El domingo 13 de septiembre marchamos en Culiacán, bajo el lema “Sinaloa Ponte de Pie”, después de dos años sobreviviendo una narcoguerra. El obispo José de Jesús Herrera Quiñones ofició misa a las siete de la mañana en la calle, en plena intersección de Obregón y Ciudades Hermanas, ahí donde hace poco más de 4 meses asesinaron a alguien. Poco después de las ocho arrancó el recorrido por la Obregón hasta llegar a Catedral. Decenas de organizaciones se sumaron a la convocatoria. Los organizadores hablaron de 50 mil personas; conteos diferentes por medios e independientes, de 7,500 a 10 mil. Ni siquiera en eso nos ponemos de acuerdo.
Pero la historia de la marcha no empezó el domingo 13. Días antes ya circulaban muchas historias sobre ella. Que había intereses ocultos. Que la oposición la estaba usando. Que era, en el fondo, un acto contra el gobierno disfrazado de causa ciudadana. Que la derecha extrema quería dar un golpeteo al gobierno transformador. La conversación ya venía encuadrada antes de que nadie diera un solo paso.
Entonces llegó el domingo. Y los hechos, como suele pasar, le dieron material a todos los que ya traían una historia lista:
- En la esquina de la calle Hidalgo golpearon piñatas con la figura de la gobernadora interina Graciela Domínguez y de la presidenta Claudia Sheinbaum.
- Marcharon pequeños bloques partidistas, sin estandartes o colores de partidos, los senadores priistas Mario Zamora y Paloma Sánchez, además de Paola Garate (rodeada por elementos de la Guardia Nacional) y Roxana Rubio (PAN); por Movimiento Ciudadano caminaron Sergio “El Pío” Esquer y Ely Montoya, víctima también de un atentado ocurrido hace 7 meses.
- La misma Iglesia Católica que se sumó al llamado y canceló las misas de las 7 de la mañana de todas las iglesias de la Diócesis para que sus feligreses se sumaran al llamado.
- También caminaron empresarios, productores agrícolas, colectivos de búsqueda, familias enteras de Culiacán y Mazatlán.
- Y hubo un momento lamentable: Miguel Taniyama discutió con Rosa Félix, madre de Jesús Tomás Félix Félix, desaparecido desde noviembre de 2024, después de que ella pidiera el micrófono y no se le cediera la palabra. Taniyama se disculpó públicamente al día siguiente. La crítica a ese episodio es legítima. Rosa merecía escucha y empatía.
Pero el domingo no nació la narrativa. El domingo encontró material para alimentarse: las piñatas confirmaron una cosa, “la marcha por la paz más violenta”. Los priistas y panistas caminando confirmaron otra, “la extrema derecha quiere recuperar el poder”. El micrófono confirmó otra más, “es otro político más”, pese a ser un ciudadano que lleva años participando en distintas causas sociales. Quien ya creía que era una marcha de oposición disfrazada encontró su prueba en cada miembro de partido político que caminaba ahí. Quien ya creía que las víctimas estaban siendo usadas encontró su prueba en Taniyama. El hecho dejó de producir la interpretación. La interpretación previa empezó a seleccionar qué hechos importaban.
¿Te estás enojando conmigo y ya quieres dejar de leerme? ¡ESPERA!
Tal vez marchaste y sientes que te estoy restando el mérito. Tal vez leíste “PRI y PAN” y ya decidiste que vengo a probar que todo fue una operación opositora. O al revés: ya decidiste que soy oficialista por mencionar que Taniyama se equivocó.
Quédate un poco más. No te pido que me creas todavía. Te pido que notes la velocidad con la que ya me etiquetaste. Porque de eso trata esta columna. Y te acaba de pasar, en tiempo real, mientras la leías.
¿Quién decide quién tiene superioridad moral para pedir paz?
Si eres empresario, sospechoso, “no te importan tus trabajadores, solo el dinero, maldito capitalista”. Si es priista o panista, la marcha ya es “de oposición”. Si quemaste una piñata, “eres un vándalo violento”. Si defiendes al organizador, “cómplice, aprovechado del sufrimiento de las víctimas”.
En algún momento dejamos de discutir si el Estado estaba cumpliendo con su obligación de darnos seguridad. Empezamos a discutir si el ciudadano que la exige merece exigirla. Y mientras decidíamos quién sí y quién no podía marchar, el Estado mismo empezó a desaparecer de la conversación.
¿Por qué le exigimos pureza absoluta al ciudadano y paciencia infinita al poder?
A una movilización se le pidió representar correctamente a todas las víctimas, todas las clases sociales, todas las ideologías. Que ningún político se le acercara. Que nadie ahí tuviera pasado partidista. Un imposible. En realidad, pareciera que Culiacán tuvo muchas marchas distintas esa mañana, dependiendo de quién la mirara: la marcha empresarial, la marcha de oposición, la marcha religiosa, la de las víctimas, la de los conservadores, la de quienes simplemente estaban hartos. Todas caminaban por la misma Obregón.
Al gobierno, en cambio, se le han concedido dos años. Contexto. Procesos. Explicaciones. Tenemos una numeralía dolorosa en estos dos años de Narcoguerra que, según cifras de COPARMEX Sinaloa, más de 5 mil empresas han cerrado y alrededor de 27 mil empleos formales se perdieron por la violencia. Los recuentos hablan de más de 3 mil 700 homicidios y miles de desaparecidos en dos años, y las cifras varían incluso según quién las lleve, y esa variación también debería preocuparnos.
Un exabrupto ciudadano exige condena inmediata. Mientras que el Estado y sus defensores dicen: “hay que ser pacientes”. Nadie le pide al gobierno un examen de pureza por cada feminicidio sin resolver, por cada carpeta de investigación vacía, por cada desaparecido sin buscar.
Ojo aquí: no es solo polarización. Es más profundo.
La polarización te hace escoger bando. Esto va más allá: te cambia cómo procesas lo que ves, antes de que decidas nada. En estudios de seguridad se llama guerra cognitiva. Pero mejor, aquí te dejo un pequeño diccionario para que entiendas cómo nos manipulan:
Narrativa. La historia que le da sentido y pone orden a los hechos: quién es víctima, quién tiene la culpa, qué se supone que hagas con eso (Jones y McBeth, 2010).
Preencuadre (llamémosle así). La historia que empieza a circular antes del hecho y que te dice qué deberías ver cuando ocurra. Por ejemplo, la historia que ya circulaba sobre la marcha del 13 de septiembre antes de que empezara: quiénes son “en realidad”, qué quieren “en el fondo”.
Encuadre o framing. El ángulo desde el que te cuentan un hecho, decide qué parece importante y a quién le echas la culpa antes de que termines de leer (Entman, 1993).
Construcción de agenda. No te dicen qué pensar. Deciden en qué piensas. Y, de paso, qué dejas de pensar mientras tanto (McCombs y Shaw, 1972).
Sesgo de confirmación. Tu cerebro buscando pruebas de lo que ya creías, no de lo que es cierto. Si ya pensabas que era oposición disfrazada, cada diputado o político en cargo caminando ahí lo confirmó. Si ya pensabas que era una farsa oficialista, cada crítica también.
Caja de resonancia. El rincón digital donde solo escuchas lo que ya creías (Cass Sunstein, 2001; popularizado después por Eli Pariser como “burbuja de filtro”).
Guerra cognitiva / operación cognitiva. Muy usada en temas de seguridad nacional e internacional. La OTAN la define como actividades sincronizadas para afectar actitudes y comportamientos, metiéndose directamente en cómo percibes, sientes y decides. No necesariamente te mienten. Buscan modificar el filtro con el que decides qué creer: quién te da confianza y quién o qué te da miedo, sin que te des cuenta de que alguien está jalando esa palanca.
Mercenarios de la influencia. Los que convierten todo esto en oficio: amplifican, indignan, ridiculizan, por sueldo, por contrato, por conveniencia política o por monetización del mismo algoritmo. Ni siquiera hace falta que ellos crean lo que dicen. Basta con que funcione. Les interesa que se mueva. Que genere enojo, que genere vistas, o que le baje el ánimo a quien iba a salir a exigir algo.
Cabe destacar que no todos reciben órdenes ni forman parte de una estructura coordinada. El ecosistema funciona precisamente porque la narrativa también puede ser amplificada de manera voluntaria por quienes ya creen en ella.
Esto no nació con las redes ni con el algoritmo. La propaganda política lleva más de un siglo intentando decidir qué vemos, qué tememos y a quién culpamos. Lo nuevo es que hoy no hace falta controlar todos los medios. Basta con competir exitosamente por el pedazo de realidad que cabe en tu pantalla. Y los sistemas de recomendación aprenden a qué reaccionas y tienden a entregarte más contenido parecido, facilitando que permanezcas dentro de entornos donde determinadas ideas se repiten una y otra vez, una caja de resonancia.
Y tú tal vez caíste:
¿Por qué ya no se está discutiendo por qué llevamos dos años teniendo que salir a pedir paz?
Una operación de influencia eficaz no necesita desacreditar la causa. Le basta con fragmentar a quienes podrían compartirla. Si logras que la conversación deje de tratar sobre seguridad, desaparecidos y homicidios, y empiece a tratar sobre la identidad política, religiosa, económica o moral de los manifestantes, ya moviste el campo de batalla.
Ya no se juzga al poder por sus resultados. Se juzga al ciudadano por sus credenciales.
¿En cuántos segundos decidiste enojarte y tomar partido en contra o favor de Taniyama? ¿Decidir si la madre buscadora tenía toda la razón o estaba siendo usada? ¿Si quemar una piñata es folclore político culichi o vandalismo? Y probablemente lo que hayas decidido fue según quién te lo contó primero, no según los hechos completos, porque para cuando llegaste a los hechos completos, ya traías bando.
Y ya que estamos: si en algún párrafo de esta columna me pusiste una etiqueta (“panista, de derecha, cómplice, privilegiada, vendida al gobierno, vendida a la oposición”) sin conocerme, sin saber qué cubro desde hace años, también te pasó lo mismo que acabo de describir. Decidiste quién soy antes de terminar de leer por qué lo digo. No te lo reclamo. Es exactamente el punto.
Si para exigir paz primero tenemos que pensar igual en aborto, feminismo, partidos, religión, clase social, empresarios, formas de protestar, jamás construiremos una mayoría capaz de exigir nada al Estado que nos tiene sometidos.
Quizá ésa sea la operación más rentable: no lograr que ames al gobierno, sino conseguir que desconfíes tanto del ciudadano que tienes al lado que nunca puedas organizarte con él para exigirle algo al poder.
¿Y entonces cómo nos defendemos?
No hay vacuna. Hay hábitos:
- Cuestiona la fuente y el contenido. No preguntes solo “¿es cierto?”. Pregunta “¿quién se beneficia de que yo crea esto ahora mismo?”
- Sospecha de la indignación instantánea. Si algo te hizo enojar en tres segundos, no lo compartas en el cuarto. Pregúntate quién se beneficia de una narrativa, pero recuerda: beneficiarse de ella no demuestra haberla creado.
- Sal de tu cámara de resonancia a propósito. Lee a alguien con quien normalmente no estarías de acuerdo.
- Cuestiona también a la inteligencia artificial. ChatGPT, Claude, cualquiera. No son neutrales ni infalibles: repiten patrones, pueden sonar convincentes diciendo cosas mal sustentadas. Pídeles fuente. Verifica.
- Pregúntate quién no está siendo señalado. Mientras todos discuten al ciudadano, ¿quién se está quedando fuera de la conversación con las manos limpias?
Miguel se equivocó. La crítica es más que válida. Rosa Félix merecía respeto y escucha. Los priistas y panistas que marcharon tenían tanto derecho a pedir paz como cualquier otro, así como los empresarios, los colectivos, los miembros de la Iglesia y las familias. Y nada de eso borra dos años de muertos, desapariciones, miedo y fracaso institucional.
Podemos sostener esas ideas al mismo tiempo. Tenemos que hacerlo. Y recuerda, la próxima vez que sientas indignación instantánea por algo, no decidas de qué lado estás, pregúntate: ¿por qué estoy hablando de esto y ya no de aquello de lo que hablábamos hace cinco minutos?

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