Siempre interesada por el trasfondo de cosas aparentemente iluminadas, Nona Fernández ha demostrado ser una escritora chilena que indaga detrás de la apariencia de los hechos y escarba para encontrar aquellos detalles que relacionen lo histórico con lo nos pasa todos los días. Justo, el otro día le contaba a una amiga que Nona era una escritora que quiere ser narradora pero que acaba siendo más bien historiadora por el gran contenido en sus libros sobre lo ocurrido durante la dictadura chilena de Augusto Pinochet, y el paso a la democracia que el país vivió posteriormente.
Un ejemplo bastará. En su libro La dimensión desconocida, Nona plantea un ensayo-novela a tres líneas: primero, seguimos la historia de Andrés Valenzuela, uno de los oficiales de seguridad que se encargaron de cometer desapariciones, secuestros y asesinatos en la dictadura, cuando llega a una de las revistas más importantes de Chile y confiesa al equipo todos sus crímenes, pero al mismo tiempo pide que lo saquen del país o el gobierno lo va a matar para detener la documentación periodística. La novela, entonces, sigue el éxodo de Valenzuela hasta dejar Latinoamérica. Pero al mismo tiempo sigue dos líneas más: la de la misma Nona Fernández al crecer primero en la dictadura, y luego en la democracia, el recuento de daños que hace sobre el traspaso de una a otra, hecho que le tocó vivir en su juventud; y una tercera línea que narra eventos aislados de crímenes raros, desaparecidos de microbuses o personas balaceadas desde helicópteros, que bien pudieran formar parte del programa angloparlante La dimensión desconocida, el cual veía mientras iba creciendo.
Por eso su más reciente novela parecería un escalón normal en su apuesta narrativa. Marciano (Penguin Random House, 2025) es una novela a dos voces: la de Nona Fernández escritora dialogando con el guerrillero Mauricio Hernández Norambuena, también conocido como el Comandante Ramiro, y a quienes sus amigos en la infancia apodaban Marciano. En un prólogo expedito Nona cuenta que en su momento se le pidió entrevistar, en el presidio, a Hernández Norambuena para obtener material con el cual pudiera hacerse una serie de televisión que se vendería a las grandes cadenas de streaming; sin embargo, dicho proyecto no fructificó y Nona se quedó con la posibilidad de seguir hablando con el ex guerrillero en la cárcel, de manera exclusiva. Entonces se le ocurrió hacer una novela. Escrita a dos voces, en lugar de a dos manos, el libro es una larguísima entrevista ficcionalizada en la que Nona habla con Mauricio sobre las maneras en que sobrevive al aislamiento (hablando con personas que no están ahí), cómo fue su niñez, sus ingresos a la resistencia, los hechos más importantes en los que participó (entre los que están un fallido atentado a Augusto Pinochet, el homicidio de Jaime Guzmán, el abogado constructor del andamiaje legal de la dictadura, el escape en helicóptero de una cárcel de máxima seguridad, y el secuestro de dos empresarios en Colombia), al mismo tiempo que se construye un retrato del controvertido hombre.
Crear un testimonio así genera muchos problemas porque debes desarmar un concepto de persona para regresarle su humanidad. Y es que siempre conocemos a las personas públicas desde la distancia. Por eso las volvemos un concepto: si es un cantante, de lo que nosotros creemos que debería ser la música; si es un luchador social, de cómo debería ponerse en problemas al sistema; y si es un político, de cómo comete actos de corrupción o muere intentando defender una buena causa. El problema (por supuesto) es que nunca nos detenemos a pensar en qué es lo que conforma la humanidad de estas personas; una manera de dejar claro cómo los vemos a la distancia es recordando la definición de Guillermo del Toro sobre el éxito: para él, éste es un accidente de coche en cámara lenta. Para un peatón ocasional de la encrucijada no es más que un segundo. Dos autos se golpean. Uno se encaja en otro. Pero para la persona que vive el suceso este se va viviendo un elemento a la vez: el momento en que el otro auto entra a tu visión, el latigazo que se siente en el cuerpo cuando el tuyo se detiene de manera brusca, el acero doblegándose ante la fuerza de ambas máquinas y el momento en que tu cabeza rebota y chocas, de frente, contra el volante. Se vive y se recuerda cada fragmento. Pero es obvio que desde afuera, queremos dar carpetazo al asunto diciendo que todo fue rápido y sencillo, que no tiene muchos vericuetos, cuando la realidad es que un accidente apenas es la punta del iceberg de una historia más grande y compleja: de la misma manera, Mauricio Hernández es una persona, igual que todos los que podemos leer sobre su vida en muchas entrevistas intercaladas, remixeadas y ficcionalizadas por parte de Nona Fernandez.
Hay dos preguntas, sin embargo, que Nona pone sobre la mesa y vale la pena detenernos un momento a pensar: cuándo en Sinaloa pensamos en la palabra grillero, ¿pensamos por completo en todos los contextos que generan esa palabra? Lo menciono porque es muy común utilizar ese adjetivo para desacreditar o despreciar el odio o el coraje que siente una persona que reclama las violaciones sistemáticas de sus derechos, o los de sus iguales; y es que ésta se parece demasiado a la palabra guerrillero. Si bien Marciano empieza como un grillero, un chico joven con espíritu revolucionario, como casi todos, eventualmente se convierte en un comandante de la guerrilla, un movimiento real y tangible que se encargaba de desestabilizar al gobierno; entonces, ¿por qué se vuelve un concepto de guerrillero, de terrorista, de grillero? Hace unos días, la activista Heidy Mares comentó en una publicación de Facebook que no es lo mismo hablar de terroristas que de narcotraficantes, en una discusión que rápidamente se volvió un amasijo de insultos y de reclamos: las personas quieren que los terroristas sean de una manera, y si resulta que los narcotraficantes que tanto han hostigado al estado lo son, pues mejor; no se enfrentan a cuestiones más delicadas, más de cuidado, como el preguntar: a una persona a quien no se le dieron oportunidades, y que tiene que ir a arrancarlas de los encargados del gobierno, ¿se le puede llamar terrorista también?
Heidy luego aclaró, por si acaso, que “terrorismo” no significa literalmente “causar terror”; igual que turismo no es “andar de tour”.
Las consecuencias de que Nona Fernández humanice a Mauricio Hernández Norambuena es que hay varios momentos conmovedores en el libro que ponen en problemas a un lector moralista y circunstancial: hay uno, por ejemplo, en que ingresa al fluir narrativo el personaje de Carla, la hermana de otro guerrillero, quien es una psicóloga que estudia el dolor. Ella visita a Mauricio en la cárcel para intentar ayudarlo, psicológicamente, con los traumas que ha vivido a lo largo de su vida; para eso, le pone varios objetos que buscan estimular sus recuerdos, que invocan al mundo externo: arena de playa, por ejemplo, para que recuerde sus visitas al mar. El mismo Mauricio dice: “Si me habían restado del mundo ella intentaría devolvérmelo, en lo posible”. También hay otro capitulo en que Mauricio habla de todos los libros que él ha leído en la cárcel y rememora a uno de sus amigos de lucha, Rodrigo, quien falleció enfermo y sólo, y comenta cómo hubiera querido darle una mejor muerte, acompañándolo a pesar del encierro y la distancia. Así que lo único que pudo hacer fue ponerle su nombre a una biblioteca. Y finalmente, hay todo un capítulo centrado en la familia de Norambuena, en especial su sobrino también llamado Mauricio, quien es abogado y es la persona que realiza el alegato jurídico ante la Corte Iberoamericana de Derechos Humanos, para plasmar en el andamiaje jurídico la serie de violaciones que se habían cometido contra Mauricio durante su encarcelamiento.
Porque hasta los condenados tienen derechos. Porque hasta las personas que han realizado crímenes (parte de una reyerta revolucionaria o no) merecen no ser tratados como objetos o animales. Porque la premisa de los Derechos Humanos es que si se los negamos a ellos, nos los negamos a todos. Y bueno, ante todo esto, el concepto que es Mauricio Hernández Norambuena se quiebra, se cae, y nos pone en choque con nuestros propios miedos y prejuicios, como el momento en que la misma Nona Fernández no quiere preguntarle sobre los crímenes que cometió. Porque son preguntas duras y violentas, y arrojan respuestas que contradicen todo lo que pensamos sobre el mundo y su constitución. Tan duras y violentas que rompen el concepto de guerrillero, o un grillero, haciendolo argumento flojo que será desmoronado por cualquier ventisca.

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