El anciano se arrastraba sobre la tierra. Detrás de él quedaban desparramado su rastro de pasos. Cargando con su casa a cuestas el caracol iba rumbo al encuentro: había escuchado al viento decir que seres diferentes se estaban reuniendo para mirar un fenómeno que había sucedido hace muchísimo tiempo.
Los seres peludos se caracterizaban por ser chismosos, y el caracol creía que seguro todo el rumor había empezado por uno de tantos peludos que se encontraban por ahí. Con su energía potente y mostrando sus bigotes, un corrillo de mamíferos hacía tanto ruido que no se percaban que habían otros animales por ahí.
Todo había empezado hace unos días, cuando una suricata madrugadora había sacado muy pronto la cabeza de su madriguera. A esta revoltosa sus hermanas la llamaban solamente Té, siempre había sido muy vivaracha y curiosa, tanto que a veces ni ella entendía por qué hacía las cosas, solo se dejaba llevar por sus impulsos.
Esa mañana, Té despertó mas temprano y se sorprendió.
Sobre su cabeza había una estela de color verduzco que navegaba en el cielo todavía estrellado y se quedó tan obsesionada con esa corriente navegante de cielos que le amaneció en silencio. Las hermanas de Té no daban crédito, nunca se la había visto tan silenciosa mientras buscaban el desayuno.
Por la noche se durmió temprano y sus hermanas escucharon a Té susurran entre sueños la palabra secreta por la que todas reconocían el color verde en la lengua que solo hablan las suricatas ancianas entre ellas. Para ellas, las jóvenes, la lengua solo era algo que escuchaban pero tenían terminantemente prohibido pronunciar, inclusive entre sueños era penado. Por ello, las hermanas se acomodaron alrededor de ella, muy cerquita y tapándole la boca con sus cuerpos, para que ninguna anciana viniera a castigar a Té.
Por la mañana, Té intentó escabullirse para ver el cielo, pero sus hermanas no lo permitieron, todas intuyeron que la luz del firmamento le estaba contando algo que no debería saber.
Ese día le tocaba a Té vigilar para que sus hermanas buscaran comida, por lo que tuvo la posibilidad de estar sola y meditar. Mientras hacía su trabajo Té pensaba hacia donde discurría el torrente verde y buscó en el firmamento alguna señal.
Mientras reconocía el cielo diurno se acercó una venada que pastaba cerca, para susurrarle que mirara al piso, porque sus compañeras se habían alejado mucho y ella no estaba haciendo su trabajo. Desconcertada, Té la miró a los ojos y en ese abismo bajo sus patas encontró el rastro de la respuesta.
Cuando la noche se acercaba nuevamente todas las suricatas volvían a sus madrigueras despidiéndose de los demás mamíferos que habitaban a la redonda, pasaban la estafeta del cuidado de la tierra a los seres nocturnos. El guardián, un zorro que vigilaba el amanecer y el atardecer, miró a Té con cara de pocos amigos, porque esa suricata parecía demasiado interesada en su pelaje color fuego.
¿Qué quieres? — Bramó el portentoso zorro ante la joven suricata.
Tímida, nuestra amiga se hirguió y le contestó. Quiero saber que significa el verde cielo. — Aunque lo dijo en la lengua común, el zorro se mostró profundamente sorprendido.
Para los zorros, el color verde representa su némesis, tan siquiera mencionarlo era una ofensa profunda, porque ellos, escarlatas, se escondían de los rayos del sol que iluminaban la arboreda y les señalaba el final y el principio de su día y lo consideraban para si mismos una carga que no compartían con otros mamíferos.
Creo que nos convoca, — respondió siniestro el zorro.
Té, no podía creerlo, se había atrevido a demasiado con un guardián del bosque y él le había devuelto una reflexión.
¿Qué debo hacer? —aventuró la suricata con temor
Habla con el capi y que él haga su trabajo. —sentenció el zorro y cerró el hocico.
Todo esto sucedió sin que el caracol lo supiera, pues él, solo escuchó a un conejo saltarín que traía viandas en su mochila para compartir en la reunión convocada por Capi, solo escuchó dos palabras, reunión y verde que en idioma caracol significa algo cómo: vente a chismear que hay hojas para todos, aunque un anciano como Gasterópodo, jamás le confesaría esa afirmación tan mundana a alguien como Té.
En la reunión Capi repartió las viandas, siempre es importante comer antes de hablar, porque con la panza llena se piensa mejor. En la reunión los animales platicaron sobre sus colores favoritos, sobre los significados de sus lenguas y sobre la importancia de estar juntos. Diferentes peludos alzaron la voz, pero también incluyeron a los emplumados y a los que tenían pieles tan diversas como las abejas, los escarabajos y los caracoles.
Cuando estaba por caer la tarde, el guardián apareció un poco más temprano de lo esperado. Nunca se le permitía a los zorros manifestarse a esa hora, así que el corrillo de animales hizo un silencio reverencial. El guardián miró alto y hacia el horizonte, con el gesto todos los demás animales miraron en esa dirección. Sobre el horizonte se derramaba un color verde azulado, primero con pausa y luego veloces pasaron parvadas de étereos pájaros que no volteaban a ver y llenaban el firmamento.
Aunque parecían charas y loros, en realidad, esas aves no se podían tocar, sino que eran luces y sombras al mismo tiempo. Al final de la parvada, cuando se empezaba a encapotar la noche, la última pareja navegó lentamente el firmamento y dieron vueltas en torno a los animales.
Un par de voces cantarinas llenaron los oídos y las entrañas de todos los presentes y esto fue lo que dijeron.
Mientras puedan seguir levantando la mirada, y soñando con un bosque fértil, nosotros seguiremos aquí, pintando de esperanza su futuro.
A lo lejos, una chara y un loro se pierden en la noche.
A lo cerca, un grupo de animales se toman, se miran a los ojos y prometen sostener el bosque en sus sueños y sus tierras.
@RuloZetaka

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