Javier no lo pudo creer cuando vio a un grupo de policías de investigación llegar al campamento donde llevaba casi tres años esclavizado. Mantenía la esperanza de que le pagarían por su trabajo y llevaba la cuenta de todos los días que pasó viviendo en una cueva de la Sierra Tarahumara. Él llegó ahí con una oferta de trabajo falsa, como todos los demás que eran forzados por vigilantes armados a cultivar mariguana y amapola. Una vez en el lugar, el castigo por desobedecer eran torturas o la muerte. Como si fuera una tienda de raya de una hacienda del porfiriato, en una libreta les anotaban la droga que les daban. No tenían paga, pero sí deudas. Cuando vio a las autoridades no sintió alivió, sino temor. ¿Sería acusado de algo?

Los sobrevivientes rescatados ese día hablaron de seis o siete campos iguales, con decenas de esclavos cada uno. Sólo cuatro de las personas que liberaron tenían reporte de desaparición. A las demás, no las buscaban.

Este es el segundo de seis capítulos de la investigación “Esclavos en la Sierra Tarahumara”, realizada por el laboratorio de investigación periodística Quinto Elemento Lab. La entrega anterior narra los testimonios de las primeras personas que lograron escapar de estos campos y cómo sus denuncias se acumularon por años entre los expedientes de las fiscalías en Chihuahua.

Por Marcela Turati | Thelma Gómez Durán | Eliezer Budasoff | Quinto Elemento Lab

En su día número 987 como trabajador esclavo en la sierra, después de haber pasado toda la semana rezándole a San Judas para que lo ayudara a salir de ese lugar, Javier no supo cómo reaccionar cuando vio a todos esos hombres uniformados que salían de entre los árboles. Primero pensó que venían a matarlos. Muchas veces les habían dicho que iban a llegar los contras: gente de otro grupo criminal que iba a venir por ellos.

—¡Policías!

Solo atinó a correr unos metros y ahí se quedó, paralizado, junto a otros cautivos. Algunos consiguieron esconderse, pero ellos no podían seguir porque había un precipicio. Cuando los policías los alcanzaron y les dijeron que venían a rescatarlos, lo segundo que Javier pensó es que lo iban a meter a la cárcel. “Nos decían: ‘Los vamos a llevar a un hotel’. Y yo pensaba: ‘El hotel va a ser una prisión’”. Todo le daba miedo y desconfianza. No solo a él: a todos. Estaban aterrorizados y muertos de hambre.

El operativo era enorme; entre policías de la Agencia Estatal de Investigación y funcionarios judiciales sumaban más de 50 personas. Habían salido esa misma madrugada. Algunas horas antes del rescate, la caravana de camionetas en las que viajaban había entrado a un camino de terracería en una zona de la sierra que pertenece al municipio de Ocampo, en Chihuahua, y avanzó hasta que ya no fue posible seguir con los vehículos.

Imagen del operativo de rescate realizado en julio del 2019. Foto: Especial

Algunos de los hombres rescatados de los campos en julio de 2019. Foto: Especial

Imágenes de la cueva en donde tenían a los hombres esclavizados para la siembra de droga. Foto: Especial

Zona de la Sierra Tarahumara donde se encontraban los campos de siembra de amapola y marihuana. Foto: Especial

Los policías que siguieron hacia el fondo del cañón tardaron en total unas cuatro horas de caminata entre pinos, madroños y encinos hasta que llegaron adonde estaban Javier y los demás limpiando la ladera de un cerro. En el trayecto se toparon con algunos claros en medio del bosque: áreas donde los árboles habían sido talados y quemados para sembrar amapola y marihuana.

El otro grupo encontró la cueva que hacía las veces de campamento base. Era profunda. Más que cueva, era una especie de gruta. Era lo suficientemente ancha en su interior como para que pudieran caber decenas de hombres amontonados en el suelo, y se hacía más angosta en la entrada, lo bastante como para que pudiera ser vigilada por un par de personas armadas.

Las fotografías de aquel momento registran varios detalles. Una geografía extrema, escarpada; un cañón rodeado por barrancas de piedra tan altas y rectas que forman una especie de muralla natural. El cielo de un azul vibrante. Un campo rectangular entre los pinos, en la base de un cerro, con varas secas de amapola. Una caverna en la montaña, y, en su interior, ropa tirada, bolsas de fertilizante, cobijas en el piso, un cucharón, ollas, una parrilla a ras del suelo, paquetes de harina de maíz apilados, una escoba negra de hollín, galones vacíos, costales, una radio.

Las condiciones en las que los tenían eran infrahumanas”, resumirá después uno de los agentes de la fiscalía que participó de aquel operativo. Ellos pudieron corroborarlo cuando reunieron a un grupo de 21 hombres que “estaban físicamente destrozados”.

Los condujeron al lugar donde habían dejado las camionetas, sacaron las provisiones que llevaban para ellos y empezaron a compartirlas con los rescatados. “Nunca pensamos que iba a ser tan exitoso el operativo”, reconoció un agente.

Hay una imagen del grupo de rescatados aquel día, el martes 11 de julio de 2019, tomada por personal de la Fiscalía General de Chihuahua unas horas después del operativo. Los sobrevivientes están de pie, algunos con los ojos clavados en el suelo. No sonríen. Sus cuerpos se parecen, porque han sido moldeados por la misma experiencia: las mejillas hundidas, las barbas de varias semanas; la ropa tomada por una mugre negra, acumulada.

Los 21 hombres rescatados por elementos de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua, en julio de 2019. La imagen fue captada afuera del destacamento que tiene la fiscalía en el entronque de Las Estrellas, municipio de Ocampo. / Foto: Especial

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El defensor de derechos humanos Gabino Gómez, que desde hace dos décadas se dedica a buscar personas desaparecidas en todo el Estado de Chihuahua, llegó a Ciudad Cuauhtémoc apenas se enteró de la noticia. Era un caso inusual: más de 20 hombres que habían sido engañados, llevados a la sierra y retenidos a la fuerza; que habían desaparecido por meses, incluso por años, y perdido todo contacto con sus familias, acababan de ser rescatados con vida en medio de una crisis regional de desapariciones.

Para entonces, mediados de 2019, hacía doce años que los reportes de desapariciones en el estado de Chihuahua venían subiendo año tras año de forma casi continua. En ese lapso —poco más de una década— se reportaron 2841 personas —2494 hombres y 347 mujeres— como desaparecidas o no localizadas, de acuerdo con los datos públicos del registro nacional. La crisis ya era evidente desde entonces, pero había crecido hasta hacerse inocultable un par de años antes del rescate, en 2017, cuando se dio un pico de casos en el Estado de Chihuahua: 372 personas reportadas en un año (la gran mayoría, 333, eran hombres). Ya para 2016, el mismo año que Javier fue capturado y llevado a la sierra, Amnistía Internacional había tomado a Ciudad Cuauhtémoc como un caso emblemático de la crisis, “la nueva capital de las desapariciones en México”.

Esta ciudad con aire rural, rodeada de campos menonitas, es territorio codiciado. Como puerta de ingreso a la sierra, era escenario de batallas entre facciones del grupo local de sicarios —La Línea, brazo armado del Cártel de Juárez— y a la vez un sitio disputado por el Cártel de Sinaloa. Cualquier persona podía ser castigada y desaparecida por un ajuste de cuentas, por una sospecha, por sus relaciones personales, por azar e impunidad. A lo largo de 2017, al menos cinco jefes policiales de distintos municipios de Chihuahua fueron detenidos por dar protección a criminales o por delitos de desaparición forzada. Algunos actuaban como halcones para La Línea. Otros fueron acusados por la desaparición de jóvenes. Les encontraron armas largas sin licencia, droga, vehículos robados. Uno de ellos fue detenido por homicidio. Eran las autoridades de Seguridad Pública de sus municipios.

Dos años después, en la fiscalía de Ciudad Cuauhtémoc, 21 hombres recién aparecidos esperaban terminar con los trámites para recuperar lo que quedaba de sus vidas. El activista Gabino Gómez, que algunos años antes había acompañado el primer caso de desaparición masiva registrada en ese municipio —ocho miembros de una misma familia—, y que seguía recibiendo llamadas con pedidos de ayuda, asesorando a parientes de las víctimas y presionando a las autoridades, llegó conmocionado a donde estaban esos sobrevivientes. Cuando los vio, los saludó y abrazó a algunos de ellos, que no entendían por qué aquel hombre que no los conocía estaba tan emocionado. En esa extrañeza anidaba la tragedia de los rescatados, aquello que los separaba del mundo al que pertenecían desde que fueron llevados a la sierra y esclavizados. Porque ellos no se veían a sí mismos como los veía Gabino en ese momento.

Fichas de personas desaparecidas colocadas en las puertas de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua. Foto: Marcela Turati

De los 21 hombres —el menor tenía 18 años; el mayor, 52—, solo cuatro habían sido reportados como desaparecidos por sus familias. Solo cuatro eran buscados oficialmente. La mayoría no se consideraba víctima de secuestro, o de trata de personas, o de explotación; algunos ni siquiera imaginaban que lo que habían vivido era considerado un delito. Sus vidas eran tan duras y precarias antes de caer en manos del narco que podían llegar a normalizar la brutalidad del trabajo y la violencia cotidiana. Pero habían sido estafados. Los habían engañado para que fueran a la sierra y los engañaban para mantenerlos en los campos, aunque los retuvieran allí a punta de pistola. Además de los golpes, el hambre, el frío, las torturas, la humillación, también les aseguraban que ya iban a salir y les prometían que iban a pagarles. Esa promesa, por vacía que fuera, era a veces lo único que tenían para tolerar la crudeza de la vida en los campos del narco. Habían pasado todo por nada. Habían vuelto con menos que nada.

Con 39 años, Javier era uno de los mayores del grupo de rescatados, y era el que más tiempo llevaba esclavizado: dos años y diez meses. Había trabajado desde el amanecer hasta el anochecer durante 987 días. Según sus cálculos —restando las cosas que los vigilantes a veces le daban “fiado”, como cigarrillos o galletas de soda— le debían exactamente 248,055 pesos. Doscientos cuarenta y ocho mil con cincuenta y cinco pesos mexicanos por mil días de vida. Ahora sabía que nadie se los iba a pagar.

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Javier es un hombre moreno, lampiño, que escupe palabrotas en medio de las frases, como para sacudirse la bilis que viene con los recuerdos. Lleva unas botas vaqueras y una chamarra ligera de plástico, un cuero falso que se ha ido descarapelando con el uso. Está encorvado, con las manos metidas en los bolsillos, donde las va a mantener a lo largo de toda la entrevista. Es una mañana de octubre de 2020, un año y tres meses después de aquel operativo de rescate, y estamos en una oficina de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua, en Ciudad Cuauhtémoc. Nos acompaña un ministerio público y un funcionario de la Comisión Estatal de Atención a Víctimas que cada tanto le dice a Javier que no conteste las preguntas de la reportera porque se pone en riesgo. Y él obedece.

La historia de Javier empieza, como muchas otras, con una necesidad agobiante de dinero. Y una pelea con su esposa, una escena que iba a volver a su cabeza una y otra vez los próximos meses. El lunes 26 de septiembre de 2016, cerca del mediodía, su mujer salió de trabajar, hizo el mandado y, cuando llegó a la casa, él todavía no había conseguido nada para aportar a la mesa. Discutieron. Tenían tres hijos. Si no traes leche ni pañales, mejor ni te molestes en volver, le dijo ella, antes de que Javier saliera a la calle. A veces conseguía trabajo para impermeabilizar techos, pero igual no le alcanzaba para mantener a su familia. Se fue furioso a las vías del tren, donde cada tanto caía algún jale, y ahí apareció “la troca de una tonelada”, como Javier la describe. Una camioneta gris de trabajo, con la caja adaptada para aumentar su capacidad de carga. “Yo les llegué desesperado”, dice. Le ofrecieron 300 pesos por día, tres comidas diarias, un lugar para vivir. Se tenía que ir un mes con ellos. Era para un rancho ganadero en la sierra, le dijo el hombre de la camioneta. Tenían que salir ya. No había tiempo para avisarle a su esposa, pero se le hizo fácil decidir. Seguía enojado con ella. Pensó que después la iba a poder llamar, y que iba a volver con dinero.

En la caja de la camioneta viajaban siete hombres más, que también habían sido reclutados ese día. Javier dice que él fue el último que recogieron. Durante algunas horas todo pareció normal. En el camino fueron tomando cerveza y les dieron comida. A partir de ahí, es difícil saber en qué momento cada uno se dio cuenta de que había sido engañado. Cuándo fue que comprendieron que algo estaba mal, o que ya era demasiado tarde. Un agente nos contará después que, en algunas ocasiones, las víctimas se percataban de la situación antes de llegar a los campos y trataban de salir de la camioneta. Y que, en esos casos, el hombre que estaba a cargo se bajaba, sacaba el arma y les apuntaba: acá no se baja nadie. Javier recuerda que llegaron a un poblado en la sierra y se detuvieron. Ahí les pusieron capuchas en la cabeza y los hicieron caminar por horas hasta que llegaron a un campamento rústico, donde durmieron en el suelo.

Al otro día los levantaron al amanecer. “Nos siguieron diciendo que íbamos a cuidar vacas”, dice Javier en su declaración. Eso duró los 15 minutos que tardaron en llegar a un campo de amapolas, donde les explicaron en qué consistía su nuevo trabajo: rayar las plantas para extraer goma de opio. La chutama. Era lo que tocaba en esa época del año. Después, lo que hacían variaba según la temporada de cultivo, y se dividía en tres procesos principales: limpiar o preparar la tierra, sembrar, cosechar. Eso y una serie interminable de tareas físicas: talar árboles, cortar leña, cargar provisiones y fertilizantes, lavar, hacer escalones en la montaña, cavar pozos, buscar agua, llevar gente a otro campo. El objetivo era mantenerlos siempre trabajando, “hasta que no sirvieran”, cómo lo explicó otro de los cautivos.

En su declaración testimonial, Javier calcula que en ese primer campamento había “como 80 trabajadores y seis vigilantes. Siempre andaban armados”. El número de personas y de guardias podía variar según la temporada y el tamaño del campo. Después de la cosecha, la cantidad llegaba a reducirse a la mitad o menos. Lo que no variaba para ellos era el hambre. Todos hablan del hambre. De la comida mezquina que les daban. En la mañana recibían un plato de sopa o de frijoles, lo mismo en la noche. A mediodía no podían almorzar. Para que no desfallecieran, les mandaban al ‘loquero’: un hombre que llegaba con una olla adonde estaban y les repartía un vaso con una mezcla de harina de maíz, agua y azúcar, a veces sal. A eso le llamaban ‘loco’, el engrudo que les daban para que pudieran aguantar trabajando hasta la noche. El hambre, con el tiempo, también vencía sus resistencias. Javier dice que muchos terminaban aceptando órdenes como esta: “Dale unos tres garrotazos a este y ahí te va una soda o unas galletas. Y el que comía eso, haga de cuenta, se sentía como si estuviera aquí en la ciudad: se la tomaba delante de uno, las galletas ahí las masticaba, tomaba la soda”.

Él nunca hizo eso, dice, por más hambre que tuviera. Eso de pegarle a otros. Yo qué me gano, pensaba. Los golpes eran el primer método de disciplinamiento. Cuando tenía que talar árboles con la motosierra, quemar partes del bosque, cargar costales o arar la tierra con un pico, el ritmo lo marcaba el garrote. “Cuando me rendía o algo llegaban y pinche garrotazo. Te estás quedando atrás. Un garrotazo”. También funcionaban las amenazas: si no hacía lo que le ordenaban, le decían que le iban a ‘dar agua’. “O sea, que me iban a sumergir en un charco de agua y me iban a tener dos, tres minutos ahí. Yo oí personas que así las tenían. Llegaban y ¿no haces caso? y lo bajaban ahí a un pozo y lo sumergían hasta que se ponía morado. Ya cuando se ponía morado entonces lo sacaban, con la culata del rifle le pegaban en el estómago y sacaban el agua y otra vez así”.

A lo largo de la entrevista, Javier describe una vida marcada principalmente por el miedo y por el hambre, que se completaba con miserias cotidianas. Humillaciones. No los dejaban asearse a diario. Una vez al mes les repartían una pastilla de jabón para 15 personas, los bajaban al arroyo y les daban una hora para bañarse, mientras eran vigilados por hombres armados. No les permitían hacer fuego para secarse, aunque el arroyo estuviese helado. Vivían en harapos, con la ropa con la que habían llegado. Solo podían usar otra cosa cuando se la robaban a alguien del campamento o cuando otros dejaban algo tirado. A veces, cuenta Javier, si estaba desesperado por cambiarse, podía llegar a canjear una caja de cigarrillos por un pantalón destrozado.

Con el paso del tiempo, algunos de su grupo se empezaron a escapar. En su declaración testimonial, Javier cuenta que lo intentó una vez, cuatro meses y medio después de llegar. “Por tantos abusos que sufrí, y aparte que nunca nos pagaron un peso, decidí escape el día 15 de enero de 2017, junto con otro compañero al que le decían el Témoris. Fue un día en la mañana”. La fuga duró poco: caminaron dos horas, llegaron a otro campamento y fueron recibidos por una persona “encapuchada, con cachucha de soldado. Él traía rifle”. Esa noche durmieron ahí. “Al otro día, ellos mismos nos levantaron temprano y nos llevaron a las tierras a rayar amapola”. Fue su primer y último intento. Después ya no se animó a hacerlo. Le daban miedo los animales salvajes, caerse de un precipicio en la noche, perderse en la sierra y morir de hambre, toparse en el camino con los ‘contras’… o que lo atraparan, lo devolvieran y lo castigaran. Javier cuenta la historia de otro hombre que le propuso escaparse y que logró llegar hasta el poblado más cercano, unas tres horas a pie, donde los patrones compraban o recibían gran parte de sus provisiones. Yoquivo, se llama. Una localidad que, para 2020, según el censo más reciente de México, tenía 135 habitantes y 71 casas. El recién fugado entró en la tienda del pueblo con un celular en la mano y les dijo que se los daba a cambio de comida. Traigo mucha hambre. La historia termina con moraleja: el señor de la tienda le dice que espere —te voy a traer algo—, se mete para adentro y llama por teléfono a los patrones para que vayan a buscar a su esclavo descarriado. Javier recuerda que, como castigo, el hombre fue sumergido varias veces en el arroyo y después lo dejaron desnudo, amarrado a un árbol, hasta el otro día.

Cuando no se animaba a escapar y el miedo no le alcanzaba para justificarse, Javier hacía cálculos del dinero que le debían. Porque incluso en esas condiciones creía que un día iban a pagarle. Era una ficción que sostenían todo el tiempo. Les ofrecían drogas, por ejemplo, y les decían que se las iban a “descontar” de los días trabajados.

“Un paquete de maseca lleno de marihuana eran 500 pesos, un gramo de coca… no, dos gramos de coca más o menos, y una caja de cigarros, eran mil pesos”.

La forma en que reconstruye su experiencia sirve para entender uno de los motores del reclutamiento forzado: por un lado, explotaban los problemas de adicción y de salud, la marginalidad y el abandono de sus víctimas para engancharlas; por otro, la promesa de pago era verosímil y se mantenía siempre latente, porque así funcionaban los grupos que respondían a los cárteles en distintas partes del territorio, e incluso en los mismos campos donde ellos eran retenidos y maltratados.

Javier estuvo el tiempo suficiente como para entender que las distintas tierras en las que trabajaban por esa zona — ocho, según recuerda— pertenecían a una misma familia, o que al menos existían lazos entre ellos, pero había jerarquías. Todos le rendían cuentas a una familia, que era la más poderosa. También había niveles dentro de la gente que llevaban a trabajar. Varios rescatados mencionan a grupos de personas —hombres y mujeres— que llegaban en tandas para la época de la cosecha, que eran tratados sin violencia, que se iban a sus casas después de un tiempo y les pagaban los días trabajados. Gente —en su mayoría de Sinaloa— que recibía el trato que les habían prometido a ellos.

Cada vez que veía llegar y partir a gente nueva, Javier les pedía por favor que lo dejaran irse, que lo llevaran de vuelta. “Ellos me decían: no, te vamos a llevar, ya vas a salir”. Y le hacían cuentas. “Decían: no, tú ya tienes un buen billete, te vamos a pagar, ¿no quieres? O si quieres agarra tierras”. Y él decía que no, que quería irse, que extrañaba a su familia.

“No quiero tierra, yo quiero que me saquen, quiero dar una vuelta por la casa, que me saquen de aquí ya. Yo les rogaba mucho. Mucho les rogaba”.
Y entonces se deprimía y soñaba que volvía a su casa y ya no estaba su esposa. Un par de veces consiguió que los vigilantes le prestaran el teléfono para llamar a su mujer a cambio de cigarrillos o de favores. Entonces la llamaba y le explicaba por qué no podía salir, pero le juraba que la próxima temporada le iban a pagar y él iba a volver a la casa con mucho dinero. Ella no le creía. Le preguntaba si tenía otra mujer. Lo amenazaba con buscarse a otro.

Para sobrellevar el dolor, Javier hacía cuentas. “Mejor me ponía a pensar cosas, cuando salga de aquí con este dinero voy a hacer esto, con este dinero voy a poner esto, voy a comprar esto”. Esa idea, algunos días, conseguía incluso hacerlo trabajar con más ganas.

“Yo soñaba con una casa, un mueble, pensaba yo. Soñaba todo este dinero para una casita, para comprarle ropa a los niños, para comida”.

Por eso no supo qué sentir cuando lo rescataron. Estaba vivo, iba a ver a su esposa y a sus hijos, pero ya no tenía a quién cobrarle. La fantasía que le había dado sentido a su vida todo ese tiempo se desvaneció de golpe.

“Fueron tres años que no vi a mi familia, tres años que no supe cómo vivieron”, dice ahora, encorvado sobre la silla, más de un año después de su rescate. “Fue mucho tiempo con tal de yo traer algo para ellos”. Volvió a su casa con las manos vacías. Con el orgullo más roto que aquel día en que se fue a las vías del tren desesperado por dinero. Dice que sus hijos mayores ya no le hacen caso, que le reprochan su ausencia. Que su esposa registró a su hijo más pequeño como madre soltera, y que ella también le echa en cara haberse ido. No sabe cómo hacerles entender lo que ya les ha contado: que lo retuvieron a la fuerza, contra su voluntad, que nunca quiso abandonarlos. Cada vez que su mujer toma, dice, vuelve a culparlo por lo que les pasó. Y él le repite que ya, que ya está, que no vuelva a empezar. “Para mí sería mejor no recordar nada”, dice Javier, casi al final de la entrevista, cuando le preguntamos qué quiere hacer ahora.

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El día que se difundió la noticia del rescate, en la fiscalía de Cuauhtémoc, los recién liberados esperaban su turno para cortarse el pelo, para llamar a sus casas o para que les tomaran sus declaraciones mientras llegaban funcionarios de comunicación y un par de periodistas de la capital del Estado que se habían enterado y consiguieron presenciar lo que estaba pasando.

La dependencia preparó un comunicado que fue distribuido y retomado por la prensa de todo el país. “Rescatan a 21 hombres esclavizados por narcos en la Tarahumara”, publicó el diario La Jornada el sábado 13 de julio. El subtítulo: “Los tenían en cuevas en Ocampo y los obligaban a plantar amapola y mariguana”. Los sobrevivientes permanecieron al menos dos días en un hotel de la ciudad. Después quedaron en libertad para irse. Uno, que era jornalero en la recolección de nuez o de manzana, pidió apoyo para viajar al estado de Oaxaca; otro a Coahuila, donde estaba su hogar. Había dos más de otros estados: Guanajuato y Zacatecas. El resto venía de localidades de Chihuahua: de Meoqui, de Bachíniva, de Guerrero, de Guadalupe y Calvo, de Guachochi, de Delicias, de Madera y de la capital.

“No somos un edificio que cuente con las instalaciones para albergar un grupo de personas de este tamaño”, nos dirá después el entonces fiscal a cargo de la zona serrana, Jesús Manuel Carrasco Chacón, cuando lo entrevistamos para esta investigación. “Sin embargo, todo el personal, conmovido por la situación, apoyó. Hubo empresarios de la localidad que apoyaron también”. Apenas se conoció la noticia, “empezaron a llegar incluso alimentos donados por gente de aquí de la Ciudad Cuauhtémoc para apoyar a estas personas”. Carrasco contó que habían armado el operativo de rescate tras la aparición de los tres hombres en el entronque Las Estrellas seis días antes. Dijo que llevaba unos ocho meses tratando de ubicar aquel sitio, que “se conocían denuncias que se habían puesto en la capital del Estado por una supuesta retención de personas” que eran forzadas a trabajar en esa zona. Pero que no pudieron hallar el lugar hasta que se escapó alguien capaz de orientarlos con mayor precisión. “Nos costaba trabajo admitir, o asimilar, mejor dicho, que estuviera sucediendo esto en alguna parte del Estado”. Es decir: sabían de la existencia de aquel lugar, pero no terminaron de creérselo hasta que aparecieron nuevos escapados, que contaban lo mismo que los anteriores. “En las primeras intervenciones no se tuvo éxito”, dijo el fiscal Carrasco.

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“Primeras intervenciones” es una forma extraña de reconocer que, por más que les costara asimilarlo, las denuncias y testimonios sobre la esclavización de personas en la sierra existían desde hacía bastante tiempo. Incluso había personal que conocía aquel sitio donde acababan de encontrar a 21 hombres. Uno de los policías que participó en el operativo, por ejemplo, recordó que ya había estado en aquel lugar por un grafiti: una calavera rudimentaria con huesos cruzados y una advertencia —“No te arriesgues por tu bien. Abisa”— pintadas con aerosol rojo sobre una piedra, en lo que parecía ser la entrada principal al campamento base. Hasta allí llegó también una caravana con decenas de vehículos en 2018, en otro operativo de la fiscalía, pero esa vez se volvieron con las manos vacías.

Roca donde alguien escribió la advertencia de no pasar a la zona donde estaban los campos de cultivo de amapola./ Foto: Especial

“Es una de las sensaciones más frustrantes que he tenido en mi vida, porque fue una cosa súper cansada, y llegas y encuentras… encontramos un comal que todavía estaba caliente; brasas que se acaban de apagar. Entonces dijimos: nos vieron y se fueron. Pero, ¿por dónde? Era la incógnita”, nos dirá, tres años después de ese momento, la exfiscal Erika Jasso Carrasco. Hasta julio de 2018, Jasso estuvo en funciones como fiscal especializada en Control, Análisis y Evaluación en la Fiscalía General de Chihuahua. A veces le daban casos delicados, y tenía dos carpetas abiertas sobre desapariciones forzadas, entonces le pasaron a ella la denuncia de BAR. “Me avisaron que había una persona que había escapado de un campamento en la sierra”, explicó. “Él nos comentó que tenía aproximadamente tres años cautivo en ese lugar”.

La exfiscal dijo que consiguieron convencer al hombre recién fugado para que los guiara hasta el lugar, y después describió un operativo similar al de 2019, pero un año antes: un convoy de unos 40 vehículos que salieron de madrugada, su paso por Yoquivo, un camino larguísimo de terracería y, allí donde ya no podían avanzar con las camionetas, una calavera y una advertencia pintadas en rojo sobre una piedra. En esa ocasión también se separaron en grupos, contó Jasso, y los dos equipos encontraron parte de la infraestructura que usaban para los esclavos. Un grupo caminó cerca de tres horas y llegó a un campamento. “Lo encontraron vacío, sin gente, pero con alimentos; había costales de maíz, costales de harina y cobijas, pero no había gente”, recordó. El otro grupo encontró el lugar donde dormían. “Otro campamento, pero dentro de una cueva. Una cueva muy, muy grande”. También estaba vacía. La pregunta era dónde se habían metido esos 30 hombres que, según BAR, se habían quedado allí cuando él escapó.

Imágenes del operativo realizado por personal de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua en el año de 2018 y en donde no encontraron a ninguna persona./ Foto: Especial

En octubre de 2019, personal de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua regresó a la zona donde en julio de ese año habían rescatado a 21 hombres. En el lugar encontraron dormitorios improvisados y campos de amapola.Fotos: Especial

Una hipótesis, dijo Jasso, era que se habían escondido en otras cuevas o túneles que existían en la zona. Otra, que alguien dentro de la propia fiscalía o de las fuerzas que participaron les habían avisado sobre el operativo. De todos modos, según la exfiscal, tampoco hacía falta una filtración, porque una caravana con decenas de vehículos era difícil de esconder y ellos no conocían la zona. “Desde que entramos a Yoquivo, los halcones avisaron que íbamos para allá. En cuanto vieron que llegamos, porque tuvieron que haber visto que llegamos, alguien avisó que ya estábamos ahí”. En cualquier caso, el resultado fue el mismo: no encontraron a nadie y empezaba a atardecer, así que se volvieron. Después, Jasso fue asignada a otras tareas y más adelante le quitaron sus funciones como fiscal. Al parecer, nadie volvió a pensar en los campamentos de trabajo forzado —ni en los esclavos— hasta que aparecieron otros tres hombres en Entronque Las Estrellas.

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Antes del operativo exitoso de 2019, e incluso antes del operativo fallido de 2018, ya existían denuncias sobre el enganche y la esclavización de personas en el mismo sitio de la sierra, con la misma forma de operar, ante la fiscalía. Además de los métodos de sometimiento y explotación física, los casos tenían algo en común cuando llegaban hasta las autoridades: aunque parezca insólito, ninguno era relacionado con el otro.

A finales de 2017, una pareja rarámuri acudió a la fiscalía de la ciudad de Chihuahua para denunciar que sus dos hijos adolescentes estaban desaparecidos. Unos hombres los habían ido a buscar en camioneta al asentamiento urbano donde vivían; decían que los habían contratado para un trabajo en la sierra y desde entonces no sabían nada de ellos.

Pasaron un par de meses hasta que la pareja tuvo algo de información, y fue gracias a otra víctima: un joven de 16 años que se había ido a la sierra con ellos consiguió escapar y les avisó que los dos hermanos habían sido detenidos durante la fuga. Les explicó que los tenían a todos cautivos sembrando droga. Ocho meses más tarde, el hijo menor —que tenía 18 años recién cumplidos—, consiguió fugarse. El mayor pasó un año esclavizado hasta que lo logró. Fue cuando lo “prestaron” como trabajador a otro campo. “Me pusieron de encargado, pues nadie me cuidaba a mí y ahí fue cuando nos escapamos yo y otros dos compañeros”, nos contó en agosto de 2021, cuando lo entrevistamos para este reportaje, en un asentamiento en la periferia de Chihuahua.

Durante el año que estuvo cautivo en la sierra, nos dijo, llegó a conocer a chicos rarámuris de 14 y 16 años que estaban siendo explotados. Vio a gente perder la cabeza: eran los que más recibían golpes, o los que terminaban sumergidos en el arroyo con las manos esposadas.

“Había gente que se volvían locas, ya no sabían ni qué. Se los llevaban y ya no se sabía nada de ellos”.

También se enteró de que a veces hacían operativos, o al menos simulaban que iban a intervenir. No había forma de saber si eran intentos reales o no. “Es que vinieron muchas veces, pero unos nada más llegaban y se iban”. Para él estaba claro que los habitantes de los pueblos cercanos les avisaban antes de que llegaran. En esas ocasiones los hacían subir al cerro, los tenían hasta que pasaba el peligro y los bajaban para que siguieran trabajando. Una vez, contó, estuvieron tres días en el monte por un operativo militar. Cuando volvieron al campamento encontraron todo quemado y rociado con gasolina. Los días siguientes les hicieron comer los alimentos que habían sobrevivido al fuego. Tortillas y frijoles pasados por gasolina. “Todos enfermaron”, recordó. Después de fugarse, el joven rarámuri vivió aterrado por un tiempo. Creía que iban a buscarlo. Soñaba que “todavía estaba allá”. Se despertaba en medio de pesadillas y hacía lo posible por no volver a dormir.

Una vez que lo tuvieron de vuelta, sus padres —que habían denunciado la desaparición de sus hijos sin conseguir nada— sintieron que era su responsabilidad avisar a las autoridades. El recién aparecido se animó a declarar ante el ministerio público: contó cómo y dónde los tuvieron encerrados los hombres armados, y sobre sus compañeros de cautiverio, unas 60 personas que habían quedado en las cuevas. Pero tampoco pasó nada. Le preguntamos, casi al final de la entrevista, sobre el operativo de rescate de 21 hombres que se difundió a nivel nacional a mediados de 2019. Él creía que sus captores habían permitido que las autoridades liberaran a unas pocas personas porque ya no era tiempo de cosecha. El operativo fue en julio, dijo, “cuando están creciendo las matas”, y seguramente no necesitaban tanta mano de obra.

Las experiencias de los 21 sobrevivientes liberados en 2019 quedaron registradas en la carpeta de investigación en relatos escuetos, de menos de dos hojas por persona. Todos coincidían en que muchos compañeros habían quedado retenidos en los campamentos; unos calculaban 30; otros, más de 100. Uno de ellos, en una entrevista posterior, llegó a calcular hasta 600 personas esclavizadas “entre varios puntos, porque había varios campamentos”. Otro sobreviviente contó que había conocido a un hombre que llevaba ocho años cautivo, y seguía allí retenido. Ya no tenía ilusión de salir.

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Espera la tercera parte de la serie “Esclavos en la Sierra Tarahumara” en este medio.

Para leer o escuchar en audio la investigación completa “Esclavos en la Sierra Tarahumara” completa, visita el sitio web interactivo en www.quintoelab.org/esclavos/ o en www.adondevanlosdesaparecidos.org