Por: Édgar Francisco Hernández Cervantes, “Borre Hernández”.
El 22 de junio de 2026 se cumplieron 40 años de aquel partido de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra, en el Mundial de México 1986, cuando Diego Armando Maradona anotó primero un gol con la “mano de Dios” y, minutos después, marcó el denominado “Gol del Siglo”, llevándose desde media cancha a medio equipo inglés, incluido el portero, hasta empujar el esférico dentro del arco e inmortalizar uno de los acontecimientos más preciados en la historia del fútbol. La narración en vivo de esa jugada, a cargo del cronista Víctor Hugo Morales, desde ese momento y hasta la fecha, se ha convertido en una magnífica letra para esta gran canción. Para la Argentina este partido es una batalla ganada a los ingleses en honor a Las Islas Malvinas.
Cuarenta años después, el mismo día, pero de 2026, Lionel Messi juega su sexto Mundial de manera consecutiva, desde 2006; una marca que comparte con otro fenómeno del fútbol internacional, Cristiano Ronaldo, “CR7”, de Portugal, y con Guillermo “Memo” Ochoa, el arquero mexicano que tantas veces nos salvó de pelotas que parecían ya haber cruzado la portería.
Es el segundo partido de la fase de grupos de la albiceleste. Argentina juega contra Austria. Messi es titular. Porta la 10, como Diego. Al minuto 8 del primer tiempo, después de una revisión del VAR, tecnología que seguramente habría invalidado la “mano de Dios” de Maradona hace 40 años, Leo Messi se encarga de cobrar un tiro penal. Lo falla.
En ese momento ya rompió otro récord: es el jugador con más penales errados en los Mundiales, tres en total. Pero ya antes tenía otra marca: siete goles convertidos desde los doce pasos. Nadie cuenta con ese récord. Existe un 70% de probabilidades de que Messi anote un penal cada vez que lo cobra. Al preguntarle a una conocida inteligencia artificial cuál es la probabilidad de anotar un gol de penal en Copas del Mundo, me responde que “del 79 al 80%”. Messi está debajo de ese promedio. Y eso nos recuerda que Lionel también es humano, y que puede fallar.
Pero minutos más tarde, durante este mismo partido, el rosarino se da la revancha tras su penal errado. Por si quedara alguna duda, igual que Maradona, quien después de meter un gol con la mano nos regaló el Gol del Siglo, la Pulga se desquita marcando dos tantos, llegando así a la mayor cantidad de goles anotados por un jugador en los Mundiales de fútbol: 18 en total, superando al alemán Miroslav Klose, que ostentaba el récord con 16. 2 a 0 ganó la celeste y blanca a los austriacos. Tiene un pie en la siguiente ronda.
Todo eso ocurrido el 22 de junio, el mismo día en que Maradona, 40 años atrás, esculpió la más extraordinaria y fantástica obra de arte dentro de una cancha de fútbol. “Un barrilete cósmico, lo más grande”, como dice la canción de Calle 13.
Concluye el partido y empezamos a recapitular las coincidencias, a apuntar las comparaciones. Es injusto elegir a uno de los dos como el más grande.
En México, en cambio, no damos ni siquiera lugar para ese debate entre ídolos: Julio César Chávez es, sencillamente, el César del Boxeo, el ídolo del pueblo; el que paralizaba a todo el país con sus combates. Una vez, en una pelea por el campeonato mundial superligero, llenó el Estadio Azteca con más gente que las finales del 70 o del 86. Aquél que se atreva tan solo a insinuar que existe algún rival que le haga sombra, somos capaces de ponernos los guantes. Por eso luego no podemos ni disfrutar las peleas del Canelo Álvarez. Nadie puede tocar a nuestro ídolo más popular.
Quizá por eso entendemos tan bien la tentación de comparar a Maradona y Messi, de exigir que uno de los dos sea el más grande y defenderlo como si el otro amenazara su lugar. Yo prefiero disfrutar a cada uno de ellos, aunque a Maradona lo haya visto jugar solo por videos o documentales, sin la emoción del minuto a minuto.
Pero bueno, en fin, otros dirán que sí, que hay que definirse, que Maradona fue mejor; que el Diego, a diferencia de Messi, sí fue un líder político y social. Y tendrán razón. Maradona trascendió la cancha, hizo política, movilizó a una nación, aun después de retirado. Desafió, con un icónico discurso ante una multitud, en noviembre de 2005, desde Mar del Plata, al presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, en su intento por crear una integración económica continental desde Alaska hasta Tierra del Fuego (el denominado ALCA).
El “Pelusa” se enfrentó, además, de manera frontal, a la FIFA, y a su dirigente João Havelange; denunció su corrupción, y sufrió las consecuencias, como en el Mundial de 1994, cuando sospechosamente dio positivo al control antidopaje. “Me cortaron las piernas”, sostuvo llorando, después de su expulsión inmediata del torneo.
Messi, no hay lugar a dudas, nos ha dado grandes emociones. Soy de la generación que lo vio jugar desde que era una estrella en el Barcelona. Verlo ganar la Champions era un deleite. Pero también me conmovía siempre que llegaba a una final con Argentina y no ganaba, tanto en el Mundial de 2014 contra Alemania, como en las Copas América contra Chile de 2015 y 2016, año en el que incluso anunció, destrozado, su retiro. Una carta escrita por un pibe de quince años que le rogaba quedarse, y que cita Hernán Casciari en su maravilloso texto La valija de Lionel, lo convenció de seguir portando la diez con la selección.
Nunca entendí por qué, a pesar de ganarlo todo en Europa, había tantas personas que en su propio país, no lo querían. Por eso celebré su desahogo cuando La Scaloneta, tal como conocen a la selección comandada por el técnico Lionel Scaloni, ganó la Copa América de 2021 contra Brasil, en Brasil, después de 28 años de sequía de campeonatos para el país que, en el fútbol, no se da permiso de perder.
También festejé hasta la afonía el dramático campeonato mundial de Qatar 2022, ante los franceses. Soy de Culiacán y, en San Pedro, Navolato, a unos kilómetros de la capital sinaloense, el general Antonio Rosales derrotó heroicamente al ejército francés en 1864, en una batalla que se convirtió en uno de los episodios más significativos de la resistencia republicana del presidente Juárez frente al Imperio de Maximiliano.
Por eso decepciona ver a Messi al lado del presidente Donald Trump, sonriente, como si lo respaldara, en la Casa Blanca, en marzo de 2026, después de tantas ofensas a los pueblos latinoamericanos.
Los futbolistas, como él, es cierto, no son políticos. No tienen porqué serlo. Pero mueven a tantas masas que también pueden rompernos el corazón con algún acto que nos desilusiona. Es la decepción inevitable que, no pocas veces pasa, al descubrir a la persona detrás del artista.
“La pelota no se mancha”, dijo Maradona. Por eso, Messi, si vas a romper otro récord, por favor, no nos rompas el corazón.
“Borre Hernández”.

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