Después de cinco años de dolor, Karen sabe que esa rémora no se desprenderá nunca de su cuerpo. El dolor no es un inquilino que la corroe. Vive en su pierna como en una cueva, donde se estira, se afila, muerde. La raspa.

Todo comenzó con una estampida de motos en la avenida Peche Rice, un punto habitual de arrancones ilegales en Mazatlán. Era el 11 de noviembre de 2020. Cerca de las once de la noche. Una hora donde la ciudad baja la guardia y los motores la despiertan a golpes.

Karen tenía 28 años de edad. Era parte del grupo de reacción Tucán de la Policía Municipal. Y le gustaba su trabajo.

Las patrullas se estacionaron sobre la avenida. Bastó eso. La presencia policial desató una diáspora instantánea: motocicletas que se abrieron como peces asustados, cuerpos jóvenes huyendo, cada quien buscando una salida. el miedo empujando más fuerte que la prudencia.

“Eran puros chamaquitos y en su miedo por no ser detenidos y les quitaran la moto, quisieron escapar. A uno de ellos la moto se le ladeó, perdió el control y me la echó encima”.

El impacto fue seco, preciso. La pata de la moto le partió la tibia. El espejo le rompió la nariz. El manubrio, si no hubiera sido por el chaleco antibalas, le habría abierto el vientre. Aun así, le lastimó la cadera.

“Recuerdo el impacto. De la misma adrenalina me desperté y vi a mis compañeros asustados mirándome. Entonces me vi la pierna, la tenía chueca. Estaba muy grotesca la escena”.

El cuerpo entendió de inmediato que algo se había roto.

DAÑOS

Cinco años después, Karen sigue viendo a ese niño asustado. La escena no envejece, se repite. El intento de huida, la pérdida de control, la moto que no alcanza a escapar y la embiste.

La pierna ha perdido un 30 por ciento de movilidad. Sobre ella, los médicos han probado seis cirugías.

Pero el dolor no cede. A veces la tumba. Los medicamentos comunes ya no funcionan. Karen pronuncia entonces un nombre extraño, áspero: “Hidromorfona”.

Es una droga contra el dolor. Seis años así. A ese nivel.

“En el dictamen médico me pusieron un 25 por ciento de daño en la pierna. Mis limitaciones me impiden doblarla, hincarme, correr. Yo diario vivo con dolor. No se me quita, aunque tome pastillas. Ya no me hacen, ya voy con el médico del dolor. Mis dolores son muy fuertes. Yo ya voy a vivir así”.

Después del accidente, los médicos descubrieron que la rodilla también estaba dañada: ligamentos y meniscos destruidos. En algún punto se solicitó un ligamento de cadáver. No fue autorizado. Le colocaron una malla. El remedio agravó la herida.

“Eso me atrasó completamente la pierna al grado de ya no poder doblarla. Fue lo peor que pudo haberme pasado”.
Ahora le recomiendan un reemplazo total de rodilla. Con el tiempo, la pierna podría quedar fija. Sin doblez, recta. Como un rifle.

PERDÓN Y PENSIÓN

El joven de la motocicleta fue detenido aquella noche. Tras un arreglo legal, Karen le otorgó el perdón.
Ella pensaba en sanar y regresar a la corporación. Nunca quiso sacar ventaja económica del accidente. Al muchacho no volvió a verlo.

En 2023 le otorgaron un dictamen médico de invalidez por dos años, no definitivo, pese a la gravedad de las lesiones. Karen no podía realizar labores operativas dentro de la Policía Municipal.

Con ese documento inició el trámite para la pensión. Buscó al entonces regidor morenista Jesús Lamarque, hoy titular del Juzgado Cívico.

“La verdad se rio de mí, se burló. Me dijo que estaba buena para trabajar, que por qué me quería jubilar, que estaba muy joven. Me dijo que no, que los trámites se iban a hacer pero que no me aseguraba que me dieran la pensión, que mejor me fuera a trabajar. Me aventó un rezo burlándose”.

En ese camino se encontró con Adiley, otra agente municipal lesionada en enero de 2020, también atrapada en el mismo trámite.

Dos mujeres policías, dos cuerpos rotos, dos expedientes que iban empolvándose. Dos historias parecidas. Dolor crónico y burocracia crónica. Empujar papeles como quien empuja piedras cuesta arriba.

La lógica institucional fue siempre la misma: enviarla de nuevo a trabajar. Cerrar la puerta de la pensión por invalidez. Y obligar al cuerpo roto a fingir que sigue entero.

“Varias veces me amenazaron con que me iban a quitar las incapacidades. Y los decía ok, denme de alta y yo haré lo que legalmente tenga que hacer por eso se detenían. Ya lo vivimos Adiley y yo, en el gobierno no te dan la facilidad de que si tienes una lesión seria pensionarte. Te la hacen cardíaca. Quieren obligarte a que vuelvas a trabajar estés cómo estés”.

En septiembre de 2025, le autorizaron la pensión por invalidez, cinco años después del accidente.

NO SE ARREPIENTE

A pesar del dolor heredado de aquella diáspora de motos en la Peche Rice, a pesar de una pierna que ya no responde como antes, Karen no se arrepiente de haber sido policía. Su hermana, su madre, algunos primos también lo fueron.

“Lo trae uno en la sangre. Sinceramente me gustaba mucho mi trabajo. Me gustaba traer el uniforme, andar en una patrulla”.

Karen solo terminó sus estudios de preparatoria. Fue facturista en una gasolinera y en ese tiempo llegó la maternidad. Luego decidió capacitarse como policía municipal.

“No me arrepiento de haber entrado a la corporación. Ahorita las cosas son muy diferentes. Ahorita yo no entrara. Siento que las cosas están muy turbias. Ahorita es jugarse el pellejo desde que se pone el uniforme. Uno como policía no tiene garantías de nada. Es seguro de vida mediocre que ahorita dieron es una cochinada”.

Karen tenía complementos por ser parte del grupo Tucán y se los quitaron después del accidente. Peleó por la vía legal. Un juez le dio la razón, pero aún no le pagan. Las autoridades han dejado crecer la suma: medio millón de pesos.

“Siguen poniendo excusas para no pagar. Literal: no pagar”.

Karen aprendió algo que no enseñan en la academia: que el cuerpo sí recuerda el servicio, pero el gobierno no siempre. La pierna no olvidó la estampida.

A Karen ahora le toca vivir con una pierna rota por el miedo ajeno. Esa pierna que no olvida el dolor ni aquella diáspora de motos. Y cada que recuerda, la memoria también la vuelve a atropellar.

MÁS NOTAS: