Sinaloa entró en la etapa natural de reparación de los daños causados por año y medio de violencia continuada y agravada, a la cual le resulta imprescindible que cada ciudadano y sector transiten a la voluntad por coadyuvar en la reconstrucción y superen también los tiempos de reclamos, de apuntar con dedos flamígeros y de deslinde de responsabilidades.
Hayamos o no llegado a la fase de la posguerra sí es hora de que la acción popular sostenga firme la exigencia de que termine la actual crisis de la seguridad pública y que, lo esencial, le eche hagas a la colosal intervención que restaure primero la unidad y la esperanza como punto de partida hacia la paz duradera y positiva.
En tanto la historia y el sistema de procuración e impartición de justicia hacen la tarea de castigar a la delincuencia que en diversas formas operó la llamada narcoguerra de Sinaloa, a la sociedad civil nos toca el comienzo de la jornada por los valores, la paz y el desarrollo que es la misma faena que se vio obstaculizada por la acción criminal y la impunidad en que ésta actúa.
No cabe duda de que todos llegamos al momento del agotamiento, inclusive la delincuencia y el gobierno por más que quieran demostrar capacidad ofensiva, sin embargo el mayor nivel de extenuación está en los sinaloenses que han sufrido pérdidas enormes en vidas humanas, patrimonios económicos y sobre todo la confianza en las instituciones y quienes las presiden.
Adquiramos ánimos e inspiración de los deudos de las víctimas que exigen justicia; los desplazados que salieron de sus lugares de residencia confiando en encontrar condiciones para vivir; la resistencia de pequeños, medianos y grandes negocios para no agregar el desempleo a de por sí agobiante inseguridad, y de los activistas que corrieron riegos por proteger derechos humanos y garantías constitucionales.

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