Cada vez es más común escuchar a personas o integrantes de la sociedad civil organizada vaticinar el fin de la narco cultura cuando la guerra entre facciones del narcotráfico termine. Es esperanzador, pero desde el análisis socio antropológico es solo una utopía, un deseo de buenas noches.

La cultura no solo es un conjunto de elementos que nos dicen cómo vestir, comer, comportarnos, en qué creer o cómo relacionarnos con los demás, es una estructura ontológica, una columna vertebral para la vida social de todo individuo, se nace, se vive y se muere en torno a sus designios. Ciertamente puede modificarse añadiendo capas de complejidad en torno a comportamientos o gustos, pero la esencia es la misma, sigue siendo un instructivo sobre cómo vivir la vida.

En México y particularmente en Sinaloa la cultura con la que crecemos está permeada de contrastes, entre el rico y el pobre, lo que se tiene o lo que se carece, de la pobreza justificada y hasta romantizada por las creencias religiosas y una riqueza de unos cuantos que considera que el pobre es pobre porque no trabaja. Es igual con la cultura, decir que ya no existirá es solo un deseo, porque las estructuras sociales no cambian por un evento, aunque sea duradero, y menos si el contexto social no se transforma.

La pobreza, por ejemplo, es el combustible del crimen, es la mejor reclutadora de soldados para la guerra entre facciones del narco, para secuestrar o extorsionar, porque en la necesidad de alimento y también de prestigio la cultura abre camino a nuevas formas de vida, romantizándolas y justificando su existencia para que, de esa forma, la mano de obra del crimen, barata y desechable, nunca se extinga. La desigualdad, por su parte, es la vara con la que se mide quien entra al crimen para ascender social y económicamente, porque la conoce, la vive y quiere trascenderla.

Desde la comodidad de mi escritorio, con alimento a la mano y el aire acondicionado encendido, puedo vaticinar que ya no habrá narco cultura porque la sociedad sinaloense se ha dado cuenta de las muertes, porque llevamos un año y medio viviendo con violencia extrema y porque las y los jóvenes despertaron, notando que esa vida es la muerte, una muerte que también persigue a los suyos. Pero ¿de qué jóvenes hablamos, los que viven en una privada o en una invasión a las orillas de Culiacán, de los que pueden ir a la tienda por unas sabritas y su refresco, o los que no han comido desde ayer?

Pobreza, marginación, desigualdad social, violencia familiar, hogares con integrantes adictos, falta de dinero para siquiera ir a la escuela, ¿de verdad creemos que bajo esas condiciones las personas están pensando en tener un modo de vida honesto, con un trabajo precario que pagará el mínimo y donde el sistema le garantiza que nunca saldrá de la pobreza de esa manera? La estructura social, la cultura pues, está diseñada para que los sujetos sociales no cambien, para que solo repitan patrones, por eso el rico cree que el pobre es así porque no trabaja, y el pobre cree que su pobreza lo asfixia porque además no es nadie en la vida.

El sistema nos vende espejismos todo el tiempo, arquetipos de vidas felices y realizadas, como casarse, tener hijos y hasta una cariñosa mascota, un auto en la cochera, casa propia, un empleo de primera, comida siempre disponible y dinerito extra para darnos nuestros lujos. Vivimos la vida persiguiendo ese espejismo, esa idea insertada en nuestras mentes por la cultura, pero en un sistema que garantiza que el rico siempre tendrá el mejor trabajo y el pobre medianamente podrá educarse en escuelas públicas para tener un empleo decente, el espejismo se convierte en un privilegio de clase, en una vida que debe comprarse, y si el sistema no me permite acumular capital aunque tenga dos o tres trabajos, la puerta del crimen organizado y sus espejismos parece atractiva.

El crimen ya tiene su mano de obra asegurada de por vida porque la pobreza y la desigualdad son estructuralmente sociales, culturales, y rigen a todas las sociedades de este planeta, y cuando se le suma el arquetipo de la vida feliz, el espejismo de que eres lo que posees, de que un teléfono de alta gama, una ropa costosa o un automóvil de lujo te definen, cualquier medio para conseguir esa vida de torna legítimo. “Es mejor vivir 10 años como rey que 100 como güey” ¿así versa el dicho no, para justificar la vida criminal?

Desde una óptica justa todas las personas, sin importar su origen o condición social tienen derecho a alcanzar, o por lo menos perseguir, los espejismos de la vida feliz que el sistema nos avienta como zanahorias constantemente; todas y todos deberían tener el alimento garantizado, ya que como decía Bauman, ligar el sustento al salario es una perversión porque todas las personas deberían tener garantizado no morir de hambre. Pero no es así, la vida misma está supeditada a los ingresos, y según el nivel de estos serán las comodidades que las personas tendrán, la salud, la tranquilidad.

De esta forma, por más que nos atropelle la violencia armada y sistemática en contextos y situaciones coyunturales como las que vivimos actualmente en Sinaloa, podríamos reconocer que esa vida del crimen no es la adecuada, inferir que las personas ya se dieron cuenta que es mejor vivir con un salarito, enfermos y sin margen de salir adelante, a meterse a las fauces de la bestia del crimen y morir aplastados por su voracidad. Un adolescente que vivió su niñez en la pobreza, en un hogar violento, que abandonó la escuela por falta de recursos o motivaciones, ve en el crimen una salida a ese ciclo, consciente o no de que es temporal, e incluso puede ver (como se ha documentado periodísticamente) a sus propios compañeros criminales como la familia que nunca tuvo.

La familia es la construcción cultural más poderosa en sociedades tradicionales como la mexicana, y que el crimen les ofrezca esa familia que no tuvieron en la niñez, más la promesa de comprar un auto o una vida de cosas, el prestigio o respeto que todas y todos merecen, reconocimiento, visibilización, comida caliente, vicios, y dejar la pobreza y la desigualdad en la que vivieron para insertarse entre quienes luchan honradamente por el mismo arquetipo, es muy atractivo, a veces la única salida, por eso decir que la narco cultura o el crimen se extinguirá cuando termine esta guerra es un ejercicio de indolencia, es como decir que el pobre es pobre porque quiere.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO