Mazatlán, Sinaloa.- Hace cinco días, casi sin nada, salieron de Tuxtla Gutiérrez, Chipas. Han recorrido casi 2 mil kilómetros hasta Mazatlán. Cinco días de viaje, de esperar a la orilla de las carreteras, de subir y bajar de vehículos desconocidos. Cinco días de avanzar a fuerza de raite. De confiar en la buena voluntad de los extraños.
Él, el varón, tiene un segundo nombre que a veces en la gente del sur suele ser apellido: Sergio Epigmenio. A ella, Jessica, el embarazo de tres meses aún no se le nota. Y están en esa ruta de las incertidumbres que para miles de migrantes representa la posibilidad de un nuevo comienzo.
Están de paso en Mazatlán. Han llegado al albergue de la agrupación Cáritas IAP. Les han ayudado con alimento y ropa. Hacen una pausa antes de continuar el recorrido al norte.
El que habla es Sergio Epigmenio.
“Voy a California a buscar el sueño americano”, dice con timidez esa frase que a veces es maldición y otras buena fortuna.
Detrás de sus palabras hay una historia de carencias. Sergio Epigmenio asegura que nunca ha ido a Estados Unidos. Pero dice que el embarazo de Jessica cambió su manera de ver el futuro. Hoy son dos personas enfrentando el viaje, pero dentro de unos meses la familia crecerá.
TUXTLA
En Tuxtla Gutiérrez era peón en obras de construcción. Ese tipo de trabajo en el que los ingresos insuficientes para sostener a una familia. Por eso decidió partir. Su necesidad fue creciendo con el tiempo.
“De donde vengo hay poco trabajo, poco sustento. Salimos hace cinco días. Gracias a Dios nos hemos encontrado personas buenas en el camino. No hemos notado mucha inseguridad porque nosotros estamos con un objetivo y no nos metemos con nadie”.
Mazatlán es apenas una escala en una ruta mucho más larga. Están a la mitad del sueño. De Mazatlán a Tijuana hay otros mil 800 kilómetros. En realidad Sergio Epigmenio y Jessica tienen varios objetivos: mañana seguir el camino, llegar a la frontera norte, buscar trabajo en Tijuana. Y luego intentar cruzar a Estados Unidos.
Cuando abandonen el albergue, volverán a la carretera. En la ruta les esperan nuevas horas bajo el sol, largas esperas en gasolineras y paraderos. Frente a ellos quedan cientos de kilómetros hasta Baja California y después una de las fronteras más vigiladas del mundo.
CÁRITAS
En este mismo albergue de la colonia Francisco Villa, Rafael Martínez Gallardo, fundador de Cáritas Mazatlán, llegó a atender a cientos de migrantes en una sola semana.
“De Venezuela, cuando estaba el problema muy serio allá, llegamos a tener unas 300 gentes aquí”.
Pero hoy el flujo migratorio ha bajado significativamente. Martínez Gallardo se lo atribuye a las políticas del gobierno de Donald Trump.
“Digamos que a la semana llegan parejas o familias, pero no como antes. Antes eran cientos de personas, ahora son decenas. Cuando mucho en un mes tenemos 100 gentes. Es por las políticas que hay en Estados Unidos. Pero siempre hay personas que van en busca del sueño americano, pero hoy saben que están perdidos porque están echando a los que ya viven allá y es muy riesgoso”.
Sergio Epigmenio y Jessica, que vieron agotarse el futuro en Tuxtla, saben que el camino termina convirtiéndose en la única dirección posible. Allá en la tierra usurpada al país del que dejan, creen que les espera una mejor vida. De línea a línea, la frontera parece ser su destino inevitable.

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