Durante casi un siglo desde su fundación, los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas en los Estados Unidos lograron mantenerse en el imaginario colectivo como el sinónimo del glamour y la sofisticación que rodea a las élites de Hollywood.

Al menos ante los cinéfilos de occidente, se ha vendido la idea de que «ganar un Oscar» representa el máximo honor que cualquier integrante del gremio cinematográfico puede ostentar en su carrera. Pero más allá de la notoriedad entre la critica y miembros de la Academia. ¿Es realmente tan relevante?

Existe un sentimiento banal y repetitivo en resumir la experiencia fílmica de todo un año en los mismos cuatro o cinco títulos repetidos una y otra vez durante la temporada de premios (llámese SAG, Golden Globe), pero los Oscares parecen llevarlo a un nuevo nivel: la banalización de sus propios nominados.

¿Confiaremos en que la Academia que justo hace un año otorgó 13 nominaciones a la desastrosa visión de Jaques Audiard sobre México en «Emilia Pérez? Misma Academia cuyos miembros, a solo unas semanas de entregar sus reconocimientos, un porcentaje preocupante de sus integrantes reconocían ante medios no haber visto las películas por las cuales votaban.

Quizás en un intento por favorecer a los realizadores independientes (el cual en parte, se agradece), tras la pandemia se ha vuelto más evidente una desconexión completa entre el público general y los títulos que conforman la terna de nominados.

Eso no sería un agravante completo si las pobres estrategias de distribución en nuestro país no favoreciera solo a la capital y contables ciudades en el resto de la república, ocasionando que en cines de Culiacán, si bien nos va, logremos que el titulo esperado se encuentre en cartelera una o dos semanas en horarios para nada convenientes (muchas veces sin opción de disfrutarla en su idioma original).

Tal vez sea exigirle demasiado a un sistema que desde la pandemia se vuelve cada vez más evidente lo dañado que está, atrapado en la dualidad de «súper producción de franquicia» o el «drama independiente de nicho». ¿Cuando voltearemos a ver las voces de otras naciones alejadas de la hegemonía estadounidense? Quizás ya es tiempo de que Hollywood se quede sentado un rato en el rincón y reflexione en lo que hace.

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