control presencial aplicado esta semana, en un esfuerzo por maquillar el desastre de todo el proceso de admisión.
Antes de analizar y cuestionar si realmente las y los jóvenes son tramposos, regresemos con otro caso ocurrido a la UNAM en este proceso de ingreso 2026, que es producto de una epidemia que contagió a todas las Universidades nacionales e internacionales: la baja matrícula de nuevo ingreso.
“Casi la mitad de las carreras que imparte la UNAM fuera de CDMX no llenan su cupo pese a bajar los puntajes”, tituló el Sol de México una noticia publicada el pasado 30 de julio, en un análisis realizado a las 4 Escuelas Nacionales de Educación Superior (ENES) que la UNAM posee en distintos estados del país. En el reportaje se establece que debido a que la matrícula de nuevo ingreso ha decaído en los últimos años, la UNAM decidió reducir los porcentajes de aprobación en sus exámenes de admisión, en un intento de motivar a las y los jóvenes a entrar; pero aún con esa medida la nueva matricula se precipitó a casi la mitad, en todas las carreras, no solo en las tradicionales que siempre tienen baja demanda como las ciencias sociales, humanidades y ciencias exactas.
Todas las Universidades del país, incluyendo la UADEO, la UAS y las privadas en Sinaloa, han registrado una caída de hasta el 25 por ciento en su matrícula escolar de nuevo ingreso. A las y los jóvenes ya no les interesa estudiar una carrera universitaria.
En el resto del mundo es igual, incluso en grandes y prestigiosas Universidades como la de Cambridge, donde estudió y trabajó el mismísimo Isaac Newton, la publicidad sobre sus carreras y posgrados incluye frases convincentes de que todo aspirante que inicie su proceso de ingreso será admitido, cuando en años anteriores postularse era enfrentar una serie de rigurosos filtros.
Y es aquí donde queremos cruzar la “trampa” con el desinterés por estudiar una carrera y con la crisis general que está viviendo el sistema de enseñanza universitaria en todo el mundo, con énfasis en países pobres o en desarrollo como México.
Las juventudes aprenden mejor desde casa, o al menos eso creen, los dispositivos electrónicos les ofrecen el contenido que les gusta, el que consideran les será útil. La Internet está plagada de tutoriales que enseñan a hacer desde una bomba nuclear hasta un robot asistente o reparar una tubería. Los denominados cursos autogestivos, las carreras online y lo que podemos “aprender” con la IA está sustituyendo el esfuerzo que implica asistir a la Universidad, con sus esquemas caducos y sus maestros que -lo he visto-, no saben cómo encender la cámara de su computadora o adjuntar un archivo en un correo electrónico.
¿Cómo podrá competir una Licenciatura en informática que enseña programación al viejo estilo, usando ceros y unos, con la IA que ya genera plantillas fáciles de rellenar desde la comodidad de mi casa? La Universidad se queda con el librito viejo de programación mientras que los jóvenes ya usan plantillas por un tutorial que vieron en TikTok.
No es trampa, es el uso habilidoso -y por supuesto erróneo- de las destrezas y necesidades de las juventudes actuales. No es que debamos poner exámenes presenciales para que no saquen el nuevo acordeón electrónico, es que ya no debemos aplicar esas evaluaciones rancias e innecesarias. No es que la Universidad esté en crisis porque las y los jóvenes ya no quieren cursar una carrera de 4 años, es que ese modelo está rebasado por la cantidad de información que las plataformas digitales ofrecen en lo inmediato y, lo más importante, en lo que sí sirve para resolver problemas o situaciones que ahorita tenemos frente a nosotros.

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