Concluyó la marcha del 13 de septiembre de 2026. Decenas de miles de culichis y sinaloenses salieron a las calles de manera orgánica, por su propio pie y con sus propios medios. Cada quien con sus consignas, cada quien con sus estilos y prioridades. El objetivo era que cada participante hiciera suya esta marcha y ese objetivo se cumplió a cabalidad.
Miles de diferentes voces, ideas, intenciones, intereses, sentimientos, estados de ánimo, se congregaron para formar una gran manifestación. Eso fue lo más bonito de todo. No había una línea, no había un guion, ni reglas, ni consignas ensayadas. No había un nombre o un grupo, cada asistente tenía su razón personal y particular para estar ahí.
Hubo quienes lo hicieron por empatía, por solidaridad, por interés personal, por salir en la foto, por ir a metichear, por quedar bien con alguien o por lo que sea. Y tiene cada uno su derecho a hacerlo, a tomar la calle, a reunirse, a expresarse, a pensar como quiera, a dar o a buscar recibir. Y fue justo esa pluralidad lo que la hizo mágica y genuina. Los organizadores voluntarios de la marcha solo propusieron una invitación, con un horario, con una ruta y un objetivo. Lo demás le correspondía a cada asistente. A nadie se le obligó a nada.
En 2 años, la violencia extrema no ha parado. Más de 12,000 víctimas de robo de vehículo, más de 3,700 víctimas de homicidio, más de 4,000 víctimas desaparecidos, falta agregarle otros tipos de violencia, más de 5,000 negocios cerrados, más de 27,000 empleos perdidos, miles de sueños sin cumplir, festejos o salidas cancelados, traumas, etc.
Cada uno de estos delitos y consecuencias de la violencia afecta no solo a una persona, también a sus familias, amigos cercanos y compañeros o colaboradores. Podemos concluir en que somos una sociedad dolida, agraviada y traumatizada.
No se trata de ponderar en una escala que tipo de delito duele más o quien sufre más. Se trata de entender que todos estamos afectados de una u otra forma. Y eso requiere que mostremos empatía los unos a los otros. No se trata de ignorar, ni de perdonar, menos de olvidar, pero si se trata de comprender. Intentar ponernos en los zapatos del otro y reconocer que tanto el otro como yo estamos heridos. Y por eso actuamos y reaccionamos como lo hacemos. Podemos llegar a ser desconfiados, temerosos, estar a la defensiva, hartos.
Entender al otro no significa dejarle pasar las faltas de respeto, los malos tratos, los abusos, primero que a nadie debemos de cuidarnos a nosotros mismos, pero tampoco justifica que nos lo tomemos personal. Cada uno habla desde su dolor, desde su herida, desde su miedo, pero también desde su intención y su interés.
No tardó en que terminando la marcha salieran esas voces que buscaban resaltar lo que no les gustó, lo que para ellos se debió de haber hecho diferente, lo que no aprueban, o de lo que desconfían. Obviamente fueron los menos, pero haciendo mucho ruido en un mundo donde la comunicación funciona de la forma en la que funciona. Donde no nos hablamos a la cara, solo nos insultamos o criticamos por redes, usando un teclado y muchas veces un perfil restringido. Y cuando nos vemos de frente no sabemos reaccionar.
Como lo mencioné anteriormente, la marcha era de todos y de nadie. Por que así suelen ser las expresiones ciudadanas cuando salen a las calles de manera colectiva, porque cualquier movimiento democrático se enriquece con la diversidad. Es por ello que era imposible que se cumplieran las expectativas y estándares de cada uno de los decenas de miles de asistentes y más aun de los que ni siquiera fueron, pero estaban muy pendientes en sus redes. Y en lugar de ver eso como un defecto deberíamos de verlo como una virtud, como una expresión genuina. Estar de acuerdo en que no estamos de acuerdo en todo, pero que si compartimos un deseo común. Paz y prosperidad en nuestro estado. Que le vaya bien a quien haga las cosas bien.
Fue un gran éxito y un gran acierto que además de la sociedad civil y la iniciativa privada, la iglesia católica el participara como lo hizo, oficiando una misa en la calle bajo el sol, retomando nuestros espacios de manera muy simbólica. El Señor Obispo dio un hermoso y emotivo mensaje. Se soltaron al mismo tiempo muchos globos blancos simbolizando lo que cada uno quiso que simbolizara. Esperanza, almas, vida, niños, paz. Y de ahí inició la marcha. De iglesia a iglesia. En el sol con un calorón. Madres, niños, adultos mayores, jóvenes, mujeres, hombres, todos de blanco, todos sudando, pero con esperanza aún. Y finalizando con unas emotivas palabras.
Las diferentes expresiones individuales fueron las que se unieron para hacer una gran marcha. Hubo de todo. Felicidad, abrazos, sonrisas, dudas, miedo, llanto, gritos, silencio, consignas, expresiones políticas, pero en su gran mayoría ciudadanas. Ninguna invalida a la otra, ninguna define o se sobrepone a las demás. Comprendamos y admiremos la simplicidad dentro de la complejidad. Podemos discutir, tener opiniones opuestas, ambos tener la razón, ambos ser válidos.
Fue una gran marcha, un gran día para los sinaloenses. ¿Y ahora qué sigue?

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