Al colibrí de tanto estornudar
Se le puso el piquito rojo
No pudo más y decidió emigrar
Con una lágrima en los ojos
Virulo – El Colibrí
Tengo que ser totalmente sincero: no me gusta enterrar mis pies en la arena. Desde que era pequeño y viviendo tan cerca de la cosa, la arena siempre me fue ajena, la enfrentaba con temor, rechazaba su sensación sobre mis pies y me repelía lo escurridiza que es inclusive cuando te lavas después de estar en la playa. Muchas personas consideran esto una afrenta siendo habitante nativo de Yucatán y teniendo mi casa aproximadamente a 33 kilómetros de la playa. Mi hermana ama el mar, y mi papá también lo hacía, pero yo no y mi mamá tampoco. Es como un gigante dormido cerca del que camino, pero no me aviento a meterme.
Algunas veces en mi vida he disfrutado el mar cuando he tenido la compañía correcta, tampoco he de mentir, pero la arena nunca la disfruté, la rechacé todas las veces. Cuando estoy en un lugar donde hay de arena suelo andar en chanclas todo el tiempo y aún al acercarme a donde rompen apacibles las olas de la península me niego a estar lejos de la suela plástica, hasta que estoy a unos cuantos centímetros de que la espuma se derrame sobre mis pies.
Pero la vida me dio un vuelco hace un par de meses. Un proyecto en el que colaboro con radioecológica 92.5 F.M. me llevó a Isla Arena, en Campeche. Desde el nombre el lugar parecía un lugar no muy amigable conmigo, pero me habían contado puras cosas hermosas e interesantes. Isla Arena está ubicada muy cerca de Yucatán, y sería una comunidad fronteriza si no fuera porque no está conectada con el estado de Yucatán más que por mar.
Para llegar desde Mérida hay que manejar unas tres horas, entrar al estado de Campeche y desviarse hacia Tankuché, el pueblo más cercano que está a 45 minutos de Isla Arena.
Después del recorrido en una carretera estrechísima llegamos a Carey, un espacio de turismo comunitario en Isla Arena, su palapa, su cocina y sus cabañas nos abrieron las puertas a un fin de semana totalmente memorable. Durante los tres días trabajaríamos con integrantes de 7 grupos comunitarios en una capacitación y también los entrevistaríamos para el proyecto que estamos realizando.
Esta no es una crónica de ese taller, sino de algo mágico que me pasó en la arena de Isla Arena. Así que en las siguientes palabras no encontrarán la curiosidad de las personas que conocí de diferentes partes de Campeche que hacen proyectos maravillosos, ni el esfuerzo de las manos que se entierran para restaurar el manglar, ni el cariño de las personas que trabajan con abejas meliponas, mucho menos la apuesta de transformación energética de una organización para diseñar una nueva ingeniería de motores de barcos. Todo eso podrán conocerlo en otros productos periodísticos, que no son este texto.
Así que, me permitiré continuar contándoles de la persona que hizo posible esta experiencia: Oriana, que habita ahí mismo en Isla Arena. La segunda noche que hicimos en Isla Arena nos quedamos platicando después de la cena, Marlon que conoce de hace algún tiempo a Oriana había comentado que había luminiscencia y si por él fuera la vería todos los días.
Oriana es una persona muy extrovertida y platicadora, si te das el tiempo de escucharla tiene la capacidad de contarte decenas de historias que acontecen en Isla Arena pareciendo que lleva viviendo varias generaciones ahí. Como raíces de mangle lo que cuenta Oriana se muestra majestuoso, pero oculta una profundidad que solo puedes descubrir con el tiempo.
Oriana y Marlon se conocen de hace tiempo porque sus proyectos han compartido diferentes espacios y financiamientos así que se hablan con mucha naturalidad. Entre bromas y ante la incredulidad de Pame, Mario, Víctor y yo, nos dice que inclusive se puede ver la bioluminiscencia en la playa, a tal vez 30 metros de donde estamos sentados platicando.
La luna estaba caprichosa esa noche y no había nubes, así que su luz nos bañó y pareció dejar las palabras de Oriana en entredicho. Nos dijo que nos podría llevar a un lugar aquí cerquita donde conoceríamos la bioluminiscencia y Marlon se animó mucho.
Nos guiaron al borde de un área arbolada y nos metimos entre las matas y la arena en un camino que estaba totalmente oscuro. Mis temerosos e indecisos pies pisaban arena que sentía podía sumergirme y mis nerviosas manos buscaban asideros, en la oscuridad y apenas con una iluminación tenue gracias a algunos celulares me encontré caminando sobre unas largas tablas que aparecieron bajo mis pies.
Me sentía entre la expectativa y el temor, en algunas de mis noches de insomnio la oscuridad y la arena podrían hacer una combinación terrible. Llegamos después de unos minutos a una bahía chiquitita, de unos cuantos metros de ancho que daba a la zona donde el mar se cruza con el mangle y Oriana nos pidió que apagáramos los celulares.
En la oscuridad, y con una voz que apapacha, Oriana nos dijo que camináramos y mirásemos nuestros pies. Contra mi instinto seguí lo que nos recomendaba junto con quitarnos las chanclas.
Y el espectáculo sucedió.
Diminutas luces, como estrellas caídas del cielo se prendían y apagaban ante nuestros pasos. Nunca he mirado tanto mis pies como esa noche, me parece hasta una posición antinatural estar durante varios minutos viéndome los pies al caminar. Las luces en tonos azules, turquesas y morados, se encendían y fallecían en menos de lo que dura tomar aliento.
Además, se trepaban, mientras más caminaba, la arena y las diminutas luces maravillosas se subían por mis pies, mis empeines y mis tobillos estaban salpicados de puntos hermosos que brillaban y me hacían sentir como un caminante del cielo. Las estrellas me abrazan las piernas y trepan, se escabullen, y siento cómo me abren los pulmones hacia el cielo, que ahora es la tierra.
La bioluminiscencia habitó mi piel por un período efímero, pero dejó su huella en la profundidad de mi ser. Este espectáculo mágico sucediendo al contacto con mi cuerpo me pareció deslumbrante y encantador.
Creo que nunca volveré a ver la noche igual sabiendo que se puede caminar sobre ella.
A los pocos minutos volvimos a los vehículos con la mirada en el horizonte. Tras una ducha caí rendido y sentí la satisfacción de haber vivido una de las mejores noches de mi vida.
@RuloZetaka
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