Lo que se sabe de Jesús Malverde son todas dudas. Nadie puede decir con certeza quién fue. Durante más de un siglo, su figura ha sobrevivido en la memoria colectiva, transmitida de rezo en rezo y sostenida por una leyenda: un bandido desaparecido por el estado que robaba a los ricos para ayudar a los pobres. 

México es un país profundamente católico. Cerca de 100 millones se identifican con esa religión. Sin embargo, Malverde no es reconocido como santo, aunque dentro de su capilla conviven imágenes de la Virgen de Guadalupe, Jesucristo y diversos santos.

No hay registros oficiales que respalden sus mentadas hazañas. Ni tumba o cuerpo que autopsie su final. Su santa historia ha sido construida por la gente que lo convirtió en un símbolo espiritual. Malverde resultó incómodo para el reinado de Porfirio Díaz (1876-1911) y, hasta la fecha, es rechazado por la iglesia católica. Pero su devoción cruzó fronteras, le instalaron altares en Los Ángeles, Estados Unidos y en Calí, Colombia, donde sus fieles le rezan y los medios de comunicación lo ensalzan como el santo de los narcos.

Malverde no fue el primer bandido popular. Joaquín Murrieta, “El Zorro”, fue considerado el primer “Robin Hood” mexicano. Su historia inspiró tiras cómicas, series y películas. Las autoridades aseguraron haberlo asesinado en 1855, pero alrededor de su muerte surgieron múltiples versiones. Sus restos también desaparecieron.

Algo similar ocurrió con Heraclio Bernal, “El Rayo de Sinaloa”, perseguido y asesinado durante el porfiriato. En aquella época, cualquiera que desafiara al régimen terminaba etiquetado como bandido, perseguido y hasta ejecutado por alzar la voz frente a las injusticias.

Sin embargo, a ninguno de los otros bandidos populares le atribuyeron milagros tras su muerte. La capilla de Malverde es una construcción mediana y poco ostentosa, se localiza en Culiacán, a unos metros del Palacio de Gobierno de Sinaloa. El capellán, Jesús González, asegura que miles visitan la capilla cada mes, afirmando haber recibido buena salud y prosperidad gracias a los milagros de Malverde.

Una versión lo hizo nacer en la víspera de la Navidad de 1870, bajo el nombre de Jesús Juárez Mazo, en el municipio de Mocorito, poco más de 100 kilómetros al norte de Culiacán. Cansado de los abusos de los terratenientes hacia su gente, se convirtió en bandido. Se ocultaba en los caminos, acechaba adinerados para despojarlos de sus riquezas y repartirlas entre los pobres. Así, entre el “mal” y el “verde” del monte, nació el apodo que lo inmortalizó.

Para otros, su madre habría sido una jornalera radicada al norte de Culiacán. El 15 de enero de 1888, Guadalupe Malverde, madre soltera, se presentó al registro civil para asentar el nacimiento de su hijo, Jesús. Así consta en el acta 108 del libro 66 de la oficialía. El documento fue localizado por el entonces director del Archivo Histórico de Sinaloa, Gilberto López Alanís, en abril de 2016.

Durante el porfiriato, los terratenientes abusaron de la clase campesina. Había gran explotación, hambre y muy pocas oportunidades. Una de las vías para conseguir algo era el bandolerismo. Los hacendados imponían castigos ejemplares para proteger sus intereses y sembrar miedo entre la población.

Perseguido por el gobierno, Malverde habría sido capturado por órdenes del general Francisco Cañedo, gobernador de Sinaloa durante el porfiriato. La sentencia fue ejemplar: colgarlo de un mezquite y prohibir que le dieran sepultura. Su cuerpo, expuesto, debía ser advertencia para quienes desafiaran al poder.

Para Jesús Gonzalez, el actual párroco de su capilla, Malverde murió el 3 de mayo de 1909. Así se lo dijo su padre, Eligio Gónzalez, el antiguo capellán, pero no existen documentos, sólo relatos, mito, muerte, desaparición. La historia popular dice que lo encontró un arriero en Culiacán que hizo una promesa frente al cuerpo del colgado: si recuperaba sus animales perdidos, volvería para darle descanso. Los animales aparecieron. Y el arriero cumplió, desafió la orden, bajó el cuerpo y lo cubrió con piedras. No hubo tumba, no hubo lápida. Solo un montón de rocas. Y una fábula en ciernes.

La capilla se asemeja a una iglesia; tiene una imagen de Jesús Malverde al frente y una gran cruz en la parte superior. A la entrada se venden estampas, rosarios, amuletos, pulseras, collares y diversos objetos con el retrato de Malverde. Dentro hay distintos altares, un sitio de adoración, algunos son privados. Las paredes se encuentran repletas de placas de mármol grabadas con agradecimientos y con billetes pegados por los visitantes.

El busto de adoración de Jesús Malverde es una imagen cincelada por el imaginario del artista Sergio Flores. Su verdadero rostro es un misterio, no existe un retrato. Sin embargo, puede parecerse a muchas personas.

Malverde es representado como un hombre joven, con facciones definidas, cabello corto, cejas pobladas y bigote, vestido con una camisa blanca y un paño al cuello.

Malverde puede haber desaparecido, pero está en todas partes; es un rostro que pueden observar reflejado en muchas partes. En un país marcado por historias de ausencia forzada, es un desaparecido que aparece en el rostro de los sinaloenses. El busto esculpido por Flores en los años ochenta, es tan parecido a cualquiera de nosotros que habitualmente bromeamos: ahí va Malverde.

“Su fenotipo es el sinaloense. Te subes a un camión, vas al súper y vas a ver a Malverde. Acertaron hasta en esa forma de crearlo”, concluye Stephanie Cortés Aguilar, antropóloga sinaloense. Malverde tiene rostro y devotos pero no cuerpo.

Borrar su huella

Celebrar la muerte es una tradición profunda de México. Enterrar es dar descanso, celebrar su altar el día de muertos, recordarle. Impedirlo, es condenar la ofrenda de los sobrevivientes. Eso ocurre con los desaparecidos de la guerra contra el narcotráfico, iniciada con la Operación Cóndor en los años setenta e intensificada por el expresidente Felipe Calderón, en 2006. Desde ese entonces y hasta la fecha, se registran más de 16 personas desaparecidas y no localizadas en Sinaloa, según los conteos de las autoridades mexicanas.

Matar a una persona e impedir la sepultura es una infamia de castigo para el historiador Sergio Alberto Cervantes. El cuerpo era devorado y dispersado por animales carroñeros, poco a poco desaparecían los restos, ninguna cruz de madera recordaría que alguien había existido. La desaparición era y es “un símbolo que podría tener más peso que la muerte misma”, opina.

“Mátalos en caliente” ordenaba Porfirio Díaz a sus generales antes que un estallido social se expandiera. El objetivo era “evitar que ese personaje se convierta en una especie de ídolo de multitudes. Borrar todo vestigio histórico, decir: esta persona no existió”, explica Cervantes.

Pero esa no habría sido la suerte de Malverde. Su cuerpo recibió misericordia del arriero sin imaginar que aquel gesto terminaría convirtiéndose en un culto popular.

Junto a la tumba de Jesús Malverde se fundó la colonia La Redonda, a finales de los años cincuenta. Era un asentamiento irregular a un costado de las vías del ferrocarril, con casas de madera, cartón, plástico y otros materiales reciclados que nunca llegó a tener servicios públicos.

Algunos pobladores eran comerciantes y subsistían con la venta de productos a los pasajeros del tren. Otros llegaron porque simplemente no tenían dónde instalarse, pero respetaron la tumba de Malverde.

Desde su muerte, los campesinos comenzaron a ver a Jesús Malverde como el protector de los pobres, a quien podían pedirle favores a cambio de colocar una piedra en su tumba. Así fue hasta finales de los años setenta, cuando las autoridades iniciaron la construcción del Palacio de Gobierno de Sinaloa, justo en el terreno donde, según Cervantes, descansaban los restos del bandido generoso rodeado de cada vez más y más piedras.

Arrancar la tumba

La tumba siempre estuvo bien arreglada, dijo Martha Vega Ruiz. De pequeña no sabía la historia de Malverde, pero recuerda que su madre le decía: “Pónganle una piedrita al señor. Lo mató el gobierno porque ayudaba a los pobres”. 

Durante el porfiriato desapareció su cuerpo, el ex gobernador Alfonso G. Calderón intentó desaparecer su memoria. De todos los terrenos disponibles en Culiacán, a finales de los años setenta, las autoridades decidieron construir un edificio administrativo donde se encontraba el montículo improvisado. La decisión provocó el enojo de sus primeros creyentes.

 “Nos quitan a un ladrón porque se van a poner los ladrones más grandes enfrente”, decía la gente en aquel entonces, cuenta Martha.

Su esposo trabajaba de escolta de Alfonso G. Calderón, el mismo de la segunda desaparición de Malverde. Jesús Martínez Meza fue privado de la libertad por elementos del Ejército Mexicano el primero de mayo de 1977 y nunca fue localizado. Ahora ella es líder del colectivo Esposas y Familiares de Agentes de Seguridad Estatales Detenidos y Desaparecidos por Militares. Busca a su esposo y a las más de siete mil personas que continúan desaparecidas en la entidad.

A su esposo lo secuestraron junto al gobernador en las instalaciones de la Novena Zona Militar. La orden fue dada por el entonces comandante Ricardo Cervantes García Rojas, que dirigió la Operación Cóndor en Sinaloa, la primera batalla del estado mexicano contra los cultivos que Estados Unidos quería desaparecer. En la sierra, “los soldados desplazaron gente, asesinaron, desaparecieron y violaron mujeres impunemente”, lamenta ahora Martha Vega.

En las zonas serranas surgieron las primeras familias dedicadas a explotar la goma de opio y la marihuana para contrabando a Estados Unidos, estaban lejos de ser las grandes organizaciones criminales de hoy. La producción que la Operación Cóndor decía querer erradicar era y es una forma de sustento para miles campesinos de la región y para organizaciones criminales cada vez más poderosas.

El campesinado de la sierra veía como grandes benefactores a quienes regenteaban esa actividad. Los productores de marihuana y opio, que soportaron los embates de las autoridades durante la Operación Cóndor, llegaron a las ciudades como empresarios y comenzó la “narcocultura”, el culto al narco del que ni Malverde ni Sinaloa han podido escapar.

Los narco empresarios que migraron a las ciudades querían parecerse a Jesús Malverde: ser reconocidos como benefactores de los pobres. Así, la figura del santo de los pobres comenzó a mezclarse con la estética del narcotráfico.

“Se dio un fenómeno inverso: la influencia (cultural) venía de la periferia al centro, no del centro a las periferias. Toda esa parafernalia que venía con ellos fue penetrando poco a poco las capas sociales y las tradiciones urbanas”, explicó Cervantes.

“Son los bandoleros de la época moderna, los únicos que pueden hacer riqueza por fuera del sistema establecido y, aun así, ser aceptados por ciertos sectores sociales”, opinó el historiador.

Aquellos años marcaron el apogeo del narcotráfico en México y la tumba de piedras adquirió otro significado, dice Stephanie Cortés Aguilar, también docente de la Escuela de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

“Era un ánima que querían quitar. Un cenotafio que estorbaba al gobierno porque la gente iba”, señaló. Los fieles intentaban impedir que removieran la tumba, pero el gobierno no estaba dispuesto a detener una obra pública por una creencia popular.

“En vez de que vayan a rendirle culto y peregrinación a Malverde, ahora vendrán a rendirle culto y peregrinación al Estado Mexicano”, interpreta Sergio Alberto Cervantes.

Quitaron a los pobres de La Redonda y también a Malverde. “Vendieron la idea de hacerle algo digno, algo mejor, donde no tuvieran ningún conflicto”, expresó la señora Martha.

Pero Malverde ya había sido canonizado popularmente. Era el santo de los pobres.

La capilla

Durante la construcción del Palacio de Gobierno, de 1978 a 1980, las protestas para impedir la remoción de la tumba no fueron violentas. La feligresía rodeaba el altar para impedir su destrucción de día, pero las autoridades consiguieron en una noche lo que no lograban a sol vista. Las máquinas destruyeron el montículo completamente.

El Gobierno del Estado ofreció donar un terreno para un nuevo cenotafio. El párroco de Malverde, Jesús González asegura que su padre Eligio, uno de los fieles que resistía al embate gubernamental, fue contactado por el gobernador Alfonso G. Calderón para darle la noticia. Un predio junto a las vías del ferrocarril sería entregado para levantar una capilla en honor a Jesús Malverde.

“Quisieron desaparecerlo, quisieron quitar su capilla, pero no pudieron” afirmó Jesús González, quien se encarga de la capilla desde 2002, tras la muerte de su padre.

Su padre, Eligio González León, transportaba gente a comunidades serranas de Sinaloa. En uno de esos traslados, a principios de los años setenta, sufrió un asalto. Los bandidos le dispararon y una de las balas le perforó un pulmón. Se encomendó a Malverde y prometió hacerle una capilla si le salvaba la vida.

La primera construcción dedicada a Jesús Malverde a finales de esa misma década, era muy diferente al santuario de hoy. Sobre una sencilla plancha de concreto se levantaron varios cuadros de cemento apilados, formando pequeños nichos donde los creyentes colocaban flores, veladoras y ofrendas. Encima sobresalían tres grandes cruces que daban identidad al lugar. Todo estaba pintado en tonos verde y café, en medio de un terreno prácticamente vacío, junto a las vías del tren.

Eligio comenzó a administrar los donativos para acrecentar la capilla y, después, a entregar sillas de ruedas, muletas, despensas, láminas, catres, surtir recetas médicas, listas de útiles escolares y, durante un tiempo, incluso ataúdes y funerales para familias necesitadas. Malverde revivió en su gente. El milagro lo construyeron sus creyentes.

Al entrar a la capilla, alguno de los cuidadores entrega un sobre que dice: “Nadie es tan pobre que no pueda ayudarnos, ni tan rico que no pueda necesitarnos. Que Dios y Malverde te lo paguen. Si usted me ayuda, yo ayudo a más gente”, con la instrucción de depositarlo en alguna de las alcancías.

Los fieles siempre dejaron dinero en la capilla para los necesitados, pero nunca se les pregunta a qué se dedican o cuál es el origen de los recursos, admite Jesús González que niega la relación del culto popular con el narcotráfico. “Mucha gente lo critica como el santo de los narcos, pero es el santo del pueblo”, insiste al ser cuestionado sobre la visita de afamados narcotraficantes como Joaquín “El Chapo” Guzmán.

En la capilla se han vendido figuras de “El Chapo”, loterías con rostros de narcotraficantes, dijes en forma de marihuana o de fusiles AK-47, gorras y parafernalia alusiva.

Hasta los años setenta las ofrendas que llegaban a la tumba de Jesús Malverde eran piedras, algunas flores y velas, pero a la capilla comenzaron a llegar losas de mármol grabadas y dólares.

También “empezaron a llegar gentes con carros, con música, llevando bebidas; fue cuando se dio el boom de Malverde”, detalla Martha Vega.

Hazañas para cruzar cargamentos a Estados Unidos o la vida mafiosa de algunos creyentes de Malverde se han popularizado en corridos, pero ninguno tan escuchado en la capilla como el de Los Cadetes de Linares.

El corrido “Jesús Malverde” habla de un hombre que viaja a la capilla para pagar una manda. Lo describen como una persona agradecida por su buena fortuna, de gran fe y respeto hacia la imagen de Malverde.

“Humildemente hoy te pido, solo Juárez y Tijuana”, dice parte de la canción, en referencia a una supuesta nota que habría dejado Joaquín “El Chapo” Guzmán en la capilla, antes de ser detenido y extraditado a Estados Unidos, donde fue sentenciado a cadena perpetua.

Series de televisión, telenovelas, reportajes y algunos documentales han desparramado mundialmente a Jesús Malverde como el santo de los narcos. Eso ha favorecido la expansión del culto, pero también lo ha estigmatizado, considera Stephanie Cortés, al señalar que no existía ninguna relación directa entre Malverde y el narcotráfico.

“Le ha favorecido porque se ha hecho más popular, pero también lo ha estigmatizado. Lo han convertido en este personaje estrictamente ligado al mundo del narcotráfico, siendo que no nació como un personaje ligado al narcotráfico. Nació como un ánima que ayudaba a las personas que estaban desesperadas en los momentos más difíciles”, explicó.

Ni la ausencia de cuerpo ni la desaparición de la tumba terminaron con la fe. “Igual que la Virgen de Guadalupe, igual que Cristo, igual que Dios, igual que la Santa Muerte, Malverde es un ente. Las personas construyen una imaginería a través de esos personajes, igual que en otras religiones”, explica Cortés.

“Tristemente se ha dado mucho la mala fama hacia el santo Jesús Malverde, del cual yo testifico que es el santo de los pobres, quien ayuda al necesitado”, dijo Diana González que lleva más de 20 años de devoción y peleando contra la transformación del santo de los pobres en santo narco.

“Si te fijas somos gente del pueblo que ha pedido cosas buenas, no por narcos”, aseguró Adriana Pérez, quien acudió a dar gracias por los saludables 15 años de su hija.

Regresar al origen

La captura de Ismael “El Mayo” Zambada, en julio de 2024, provocó la ruptura del Cártel de Sinaloa. En septiembre de ese mismo año comenzaron los ataques entre las células criminales de “Los Chapitos” y “Los Mayos”, enfrentamientos que continúan hasta hoy. La violencia se volvió parte de la rutina: establecimientos y plazas comerciales cerradas o con horarios reducidos, suspensión recurrente de clases en las escuelas y una vida nocturna prácticamente inexistente. Salir a las calles se convirtió en un riesgo.

Las autoridades locales reconocen más de 2,700 muertos y 2,600 desaparecidos desde el inicio de la guerra entre los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán y de Ismael “El Mayo” Zambada. Poco más de 1,600 personas permanecen desaparecidas o no localizadas.

La capilla de Jesús Malverde no ha cerrado sus puertas pese al recrudecimiento de la violencia, aunque las visitas han disminuido y las peregrinaciones por su aniversario ya no convocan a la misma cantidad de personas.

“Sí nos ha perjudicado mucho. Mucha gente no viene por lo que está pasando. Mucha gente tiene miedo”, asegura el párroco Jesús González.

La gente sigue llegando en busca de apoyo, pero ya no es posible entregar la misma ayuda que en otros años. Sin revelar cifras, González admite que las donaciones de los creyentes han disminuido considerablemente.

Quienes continúan acudiendo son, sobre todo, los pobres: personas que piden favores sencillos y regresan para pagar sus mandas por la salud o las bendiciones recibidas para sus familias. En la capilla les entregan sobres para sus aportaciones, aunque las alcancías recaudan cada vez menos dinero.

Llegan obreros, empleados, comerciantes, artesanos, amas de casa, emprendedores, maestros y personas necesitadas. Son ellos quienes impiden la desaparición de Malverde.

“Ese santo surge como un santo de los pobres. Entonces, mientras haya pobres, no va a desaparecer el culto a Malverde”, reflexiona el historiador Sergio Alberto Cervantes.

Más de un siglo después, Jesús Malverde sigue siendo un desaparecido. Nadie sabe dónde terminó su cuerpo y no existe una tumba con sus restos. Ha sobrevivido sin necesidad de pruebas, sostenido únicamente por la memoria popular.

Los desaparecidos no son sólo quienes faltan físicamente. También lo son aquellos a quienes el poder intentó borrar de la historia y que, aun así, permanecen. Malverde sobrevivió al intento de desaparecer su cuerpo, a la destrucción de su tumba y a los esfuerzos por apropiarse de su imagen. Los medios crearon series, telenovelas y documentales que durante años lo convirtieron en el “santo de los narcos”, pero detrás de ese estereotipo seguía existiendo el antiguo bandido de los pobres.

La gente continúa llegando a su capilla para pedir trabajo, salud o ayuda para sus familias. Siguen llegando los pobres, los mismos para quienes, según la leyenda, Malverde robaba.

El recrudecimiento de la violencia ha terminado por alejar a ciertos sectores del culto a Jesús Malverde. Los narcotraficantes de hoy poco se parecen al bandido que desafiaba a los hacendados y repartía dinero entre los campesinos. Los grupos criminales desplazan familias, asesinan, desaparecen personas y siembran terror entre la ciudadanía. Los narcos no representan ayuda para el pueblo.

Mientras exista alguien capaz de llevarle flores, encenderle una vela o nombrarlo en voz baja antes de pedir un favor, Jesús Malverde seguirá existiendo. Su culto terminó convirtiéndose en otra forma de memoria: una manera de impedir que alguien desaparezca por completo.

Quizá esa sea la derrota final de quienes intentaron desaparecerlo: descubrir que ningún poder pasajero puede apropiarse ni destruir una creencia que ya pertenece al pueblo.

Este trabajo periodístico hace parte de la serie de publicaciones resultado del Fondo para investigaciones y nuevas narrativas sobre drogas convocado por la Fundación Gabo.