Por José Gutiérrez* / ZonaDocs
“Realmente desde muy chiquita yo sabía que no era un niño”, me dice Scarlett, una chica trans de 22 años que, al igual que el 62.4% de la población trans en México, identificó que su sexo de nacimiento no correspondía con aquello con lo que se identificaba. “Yo no tenía información y no tenía como decir: Ah, mira, yo soy esto. O sea, no tenía ningún referente”.
Fue descubriendo su identidad consumiendo información que la acercara a aquello con lo que se sentía cómoda hasta que dijo: “Soy una mujer trans”.
A los 15 años le confesó a su madre su orientación sexual; ella la aceptó. Después se lo confesó a su padre que, para su sorpresa, la apoyó para que comenzara su transición hormonal a los 18 años.

Scarlett (Foto: Cortesía).
Sin embargo, para muchas personas trans en Jalisco, el proceso de transición implica enfrentar obstáculos sociales, familiares, económicos e institucionales que atraviesan prácticamente todos los aspectos de su vida cotidiana.
Santiago, un hombre trans de 35 años, no corrió con la misma suerte. Sobre sus hombros cargó el peso social de salir del clóset a los 23 años después de un matrimonio y un hijo. Sus padres no lo aceptan y le comentan que siempre será para ellos su hija, pero tomó el valor de definir quién es.
“Quizás por falta de información pues no sabía bien cómo identificarme, hasta que vi la historia de un atleta australiano que es trans, y dije, yo soy así”.
Ahora tiene 11 años en transición. “Mi hijo me dijo si eso es lo que te hace feliz, me apoya”.
Para Maryam, chica trans de 24 años, la expresión de su identidad se tradujo en violencia económica por parte de sus familiares. Se encontraba en sus 15 años cuando decidió salir del clóset.
“Fue un tajante ‘no’ a todo lo que yo quisiera hacer que fuera femenino. Si caminaba femenino, si hablaba femenino, si tenía comportamientos femeninos, se me prohibía”, me cuenta.

Maryam (Foto: Cortesía).
Maryam narra la violencia que sufrió mientras vivía con su familia y la negación de lo que ella era. Sus padres dejaron de apoyarla en su educación, por lo que tuvo que trabajar y estudiar a la par, agotando su energía, tolerando faltas de respeto y exigencias exacerbadas para una chica de 17 años.
“Pasé por muchas cosas, que se me perdían mis objetos personales, en específico maquillaje y ropa, que el dinero me lo desaparecieran, quitarme permisos, obligarme a renunciar de trabajos. Hasta que hace poco iniciando este año, fue cuando logré salir gracias al acompañamiento que me dio este la sociedad civil organizada de aquí de Ocotlán, del Comité del Ocotlán Pride.”
Oliver, chico trans de 22 años, aún no ha salido del clóset. Las únicas personas con quienes ha hablado son amigos y algunos parientes. Me dice que siente frustración de no ganar lo suficiente para ser él.
Para los cuatro, transicionar ha supuesto una serie de obstáculos, no solo sociales, sino también mentales y económicos.
De acuerdo con Monserrat Flores Valdovinos, psicóloga especializada en identidad de género, la ansiedad, la angustia y la depresión son los principales problemas de salud mental que enfrentan las poblaciones LGBTI+.
En la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG, 2021), el 26.1% de las poblaciones OSIG LGBTI+ alguna vez han pensado en suicidarse y el 14.2% alguna vez lo ha intentado; 18 y 10 puntos porcentuales más que las poblaciones OSIG normativas.
En 2003, el epidemiólogo psiquiatra estadounidense Ilan Meyer propuso un modelo que intentaba explicar las consecuencias negativas en la salud mental de personas pertenecientes a minorías relacionadas con la orientación sexual.
Su tesis sostenía que, debido a los factores estresantes relacionados con su identidad y la percepción que se tenía de ellos, estas poblaciones desarrollaban un malestar psicológico que generaba problemas de salud mental e incluso físicos, denominado estrés de minorías.
Según esta misma encuesta, de las 1.4 millones de personas OSIG LGBTI+ que han tenido ideas suicidas, el 57.2% fue por problemas familiares y el 20.3% por situaciones relacionadas con la escuela, 11.7 puntos arriba de las poblaciones OSIG normativas. El 14% fue debido a su orientación o identidad de género.
El Instituto Jalisciense de Salud Mental, en 2021, resaltaba el estrés de minorías como una de las causas de problemas relacionados con la salud mental dentro de la población LGBTI+.
Por su parte, la disforia corporal, las condiciones de convivencia familiar y cuestiones personales llevaron a Oliver a acudir a terapia psicológica.
“Es muy difícil, siempre es sentir incomodidad de que se me ve demasiado la cadera, se me ve demasiado el pecho. Siento mucha impotencia y frustración porque no puedo hacer… hasta ahora no puedo hacer nada.”
Sin embargo, la experiencia no fue positiva.
“La psicóloga sugiere a Oliver que quizás la disonancia que está identificando entre su sexo asignado al nacer y la identificación que hace de su género es un trastorno que algunas personas pueden tratar.”
“Me dijo que a lo mejor esto era un trauma. En la manera en la que ella lo decía era como de ‘tú me quieres mandar a terapia de conversión’. Y salí de ahí. Ya ni siquiera me sentía cómodo, porque yo le dije mis pronombres y nunca los respetó”.
Desde 2022, en Jalisco, el Congreso aprobó la sanción de las terapias de conversión y reconoció el derecho a la identidad de género transexual. A nivel federal, desde 2024, estas terapias están jurídicamente sancionadas.
Oliver se vio obligado a dejar la terapia y buscar otro psicólogo. En la Encuesta Sobre la Salud Mental en las Juventudes LGTBQ+ en México, realizada por The Trevor Project en 2024, 1 de cada 5 juventudes reportó haber sido amenazada con ser llevada a una terapia de conversión o haber sido llevada a una; es decir, el 21%.
Las barreras también son económicas
A diferencia de Oliver, Scarlett no puede permitirse pagar un psicólogo.
“Tengo que tomar bloqueadores de testosterona y tengo que tomar estrógeno. El bloqueador me sale casi 3 mil pesos y el estrógeno me sale en 700 pesos.”
Según la encuesta de The Trevor Project, el 63% de las juventudes LGBTQ+ en México no pudieron acceder a salud mental por problemas financieros.
“Aparte el endocrinólogo, me salen 4 mil pesos”, concluye.
Para Maryam, esta cuestión económica y el intento por comenzar a sentirse ella la llevaron a comenzar a tomar pastillas anticonceptivas como tratamiento hormonal, pues su economía no le alcanzaba para un especialista.
“Me doy cuenta de que hay métodos y pastillas que varias tomaban, que básicamente eran pastillas anticonceptivas que podíamos conseguir en cualquier farmacia sin receta y pues ya dependiendo de cómo las veías, qué reacción tenían en tu cuerpo, ya tantean cuántas tomarte.”
Y aunque se cuente con solvencia económica, las barreras institucionales dificultan el acceso a un servicio de salud integral.
Izack Alberto Zacarias Najar, presidente del colectivo Impulso Trans A.C., comentó que existen vías en el seguro social para tratarse, pero primeramente implica estar asegurado por parte del IMSS o ISSSTE.
Ese fue el caso de Santiago, quien se trataba en el servicio de la institución pública IMSS, pero un muro burocrático le ha impedido tener sus papeles en forma, limitando su acceso al servicio.
“Y nos mantenemos en el limbo, prácticamente no existimos”.
Además, Santiago ha tenido que vivir discriminación por parte de prestadores de servicio público, quienes han realizado comentarios sobre su identidad.

Santiago (Foto: Cortesía).
“Esto también es una barrera, porque pues tienes que prácticamente cruzar los dedos para ver si te toca alguien que sea aliado. Y muchos me llegan diciendo que no fueron groseros con ellos porque les dijeron amablemente que no, pero pues no, estás en tu derecho. Es tu derecho tener una salud integral y ser atendido de manera digna”, concluye Najar.
Najar también denuncia la necesidad de un diagnóstico psicológico o psiquiátrico que avale la identidad de género para que el sistema de salud pueda brindar el servicio.
“Se me hace una cosas así como de el siglo pasado”, dice.
“Además te ven, si para ellos entras en su estereotipo. Si te ves masculino o femenino, es más fácil”.
Este “cis-passing” ha ayudado a Maryam y a Scarlett a encontrar trabajos y a no sufrir tanta discriminación como describen existe en otras de sus compañeras dentro de la población trans.
Sin embargo, para Scarlett esto no evita que, una vez que las personas se enteran que es trans, sufra discriminación que le imposibilite una inserción laboral digna. Actualmente tiene seis meses sin trabajo.
Me cuenta una de sus experiencias en una empresa, donde sus compañeras de trabajo ejercían violencia psicológica que provocaba ansiedad en ella.
“Recuerdo que cuando trabajaba ahí, me la pasaba llorando. Iba de regreso camino a mi casa y llorando.”
Gracias al apoyo de su familia, y a pesar de la falta de empleo, Scarlett ha podido continuar con su transición.
Santiago, por su parte, cuenta con el apoyo de su pareja.
“Desde que no cuento con el seguro, pues he tenido que pagarme yo el tratamiento, y cuando se me atora, mi pareja hasta eso me apoya. Entre mi hijo, mi emprendimiento, rentas, la verdad se me complica”.
Maryam ha tenido que suspender su tratamiento hormonal.
“Ahora siendo una persona que vive sola y tiene todos estos problemas de una vida adulta es más complicado”.
Oliver, que no ha podido iniciar su transición, me cuenta:
“Me veo al espejo y digo: un día, un día voy a dejar de ver esto”.
Dice que ve ese día aún muy lejano.
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Estudiante de la Licenciatura en Periodismo del Centro Universitario de la Ciénega de la Universidad de Guadalajara.
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Este trabajo fue realizado para ZonaDocs, que forma parte de Territorial, Alianza de Medios. Para consultar el contenido original, dar clic aquí.

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