Mazatlán, Sinaloa.- A Adiley la dieron por muerta un sábado de Carnaval.
Alguien, al verla inmóvil en la calle, le puso una bolsa en la cara. Está 88, dijeron por la red general de la Policía Municipal de Mazatlán: muerta.
Nadie supo explicarle después quién fue el que le puso aquella bolsa negra en el rostro. Lo que sí supo es que en ese momento dejó de ser persona para convertirse en un código policial.
“Hasta después me enteré que me habían dado por muerta en el lugar de los hechos, que ya estaba tapada con una bolsa negra. Por la (red) general lo tiraron (informaron) que estaba 88 (muerta). Se dijo por la red general y todos se dieron cuenta”, dice Adiley, a seis años del accidente en la patrulla, aún con pleno dominio del dialecto policial.
Esa noche, incluso, llamaron a la funeraria. Era el 23 de febrero de 2020.
Lo que vino después fue aprender a sobrevivir y a no dejarse de nadie, ni siquiera del dolor. A soportar padecimientos físicos y a emprender una batalla burocrática desgastante por su pensión.
LOS 28 DETENIDOS EN UNA PATRULLA
Era sábado de Carnaval. Mazatlán se desbordaba en música y alcohol. Adiley estaba comisionada en la entrada de la calle Ignacio Zaragoza, en el espacio del disco móvil Asia. La noche avanzaba con esa violencia festiva que en Carnaval a veces suele confundirse con alegría.
“Estaban tirando barrio. Sacaron un montón de detenidos. Eran 21 detenidos. Todos los subimos a la patrulla. Y éramos siete policías cuidándolos en la caja de la unidad. Íbamos 28 gentes en la caja de la patrulla”.
El destino era los separos de la colonia Benito Juárez. Adiley fue la última en subirse. En realidad, ni siquiera pensaba hacerlo. Creyó que llevarían a los detenidos al “Gallinero”, ese espacio improvisado como celdas a unas cuadras de ahí. Pero el comandante le pidió que subiera. Y subió.
Arrancaron.
El peso, demasiados cuerpos, demasiada prisa, y la velocidad de la patrulla se combinaron con un desnivel del pavimento. El chasis golpeó el asfalto.
“Yo salgo disparada de la caja en la vuelta de Zaragoza y Gabriel Leyva. Ahí por la Jumapam. Ya no supe de mí. Cuando despierto me doy cuenta que me están rapando la mitad de la cabeza, en Urgencias”.
Se volvió a desmayar. Cuando despertó otra vez, ya estaba en terapia intensiva.
EL PRIMER VIACRUCIS
Su primer viacrucis no lo mide en estaciones sino en diagnósticos médicos y términos clínicos que ya se sabe de memoria:
* Cuatro hernias de disco.
* Fibromialgia por negligencia en las atenciones.
* Atrofia muscular.
* Dos coágulos en la cabeza que nunca le autorizaron operar.
* Cuarenta puntadas en la cabeza.
* Dos cirugías en la mandíbula.
Los coágulos son inocuos, le dijeron. No crecerán, no se alimentarán de ningún vaso sanguíneo. Solo duelen y hacen que arda la cabeza. Late la mandíbula como punzadas.
EL PODER DEL UNIFORME
En 2005 fue secretaria en la Policía Municipal de Escuinapa. Luego se vino a vivir a Mazatlán y consiguió trabajo administrativo en el Ayuntamiento. En 2017 decidió dar el paso al trabajo operativo en la Policía Municipal de Mazatlán.
“Me gusta. Independientemente del sueldo porque antes no te pagaban lo que te pagan hoy, es algo que te tiene que gustar. En aquel entonces me gustaba el poder que te daba el uniforme”.
Ese poder, dice, se ha ido desgastando. El uniforme se ha denigrado. Ahora, aunque sea nuevo, los policías ya no son lo mismo.
“Ahorita el uniforme ya no es de mucho valor, pero hace diez años el valor y el poder que te daba el uniforme era diferente a lo que es hoy”.
Su expediente fue limpio. Una vez encontró dos mil 500 pesos en el banco. Los devolvió. En la corporación no la bajaron de ingenua.
No hubo un momento exacto en el que decidió ser policía. Fue una suma de pequeñas cosas. De días. De insistencias. De silencios.
“En mi familia nadie es policía”.
SEGUNDO VIACRUCIS
La recuperación no ha sido plena. Y en este trance también tuvo que soportar otro suplicio: el de la burocracia. Durante seis años se topó con pared. Le negaban su pensión por invalidez.
Pero las paredes también se caen. A veces a marrazos, a veces por su propio peso, a veces empujándolas.
Tenía 33 años cuando empezó otra batalla. Y la ganó por no dejarse, por su insistencia. Empujando.
El primer dictamen médico que avaló que ya no era apta para el servicio operativo llegó el 22 de octubre de 2022. A partir de ahí, la pensión pudo haberse liberado. Pero no ocurrió.
El 2023 y el 2024 se le fueron entre trámites, demandas y escritorios. Un suplicio. Otro más.
El 5 de noviembre de 2025 obtuvo un segundo dictamen médico. Decía lo mismo que el primero: ya no era apta para el servicio.
Seis años después del accidente, el 22 de enero de 2026, por fin el Cabildo de Mazatlán le autorizó la pensión por incapacidad. Aunque seis años después su cuerpo ya no le pertenece del todo.
“Es como dejar de lidiar con algo menos. Me devolvieron algo parecido a la justicia”.
RETOMAR EL CUERPO
Durante años, el cuerpo de Adiley ha sido un territorio ocupado por el dolor de las deformaciones. Sobre su cuerpo no mandaba ella, mandaban el malestar, los expedientes clínicos, los dictámenes, el medicamento.
Mandaban las vértebras desplazadas, los dos coágulos dormidos, la mandíbula reconstruida.
“Quiero retomar el control de mi cuerpo, primero. Quiero empezar a tratar mi columna, ver si soy candidata a cirugía. Mi cabeza, mi mandíbula. Por lo pronto, en cuanto caiga el finiquito, empezar a tomar las riendas de mi cuerpo”.
Retomar el cuerpo no es volver al que tenía antes de la caída porque ese ya no existe. Es aprender a convivir con otro, uno distinto, más frágil pero también más consciente de lo que es el sufrimiento.
A los 33 años entiende que la batalla ya no es por el uniforme ni por el cargo, sino por volver a habitarse teniendo la certeza de que cualquier movimiento dolerá menos.
Su cuerpo, esa memoria viva de aquel accidente en la patrulla un sábado de Carnaval.

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