Hace 26 años su cuerpo empezó a contar esta historia. Adriana camina como quien tiene un pacto diario con el suelo. No busca en el cielo favores divinos porque no cree en dios. No habla de fe sino de una resistencia doméstica, que le cierra el paso a cualquier sesgo de heroicidad por seguir viviendo.
Lo que Adriana cree es que el cáncer es como una tos. Y algo sabe de eso. Los médicos le han confirmado la enfermedad tres veces. En el año 2000 se la detectaron en el seno. En 2017 tuvo un rebrote y hubo que amputar. En 2023 el cáncer decidió ocupar más territorio: vértebras, costillas, hombros, rodillas, tobillos.
El esqueleto moteado por esa invasión silenciosa. Adriana no habla de fe, habla de resistencia. De seguir de pie. De no tener aún la tierra encima, como decía su madre. Se nombra fuerte, pero no lo dice como consigna.
Adriana no dramatiza ni se agarra a palabras grandes:
“Como decía mi madre: mientras siga pisando el suelo y no lo tenga encima, ya es ganancia”.
Su historia no es una historia de dolor. Es la de una mujer que se dice afortunada por la vida que le tocó vivir. Que ha soportado quimioterapias y radiaciones hasta que las venas dejaron de responder. Una mujer recargada en una andadera y luego en un bastón. Ella ha tenido que avanzar de otro modo.
“Cáncer de seno de dos veces. Y cáncer de huesos una vez”.
Es bióloga por la UAS, de ahí su visión y pragmatismo. El cáncer no es un enemigo ni una lección de vida. Para ella el cáncer carece de intención y moraleja. Es biología pura, error celular.
“Es el sistema celular. No podemos hacer nada contra eso. Es un desarrollo anormal de células que te puede dar en cualquier parte del cuerpo”.
Es algo que se atraviesa respirando. Nada más.
LA BOLITA
Su historia arranca en el baño de su casa, tocándose el seno derecho. Ahí estaba la bolita. Tenía 35 años de edad.
Fue al médico, le recetaron tratamiento y no funcionó. Meses después, sintió un dolor en el brazo. La punzada estaba encuevada en la axila y bajaba por la extremidad. Era tan intenso que no podía agarrar ni una escoba.
“Resultó ser cáncer en segunda etapa. Estoy hablando del 13 de agosto del 2000. Me operaron, fue una cirugía conservadora. Solo me quitaron como una nuez”.
Vinieron las primeras quimioterapias, las radiaciones. También le hicieron un implante de iridio. Es una radiación local muy dolorosa. Recuerda que la aislaron en una parte subterránea de la clínica en Ciudad Obregón. Estuvo 24 horas en un cuarto, sola, y le pasaban la comida por debajo de la puerta.
EL REBROTE
Siguió viviendo. Enviudó, tuvo problemas económicos, conflictos sentimentales, todo eso en la bitácora de una persona normal. No quiso que sus hijos supieran que padecía cáncer.
Después de 17 años el cáncer volvió a su seno derecho. En esa partecita que la cirugía estética del 2000 respetó. Ahí se formó de nuevo.
“Me considero una persona muy fuerte. Nunca me dejo derrotar. Y trato de sacar lo mejor de esta enfermedad, luchar por mi vida. No dejarme vencer en este trance. Yo considero mi vida muy afortunada. No creo en dios, nunca te voy a mencionar a dios. Para mí son cosas que pasan. Yo no veo esta enfermedad como un sinónimo de muerte ni desgracia. Es una enfermedad que te tocó y tienes que salir adelante, como en cualquier otra enfermedad. Como la gripa, diabetes, lo que tú quieras”.
Salió de esa también. En la batalla solo perdió el seno.
VA DE NUEVO
En la historia de Adriana el cansancio es aviso. En el 2020 empezó a sentir fatiga extrema. Trabajaba en una boutique de renta de vestidos de gala. Llegaba a su casa arrastrando los pies. Fue al oncólogo y escuchó una primera alerta.
Le practicarían un estudio especial. Adriana tenía una alta probabilidad de desarrollar cáncer de huesos. Tratamiento: ácido zelodrónico. Muy doloroso, y aun así insuficiente.
“El 12 de diciembre de 2023 me dieron la noticia. Me dijeron que tenía cáncer de huesos. La enfermedad estaba alojada en las cervicales, en las costillas. Me salió cáncer en los hombros, en las rodillas y los tobillos”.
Adriana asegura que en su ruta de vidas ha visto a muchas de sus compañeras quedarse en el camino. Y ve en su familia un bastión de apoyo.
“Soy una persona muy optimista. Soy bióloga. Yo veo mi futuro muy bien, en los últimos estudios ya no me sale el cáncer, aunque todavía tomo quimio. Ya lo vencí. Mi futuro es bueno. Yo vivo un día a la vez. Hay que disfrutar de la vida, de los momentos. Yo no vivo amargada”.
FRIVOLIDADES
Adriana habla para otras mujeres y hombres. Un minuto que te tomes para explorarte, dice, es muy importante. Cualquier cosa, cambio de coloración, inflamación, es una alerta. Y los llama a acudir de inmediato al médico.
“Dejar a un lado el miedo, porque el miedo paraliza. El miedo es el peor enemigo del cáncer, de todas las enfermedades. No se preocupen por la caída del pelo. El pelo vuelve a salir. Si le cortan un seno, el seno no te hacen mujer. La gente se va por las cosas frívolas, lo estético”.
SIN SOLEMNIDAD
Adriana camina midiendo la distancia entre su cuerpo y la tierra. Cada paso le confirma que el suelo sigue abajo, no encima. Y se ríe cuando recuerda las palabras de su madre, que murió a los 96 años de edad.
Adriana cree en la materia y la persistencia. Al cáncer también se le reduce con palabras. A ese padecimiento no hay que hablarle con solemnidad. Por eso Adriana lo tutea, lo llama tos. Le concede protagonismo. Es algo que brota en el cuerpo, incomoda, a veces se queda más de la cuenta y luego se va.
No hay fiesta en su voz. Adriana está aquí. Sabe que tiene la tierra bajo sus pies y no encima. Adriana vive, con eso le alcanza.

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