No pocas veces he leído cosas raras en columnas y textos que expresan juicios de valor sobre los hechos del pasado. Condicionan la interpretación de lo que fue, al marco moral o ético prevalente en su tiempo. Esto puede resultar tentador, porque entre los lectores hay quienes gustan de “destruir” los gloriosos pedestales de la historia, para tratar de construir una nueva desde la particular forma de entender el mundo.

Sobre la vida prehispánica y la conquista de América he leído de todo. Afirmaciones como que los indígenas mexicanos —civilizaciones originarias expresadas en términos del Dr. Miguel de León Portilla— eran unos salvajes antropófagos, indignos de formar cultura; es decir, que, ante la barbarie de comerse en tlacataolli a los guerreros rivales vencidos en la lucha, los mexicas o aztecas no merecen ser considerados una cultura avanzada para su tiempo. Y que, la conquista europea en tierras del nuevo continente vino a “civilizar” las tribus bárbaras que, diez siglos después de Cristo, seguían comiéndose entre ellos y torturando doncellas vírgenes en ofrendas consagradas a sus dioses.

Los mexicas o aztecas fueron un pueblo guerrero, marcado por la lucha rival, la expansión y el dominio de territorios, tal como múltiples civilizaciones del pasado. Tenían un perfecto conocimiento de las estaciones del año a través de la contemplación del universo, sabían de matemáticas bajo un sistema numérico vigesimal y poseían gran capacidad para la construcción de obras arquitectónicas que han sobrevivido al tiempo y se erigen como maravillas creadas por el hombre. Destacan también por construir ciudades flotantes, y una compleja sociedad de castas en donde se promovía la educación gratuita y universal para todas ellas.

Ahora bien, entre los anacronistas morales están los opuestos al “europeísmo”, los que se vuelcan sobre el “indigenismo” y afirman que los conquistadores españoles eran un grupúsculo de criminales, mercenarios y desadaptados, que vinieron a probar una segunda oportunidad en tierras nuevas. Enfermos sifilíticos, virulentos y desaseados que no tenían por costumbre el baño diario, ni el mínimo cuidado en su aseo personal. Con los españoles llegó la peste y mató a más indígenas que las propias armas. Enfermos de poder, ambiciosos de riqueza y depravados, cuyo único interés era saquear los tesoros de los templos, aparearse con nativas y causar el mayor daño posible a los pueblos originarios de América. Unas bestias malolientes con armadura.

Las dos posturas, que podrían creerse y darse por válidas según la afinidad ideológica que el lector empalme, se interpretan incorrectamente en el juicio de lo pasado. Para el historiador y el científico social de oficio, el mayor de los pecados estaría en observar el fenómeno histórico desde el anacronismo, dijo Lucien Febvre, uno de los historiadores franceses más respetados en el modernismo objetivo de las ciencias sociales. Para él, los hechos históricos no son horizontales, ni determinables en categorías de “buenos y malos”, no se ajustan a los criterios de verdad o moral de nuestra época. Porque si así fuera: “hubiéramos previsto a Diógenes con un paraguas y a Marte de una ametralladora”.

Entonces comencemos por olvidarnos de las estupideces posmodernas que nos obligan a pensar en salvajismos históricos como decir que; Cristóbal Colón no era más que un vago busca fortunas, o que Alejandro Magno fue un despiadado genocida, o de la reina Ana Bolena de Inglaterra como una degenerada incestuosa. El punto más importante para entender la historia como ciencia y no como mito, es ponerla en la dimensión de su tiempo, a lo que pasaba ahí en el contexto en el que sucedieron los hechos y no en lo que, a nuestro juicio presente, deben, deberían o debieron ser las cosas. Los sujetos y personajes históricos tienen que parecerse a los de su tiempo, no a los del nuestro.

  • Es más fácil ser un anacronista moral que no serlo. Debemos confesar con honestidad que todos los que gustamos de los relatos históricos, tenemos prejuicios dados sobre ciertos hitos y puntos clave de la historia universal, nacional o local. Lo difícil es tratar de despegar a los personajes del pasado de nuestra moralidad presente, ese es el verdadero reto para la redacción de textos históricos, políticos y científicos.

Entre más lejano sea el fenómeno, menos problema tendremos sobre el prejuicio moral de los hechos. ¿Y si el viento hubiera corrido en sentido contrario en la batalla de Lepanto? León Trotsky fue victimado en México, pero no sabemos los crímenes que cometió -o no- antes de su exilio. ¿Pero quién habrá matado más inocentes en la Revolución Mexicana; Pancho Villa o Álvaro Obregón? ¿Tuvo razones justificadas y legítimas la sublevación indígena de Chiapas en 1994? ¿El cardenal Posadas Ocampo fue víctima colateral de una confusión mafiosa? ¿Peña Nieto es el expresidente más corrupto de México? ¿Andrés Manuel será recordado como el gran transformador de su época?… Entre más nos acercamos a nuestro tiempo, resulta más difícil despegarnos de nuestros prejuicios. Luego le seguimos.

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