Dr. José Alfonso Aguilar Calderón

Universidad Autónoma de Sinaloa

Estimado lector, en los últimos años las universidades hemos avanzado rápidamente hacia la digitalización. Hoy un estudiante puede inscribirse por Internet, consultar calificaciones desde su teléfono, tomar una clase por videoconferencia, descargar materiales de una plataforma educativa, realizar un examen en línea e incluso utilizar inteligencia artificial para apoyar algunas de sus actividades académicas. Esto lo afirmo por lo que observo en mi alma mater y centro de trabajo, la Universidad Autónoma de Sinaloa. Todo esto parece indicar que estamos construyendo universidades cada vez más modernas. Pero existe una pregunta que pocas veces hacemos:

¿Todas las personas pueden utilizar realmente esos servicios digitales?

La respuesta, desafortunadamente, es no. Imaginemos por un momento a un estudiante ciego intentando entregar una tarea en una plataforma cuyo botón de envío no puede ser identificado por su lector de pantalla. Pensemos en una estudiante sorda frente a una clase grabada de dos horas que no tiene subtítulos. O en una persona con discapacidad motora tratando de realizar un examen que exige utilizar obligatoriamente el ratón para arrastrar elementos de un lugar a otro.

Podemos agregar otro escenario: un estudiante neurodivergente frente a una plataforma saturada de elementos, ventanas emergentes, instrucciones ambiguas, temporizadores y cambios inesperados.

El sistema funciona.
La página abre.
El servidor responde.
Pero el estudiante no puede completar la actividad.

Entonces, desde mi perspectiva como profesor, investigador y fan del desarrollo de software, existe algo que debemos entender: que un sistema funcione técnicamente no significa que sea accesible. Y tampoco significa que sea inclusivo. El problema no siempre está en la persona, durante muchos años hemos cometido el error de pensar la discapacidad exclusivamente desde las características de las personas. En los entornos digitales esta perspectiva resulta especialmente limitada. Una persona que utiliza un lector de pantalla no tiene dificultades para navegar simplemente porque sea ciega. La barrera aparece cuando quienes desarrollamos una página colocamos una imagen importante sin descripción, construimos botones que no pueden identificarse correctamente o diseñamos una interfaz imposible de utilizar mediante teclado.

Lo mismo sucede con muchas otras condiciones. Una persona con discapacidad motora puede utilizar perfectamente una plataforma si puede navegar mediante teclado, voz, pulsadores u otros mecanismos. Una persona sorda puede acceder al contenido audiovisual cuando existen subtítulos adecuados. Una persona con determinadas características cognitivas puede desenvolverse mejor cuando encuentra instrucciones claras, navegación consistente y posibilidades para corregir errores. Por eso existe una idea que considero fundamental:

la discapacidad también aparece en la interacción entre una persona y un entorno que no fue diseñado considerando la diversidad humana.

Esto cambia por completo nuestra manera de entender el desarrollo tecnológico. No existe el “usuario promedio”. Quienes hemos desarrollado software hablamos constantemente de usuarios. Diseñamos para “el usuario”, evaluamos “la experiencia del usuario”, creamos historias de usuario. Pero ese usuario abstracto que imaginamos muchas veces ve perfectamente, escucha perfectamente, utiliza un mouse, comprende rápidamente las instrucciones, tiene buena conexión a Internet, utiliza una pantalla convencional y puede mantener la atención durante todo el proceso. Ese supuesto usuario promedio simplemente no representa la diversidad de una comunidad universitaria. Tenemos estudiantes con discapacidades permanentes, pero también personas con limitaciones temporales. Alguien puede tener un brazo inmovilizado, encontrarse en un lugar donde no puede escuchar un video, utilizar una pantalla pequeña, tener una conexión deficiente o requerir mayor tamaño de letra. Por eso la accesibilidad termina beneficiándonos a todos.

Los subtítulos son indispensables para muchas personas sordas, pero también son útiles para quien estudia en un lugar ruidoso. Una interfaz que puede manejarse mediante teclado beneficia a una persona con discapacidad motora, pero también a usuarios avanzados. Un lenguaje claro puede ayudar a determinadas personas neurodivergentes, pero también mejora la experiencia de prácticamente cualquier estudiante.

Diseñar para la diversidad generalmente produce mejores sistemas.

¿Y qué tiene que ver la inteligencia artificial? Aquí comienza una parte particularmente interesante. La inteligencia artificial está abriendo posibilidades que hace algunos años habrían requerido enormes cantidades de tiempo y recursos. Actualmente podemos utilizar IA para generar transcripciones, crear subtítulos, reconocer objetos, convertir texto en voz, describir imágenes, simplificar determinados contenidos, traducir información o proporcionar asistencia mediante interfaces conversacionales. Para una persona ciega, por ejemplo, un sistema de visión por computadora puede generar una descripción inicial de una imagen. Para una persona sorda, el reconocimiento automático del habla puede producir subtítulos prácticamente en tiempo real. Para determinadas personas neurodivergentes, un asistente puede dividir una tarea compleja en pasos, explicar instrucciones de otra manera o transformar información hacia una representación más comprensible.

Las posibilidades son extraordinarias. Pero aquí debemos evitar caer nuevamente en algo que he mencionado en otras ocasiones respecto a la inteligencia artificial:

una respuesta que parece correcta no necesariamente lo es.

Un subtítulo generado automáticamente puede cambiar una palabra. Una descripción de una gráfica puede ignorar precisamente el dato que el profesor desea enseñar. Un sistema puede simplificar tanto un texto que termine modificando su significado. Un asistente de IA puede proporcionar una respuesta completamente falsa utilizando un lenguaje extraordinariamente convincente. Ahora imaginemos que esto sucede cuando un estudiante pregunta cuáles son los requisitos para solicitar una beca, realizar una inscripción o presentar determinado trámite.

El problema deja de ser solamente tecnológico debido a que puede afectar derechos y oportunidades. La IA debe ayudar, no decidirlo todo, por eso considero que debemos abandonar dos extremos. El primero consiste en rechazar la inteligencia artificial por miedo. El segundo consiste en pensar que debemos automatizar absolutamente todo porque ahora tenemos herramientas capaces de hacerlo. Ninguna de las dos posiciones me parece adecuada. La IA puede ser una extraordinaria herramienta de apoyo para la accesibilidad, siempre que comprendamos algo muy sencillo:

la inteligencia artificial puede generar un primer resultado, la responsabilidad continúa siendo humana.

No necesitamos revisar con la misma intensidad todos los usos. Si utilizamos IA para sugerir la descripción de una imagen decorativa o ayudarnos a detectar un texto innecesariamente complicado, el riesgo probablemente sea reducido. Pero si hablamos de una evaluación académica, una beca, un procedimiento administrativo, una decisión que afecte derechos o información de seguridad, la supervisión humana debe aumentar considerablemente.

Mientras mayores sean las consecuencias de un error, mayor debe ser nuestra responsabilidad para verificarlo.

Cumplir técnicamente tampoco es suficiente

Existe otro error frecuente: pensar que instalar una herramienta de accesibilidad o ejecutar automáticamente una prueba convierte nuestra página en accesible. No funciona así. Actualmente existen herramientas excelentes capaces de detectar numerosos problemas en sitios web. Pero ninguna herramienta automática puede comprender completamente el contexto. Un sistema puede comprobar que una fotografía tenga texto alternativo. Perfecto, pero difícilmente puede determinar por sí solo si esa descripción contiene exactamente la información necesaria para que un estudiante comprenda una actividad académica. También podemos tener una página que cumpla numerosos criterios técnicos y, al mismo tiempo, presentar un examen con un límite de tiempo injustificado para determinadas personas. Por eso la accesibilidad debe combinar tecnología, evaluación humana y, especialmente, participación de personas reales.

WCAG: unas siglas que las universidades deberían conocer

Existe un estándar internacional particularmente importante en este tema: las Web Content Accessibility Guidelines, conocidas como WCAG. Actualmente WCAG 2.2 constituye una de las principales referencias internacionales para desarrollar contenido web accesible. Sus principios pueden resumirse mediante cuatro palabras: perceptible, operable, comprensible y robusto. Dicho de una manera mucho más sencilla: la información debe poder percibirse, la interfaz debe poder utilizarse mediante diferentes formas de interacción, su funcionamiento debe entenderse y la tecnología debe ser compatible con diferentes dispositivos y tecnologías de asistencia.

Desde mi perspectiva, las universidades mexicanas deberían avanzar hacia la adopción de WCAG 2.2 nivel AA como referencia institucional para sus servicios digitales. No solamente para la página principal de la universidad. También para plataformas educativas, sistemas de inscripción, bibliotecas digitales, aplicaciones móviles, evaluaciones, documentos, trámites y servicios administrativos. Porque de poco sirve tener una página institucional accesible si el estudiante encuentra la barrera cuando intenta inscribirse.

México también tiene un reto pendiente

Este tema adquiere todavía mayor importancia cuando hablamos de nuestro país.

La inclusión y la no discriminación forman parte de nuestro marco jurídico y la legislación mexicana contempla derechos relacionados con accesibilidad, educación y acceso a las tecnologías de información y comunicación. Pero convertir esos principios en experiencias digitales verdaderamente accesibles continúa siendo un desafío. Al mismo tiempo, México tiene características que obligan a pensar más allá de simplemente importar soluciones tecnológicas desarrolladas en otros países. Los sistemas de inteligencia artificial deben evaluarse considerando nuestro español, nuestros acentos, nuestra terminología, las lenguas indígenas y la Lengua de Señas Mexicana. Una IA que funciona extraordinariamente bien en inglés no necesariamente tendrá el mismo desempeño en nuestro contexto. Y nuevamente aparece una palabra fundamental: diversidad.

De la buena intención a una política universitaria

Precisamente a partir de estas reflexiones, en un trabajo académico que hemos desarrollado recientemente proponemos el marco AIA-IES: Accesibilidad e Inteligencia Artificial en Instituciones de Educación Superior. La propuesta parte de una idea sencilla: la accesibilidad no puede depender exclusivamente de la buena voluntad de un profesor, un programador o un departamento. Debe convertirse en una responsabilidad institucional.

El modelo plantea seis elementos: gobernanza, participación de las personas usuarias, diseño accesible desde el origen, automatización asistida mediante IA, evaluación mediante diferentes métodos y mejora continua. Esto significa dejar de revisar la accesibilidad únicamente cuando un sistema ya está terminado. Desde que se compra, diseña o desarrolla una plataforma debemos preguntar:

¿Puede utilizarse mediante teclado?

¿Funciona correctamente con tecnologías de asistencia?

¿Sus videos tienen subtítulos?

¿Sus documentos son accesibles?

¿Las instrucciones son comprensibles?

¿Qué sucede si la inteligencia artificial se equivoca?

¿Quién responde?

¿Existe una alternativa humana?

Y quizás la pregunta más importante:

¿participaron personas con discapacidad y neurodivergentes en su diseño y evaluación?

Si la respuesta siempre es no, tenemos un problema.

La accesibilidad no frena la innovación

A veces escucho que incorporar estándares, seguridad, privacidad o accesibilidad hace más lento el desarrollo tecnológico. Como desarrollador de software puedo entender de dónde surge esa percepción. Pero también puedo decir que corregir un sistema completo después de haber sido construido suele ser mucho más complicado y costoso que diseñarlo correctamente desde el principio, por lo que la accesibilidad no debería aparecer al final de una lista de requisitos, debe formar parte de nuestra definición de software de calidad. Y ahora que la inteligencia artificial comienza a integrarse prácticamente en todos nuestros sistemas, tenemos una oportunidad extraordinaria para hacerlo mejor. Podemos utilizar IA para derribar barreras que durante décadas parecían difíciles de superar, pero también podemos utilizarla de manera equivocada y construir barreras nuevas, más invisibles y posiblemente más difíciles de detectar.

La tecnología por sí misma no genera inclusión.

Las personas que decidimos cómo diseñarla, desarrollarla, implementarla y utilizarla somos quienes determinamos si realmente será inclusiva. Las universidades estamos formando a quienes construirán buena parte de los sistemas digitales de los próximos años. Por eso nuestra responsabilidad es doble: debemos hacer accesibles nuestros propios espacios digitales y al mismo tiempo, enseñar a nuestros estudiantes a desarrollar tecnología pensando en la diversidad humana, porque una universidad puede tener inteligencia artificial, aulas virtuales, aplicaciones móviles, servicios en la nube y los sistemas más modernos disponibles, pero si un estudiante no puede utilizarlos debido a una barrera que nosotros mismos diseñamos, difícilmente podremos llamar a eso transformación digital.

Digitalizar una universidad es relativamente sencillo. Transformarla para que todas las personas puedan participar en ella es el verdadero desafío.

Es cuánto.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO