Samuel Ojeda Sicairos se dedicó a muchas cosas antes de encontrar el trabajo que disfruta. Fue ayudante de albañil, jardinero; también estuvo en tiendas departamentales como Ley, Woolworth y el extinto supermercado MZ.

Pasaron los años y mejor optó por aprender un oficio. Se acercó con los boleros de la Plazuela Obregón, a un lado de la catedral de Culiacán, y empezó como ayudante. Todavía recuerda con cariño a sus viejos maestros, algunos en retiro, otros ya fallecieron. Sergio “El Checo” o Alejandro Quiroz, el “Hando”, son a los que rememora inmediatamente.

Con ellos fue puliendo sus habilidades como bolero.

En el presente Samy, como lo conocen sus amigos y clientes, se considera un maestro boleador. Desde el 4 de agosto de 1999, recuerda con exactitud, está instalado en la Plazuela Rosales lustrando zapatos.

“Yo llegué a la catedral medio sabiendo bolear y ahí terminé de aprender en catedral. Cuando yo me aparto aquí a la Plazuela Rosales yo ya venía sabiendo el oficio bien”, comenta en entrevista para Espejo.

El señor Samuel fue un visionario. La pareció curioso que todos los boleadores de Culiacán, en ese tiempo, estuvieran concentrados en la Plazuela Obregón, mientras que en la otra gran plazuela del centro histórico, la Plazuela Rosales, no había ninguno.

Luego pidió el permiso correspondiente al Ayuntamiento de Culiacán y se lo otorgaron. Desde entonces ha logrado hacerse de un nicho y ya es considerado como parte importante de esta zona, ya que es muy conocido.

“Yo aquí me aparté por mi cuenta. Abrí mercado en la Plazuela Rosales. Me independicé, aquí no había boleros”, menciona.

Samy es originario de Culiacán, pero comparte que sus padres migraron de la sierra de Durango de una comunidad llamada Chacala. Su padre, Amado Ojeda López, fue un comerciante independiente, particularmente abonero. Es decir, vendedores que ofrecían productos casa por casa en abonos semanales.

Durante todos estos años sí ha habido otros boleros que le han querido hacer competencia a Bolería El Samy en la Plazuela Rosales, sin embargo, no han logrado perdurar y posicionarse como este personaje.

“Sí he tenido competencia en estos años, pero yo quiero pensar que no se esperan a hacer su cartera de clientes ellos. Yo de algún modo llevo ventaja en el sentido que tengo muchos años, soy muy amiguero, me conoce la gente. Yo quiero pensar que eso es”, considera.

“En cuatro ocasiones me han venido hacer competencia aquí compañeros boleros. Yo quiero pensar que quieren llegar y en un mes o dos hacerse de cartera de clientes muy amplia y no es así”, sostiene.

Samy comenta que cuando ya uno se dedica a este oficio no es tan fácil como aparenta ser: el trabajo es sufrido. Pero él lo hace de corazón y es un trabajo que le gusta.

Comparte que sus ventas han caído un 50 por ciento en los últimos años, debido a que su época dorada, como él lo describe, fue cuando todavía había oficinas administrativas en el Edificio Central de la UAS: “boleaba mucho, boleaba todo el día, no me alcanzaban los días”, recuerda.

Pese a ello, no se desanima porque conserva todavía clientes fieles que lo sostienen. Disfruta su oficio de bolero, “cien por ciento me gusta lo que hago”, dice. “Mucha gente me conoce, el ‘Samy’ me dicen. La verdad me halaga, disfruto, me da un gusto en el corazón que pase y me saluden”.

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Samuel Ojeda Sicairos, “Samy”.

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