En Sinaloa ya empezaron los movimientos. Las bardas pintadas, los nombres que comienzan a repetirse, las fotos, las reuniones, las señales disfrazadas de casualidad. “Es Imelda”. “Es Tere”, y seguramente vendrán más.
Mientras algunos empiezan a acomodarse rumbo al 2027, acá abajo la realidad sigue igual de pesada. La violencia sigue, la gente sigue desapareciendo, los negocios siguen cerrando temprano. Los jóvenes se siguen yendo. Hay miedo, cansancio y una sensación muy extraña de abandono. Pareciera como si el estado estuviera sobreviviendo solo, mientras la clase política ya empezó a pensar en el siguiente paso.
Rubén Rocha Moya pidió licencia y, de pronto, pareciera que muchos comenzaron a caminar entre los restos de un estado desgastado como hienas alrededor de lo que queda. Hay prisa por posicionarse, por aparecer, por ser el nombre que sigue. Pero ¿se estarán preguntando qué sigue para Sinaloa? Porque una cosa es querer gobernar y otra muy distinta querer reconstruir, y honestamente, no se siente que exista una conversación seria sobre cómo sacar adelante al estado. Se percibe más una lucha de posicionamiento personal que una preocupación genuina por la gente.
Es como esos hijos que viven el divorcio de sus papás. Los adultos están tan ocupados peleándose entre ellos, viendo quién gana, quién se queda con qué, que se olvidan de quien quedó en medio, y nosotros somos esos hijos. Nos quedamos esperando que alguien deje de pensar en la siguiente campaña y empiece a pensar en el tamaño del problema que tiene enfrente.
Sinaloa ya no está para experimentos políticos ni para proyectos personales disfrazados de servicio público. Necesitamos perfiles con capacidad real, con carácter, con inteligencia emocional, con visión. Gente que entienda que gobernar hoy no significa administrar un estado estable, sino intentar equilibrar un barco que lleva tiempo hundiéndose.
Es importante que esos perfiles comiencen a hablar de seguridad, sí, pero también de salarios, de salud mental, de corrupción, jóvenes que se están yendo porque ya no ven futuro aquí, y empresarios que dejaron de invertir. De ciudadanos que viven agotados emocionalmente, y de instituciones en las que cada vez menos personas confían.
Pero hasta ahora, poco de eso aparece en la conversación pública. Y creo que ahí es donde nosotros como ciudadanos debemos iniciar a hacer las preguntas correctas: ¿Qué han hecho realmente por Sinaloa los perfiles que ya empezaron a levantarse? ¿Qué postura tuvieron en los momentos difíciles del estado? Y la más importante en mi opinión, ¿Dónde estuvieron cuando Sinaloa necesitaba liderazgo y no silencio?
Querer gobernar un estado roto también debería implicar tener el valor de nombrar las fracturas, y quizá ese es el verdadero problema. Aquí seguimos hablando de política como si Sinaloa estuviera bien. Como si bastara con cambiar de cara.
Tal vez lo más peligroso no es la crisis que vive el estado, sino la costumbre. La manera en la que aprendimos a seguir adelante aun cuando las cosas claramente no están funcionando.
Por eso la próxima elección no debería tratarse de popularidad ni de quién logró pintar más bardas. Debería tratarse de algo mucho más simple y mucho más serio:
¿Quién tiene realmente la capacidad y la intención de ayudar a reconstruir Sinaloa?
Sinaloa no necesita a alguien con ganas de llegar al poder; necesita a alguien capaz de mirar de frente la herida que tiene el estado y asumir, de verdad, la responsabilidad de ayudar a sanarla.

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