Choix, Sinaloa.- Todavía no llega la época de lluvias, pero Loreta ya piensa en ella. Desde hace un año, el techo del único cuarto de material que conforma su casa se está cayendo pedazo a pedazo.
En el centro del cuarto, el concreto ya está cuarteado. Desde abajo se alcanza a ver la varilla oxidada que sostiene la losa. Cuando sopla el viento, pequeños pedazos de cemento caen sobre el suelo de tierra.

Pedazos de loza caen sobre la cabeza de quien se meten al único cuartito de material en la casa de Loreta.
Construirlo fue difícil. Requirió del esfuerzo de sus tres hijos -dos más murieron-, de su marido y hasta de sus nietos. Pero ese trabajo, sin mantenimiento ni recursos suficientes para repararlo, comienza a desquebrajarse.
“Ocupo ayuda para echar un colado, porque cuando llega la lluvia no hay dónde meterse. Todos remojados quedamos”, dice en voz bajita, como si se tratara de un secreto.
Loreta tiene más de 60 años, aunque no sabe con exactitud cuántos. Vive en Los Mimbres, una comunidad tarámari enclavada en la zona serrana de Choix, a unas dos horas de la cabecera.

Loreta forma vive en Los Mimbres, una comunidad tarámari atravesada por el abandono institucional.
Habla despacio y sonríe cada vez que cuenta algo, aunque la vergüenza le gane por momentos.
Su casa está conformada principalmente por paredes de adobe y techo de palma. Hace poco, uno de sus cuartos pudo beneficiarse con un techo de lámina gracias al apoyo del Colectivo Tarámari Sinaloense, que desde hace años acompaña a comunidades indígenas de la región.
—¿Cómo le hacen cuando llueve, Loreta?
“Nos escondemos en una esquinita del cuarto. Nos tapamos con algún plástico, pero no se puede dormir”.
Los tarámari han aprendido a sobrevivir en ambientes hostiles. En invierno no usan bufandas, guantes o gorros; cuando mucho, se ponen algún suéter o una camisa de manga larga, cuenta Hortensia López Gaxiola, integrante del colectivo, durante una entrega de ropa donada a las familias de la comunidad.

Olla de barro hecha por Loreta.
De ellos se sabe poco. Hablan rarámuri y viven entre sequías, inviernos duros y el miedo que dejó la violencia, que durante años obligó a muchas familias a abandonar la sierra para buscar oportunidades en las ciudades.
Aun así, siguen adelante.
Loreta, por ejemplo, sabe hacer cazuelas y ollas de barro. Antes tejía wares, pequeñas canastas hechas con luchi, el instrumento que utilizaba para tejerlas. Pero la vista ya le falla y ahora solo puede dedicar tiempo a las ollas y cazuelas.
“Se las llevan y las venden en otras partes. Yo las hago y ya las venden. La verdad es que no es fácil vivir aquí. A veces hay hambre, pero comemos de lo que hay”, dice.

Los tarámari le llaman “ware” a las canastas de mimbre hechas a mano.
Como la casa de Loreta hay otras 20 en la comunidad. La mayoría están hechas de adobe, lámina o palma. Algunas pocas son de material, pero sus techos fueron construidos con una pendiente similar a la de la casa de Loreta, sin la inclinación suficiente para que el agua de lluvia escurra y no se estanque.
En esta comunidad hay una escuela comunitaria que va desde nivel inicial hasta secundaria. También existe un comedor educativo que no funciona. Aun así, hay electricidad y señal telefónica.

Para sobrevivir, los tarámari se ven obligados a sacrificar a sus propios animales o subsistir con algunos donativos.
Las carencias, sin embargo, siguen presentes. El abandono institucional se refleja en la falta de oportunidades para garantizar algo tan básico como tres comidas completas al día.
Comen lo que encuentran o de los animales que crían. Duermen en catres y se bañan con agua de ríos o pozos cercanos.
Los niños juegan en las laderas y cañadas, sobre las riberas de los ríos secos, con los caballos, los burros o las vacas.
Las mujeres y los hombres adultos conviven poco públicamente si no es con personas de su mismo sexo.

La cocina de Loreta.
Hoy Loreta pide apoyo. Apoyo para tener un techo seguro que la proteja de las inclemencias del clima, sobre todo de la lluvia. A esa le tiene temor porque, para ella, echa a perder las cosas y puede enfermarla.
“Solo quisiera saber si me pueden ayudar con el techo. No sé a quién decirle”.
Mientras habla, Loreta levanta la mirada hacia la losa cuarteada. Afuera todavía no llueve, pero ella ya espera el sonido de las primeras gotas.
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