En el mundial de 1966, el reportero del Excélsior Manuel Seyde propuso, con desdén, nombrar a la selección mexicana como los ratones verdes. Durante décadas, jugadores de la selección mexicana de futbol que participó en ese mundial y muchos jugadores que posteriormente portaron un número de las camisetas verdes se sintieron ofendidos con el apelativo de roedores.
Muchos roedores, típicamente gregarios, nos rodean. Los roedores, en colectividad, sobreviven, se organizan y resisten ante los embates de un mundo en continuo estrés climático y que los amenaza profundamente.
Los roedores gregarios, volvieron a aparecer en su madriguera, una enorme mole de concreto que hospedaba a más de 80,000 de ellos cada encuentro. Inclusive hoy, mientras escribo estas líneas, muchas personas rechazarían el apelativo de ratones, pero estos, los que corrieron durante decenas de minutos en el campo me hicieron sentir diferente.
Desde 1998 el futbol y yo partimos caminos. Yo era un niño en la primaria y me rompió el corazón que un central improvisado del equipo al que seguía perdiera una marca y provocara que la selección mexicana cayera en eliminación directa contra una gran potencia. En el minuto 86, el gol de Oliver Bierhoff rompió nuestras esperanzas, y mi corazón futbolero.
Desde ese día, no fue una resbaladilla, pero paulatinamente fui perdiendo interés en quienes portaban la playera verde, en algún punto también por el futbol y hasta provocándome profundo rechazo a la selección nacional.
Hace menos de un mes, vi con recelo el primer partido, recordando viejos amores futbolísticos y reconectando con una pasión que no es la mía, como mencioné en mi podcast, Bibliófago, al entrevistar a Juan Villoro. Una selección chata, con jugadores que no reconocía y que jugaba a muy poco le ganó a una selección que a duras penas parecía saber dónde estaba la portería rival.
El país empezó a cambiar, por un momento, un instante que duró algunas semanas y gracias a una aparición inesperada en mi vida de una vieja presencia, me fui dando cuenta de que no era solamente era artificio, había algo más.
La reivindicación de la colonia de roedores vino de a poco, conociendo algunas historias que había detrás y también reconociendo a otras selecciones, como la de Cabo Verde y la de la República Democrática del Congo con Patrice Lumumba al frente, que representaban algo más que solo futbol.
Estos ratones verdes tienen mucho de lo que caracteriza a este país. Hay un anhelo de triunfo colectivo, el menor de toda la camada nos mantiene conteniendo la respiración, con la esperanza de un cambio profundo en el rectángulo verde pero que se espejea con una realidad nacional anhelante de cambios. Nos hace sentir como si siempre pudiéramos ser eternos debutantes, anhelando una sorpresa que, tal vez, no llegue en esta ocasión.
También hay un México migrante, que se afincó en varias generaciones en el vecino país del norte y etiquetó a esas personas como quienes pueden ser caracterizadas con esa palabra. Curiosamente provocando que apenas miráramos de soslayo a quienes migran a enterrar sus raíces en nuestra tierra, compartiéndonos su habilidad, en el caso de los ratones verdes, y su sabiduría en una larga historia de migrantes y exiliados que han habitado este país.
Este país no sería nada si no fuera capaz de mirar a sus ancianos, en la banca, en la portería o en la delantera, los veteranos nos ayudan a mirar hacia adelante con la sabiduría de quienes han librado mil batallas y que saben, mejor que nosotros, que aún en el pasado más doloroso podemos seguir soñando con un futuro luminoso.
La colectividad, en el campo, revela algo que cualquier político tradicional se niega a aceptar: que la diversidad de quienes habitamos este país es una gran riqueza, que nos organizamos en colonias y que a veces, ante los embates, nos escondemos en madrigueras. Pero muchos caminamos, los años, las décadas, y los siglos, por esta tierra viendo hacia el futuro donde los ratones verdes, por fin, tomarán el lugar que siempre les ha pertenecido.
Muchas gracias, Ratones Verdes, por hacerme volver a creer en una alegría colectiva incontrolable.

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