No pudo evitarlo, entró marzo y volvió a caer en la tentación de las interpretaciones. Que si se fue la luz es que el silencio tenía algo que decirle; que si no encontró las llaves es que no debió asistir… siempre algo por algo. Le costaba aceptar la realidad, esa que se ve a todas luces, la que veían sus amigas, pero ella no. Les decía que ella no pertenecía al mundo de los datos duros, que el suyo era el de las interpretaciones. Que seguía confiando en su intuición. Así sus días con la llegada de la primavera, explicándose en silencio por qué ya no le respondía sus mensajes, por qué respuestas secas o sólo emojis, silencios intermitentes, por qué la dejaba en visto… otra vez acomodando sucesos y explicando lo inexplicable. Intuyó algo escabroso y mezquino, algo que le garantizaría noches intranquilas y con sobresaltos.

Repasó la última vez. Sí, seguro fue eso. Sí, eso pasó. Eso interpretó de mí al escucharme pedir el cortado doble, la margarita sin escarcha, la bebida con gas. También le dije que prefiero los lugares abiertos porque la claustrofobia me llega hasta en el vagón del metro. Demasiados asegunes. Sí, una mujer con demasiadas complicaciones. To much alcohol en las cosas, un exceso de pulcritud en los espacios, una inmaculada limpieza antes de concretar el acto. Sí, el acto, la demostración, la comunión, el acomodo… sí, mucho aseo y poca entrega. Qué va, entrega nula mirando al techo en pleno acto. Por Dios, ¡mirando al techo en pleno acto! Si no era cualquier acto, era el mero big bang, y yo viendo de reojo el reloj. ¿A quién se le ocurre?, pensaría él, pensaba ella.

Sola. Otra vez se sorprendió esa tarde debajo de la mesa de un café, entre las piernas de los extrañados comensales tratando de encontrar el terroncito de azúcar que se había caído cuando endulzaba su café. Si lo dejaba tirado, si el azúcar quedaba entre los zapatos de extraños y sin endulzar ella su café de ese día, seguro pasaba eso que más temía, eso que auguraba: él jamás regresaría. Sí, se había marchado, pero si ella endulzaba cada tarde su café, seguro él regresaría un día y se quedaría para siempre; sí, para siempre… siempre y cuando no volviera ella a agobiarlo con su mundo de preguntas, de cuestionamientos, que aunque preguntas, ambas, no son lo mismo. Distintos porqués, distinta intensidad. Quizá ella no le había preguntado sino cuestionado. Eso, él, no lo soportaba, cómo podría, él que huyó de su mundo para no tener que cuestionarse la vida; la vida en su barrio, esa que no entendía, que le dolía. Le dolían las balas, los engaños, las traiciones. Ahora ella lo sabía y se quedaba sin hablar, así, como si nada, sólo mirando al techo… sin palabras. Seguro esa tarde había pisado dos rayas y no encontró el terroncito de azúcar debajo de la mesa.

Sentada en la mesa del café —ignorando el día que era— bebía su doble cortado amargo y le daba traguitos a su bebida sin gas. Miró al conjunto de mujeres que pasó por la calle gritando: “juntas somos marabunta”. ¡Ruidosas! Alteraron su rutina… Silencio. Interpretó que el silencio es el grito más hondo. En silencio se unió a la comitiva. Avanzó. Se perdió entre marabuntas.

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