En su fundamental ensayo Capitalismo Gore: Control económico, Violencia y Narcopoder, la filósofa y poeta mexicana, Sayak Valencia, con base en el caso paradigmático de la ciudad de Tijuana, “la última esquina de Latinoamérica”, se refirió al capitalismo gore como una forma de reinterpretación de la economía hegemónica y global desde los espacios (geográficamente) fronterizos.

Esta se concreta en “el derramamiento de sangre explícito e injustificado, al altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con el crimen organizado, el género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de necroempoderamiento”, lo que constituye un “precio a pagar por el Tercer Mundo que se aferra a seguir las lógicas del capitalismo, cada vez más exigentes”.

La violencia y los cuerpos son capitalizados como mercancías, recursos y negocios por actores y dispositivos que los convierten en un espectáculo macabro y sangriento, o sea gore, como en una película distópica que, sin embargo, lo percibamos o no, es una dimensión de nuestro presente y de nuestra geografía, mucho más allá de los espacios fronterizos y excepcionales.

Los protagonistas de esta distopia autorrealizada, descrita por Valencia en su obra, serían “sujetos endriagos”, necroempoderados y tóxicamente masculinizados, erigidos a modelos viables de vida por toda una serie de operadores “culturales” y “comunicacionales” que acumulan, lavan o insertan capitales a raíz del negocio narcocultural.

El filósofo camerunés Achille Mbembe habló al respecto de la necropolítica, política de muerte y expulsión de población con la que el soberano, hoy tecnificado y despersonalizado, decide quién debe morir o debe sobrevivir en una suerte de inframundo. La necropolítica sería un equivalente empírico en el Sur global de lo que, en el Norte, es (o era) la biopolítica, política de control sobre la vida que selecciona a la población, la clasifica, la protege y educa para ser productiva dentro del capitalismo.

Sin embargo, en un mundo empecinado en una guerra civil planetaria, y dentro de una economía globalizada, desregulada, privatizada (neoliberalizada) y financiarizada, el sistema postula la existencia de un exceso de población que rebasa las fronteras y se sitúa tanto dentro como alrededor de los llamados “países desarrollados”, así como en los que eternamente se consideran “en vías de desarrollo”. La necropolítica y las lógicas de un capitalismo cada vez más extractor y vampiresco se deparan tanto a lo largo del Río Bravo como del Suchiate, en los guetos de Los Angeles y en las barriadas mexicanas, en el Mediterráneo italiano y en las periferias globales.

El “excedente” o “superfluo” se vuelve mayoría demográfica, mas es silenciado y marginado por una larga serie de crecientes e insultantes desigualdades, producidas material e ideológicamente por los encumbrados de la pirámide. Los expulsados, excluidos, desaparecidos social o físicamente, liberan el campo, son desplazados forzadamente para abrir espacio a otros proyectos, no de vida, sino de explotación y despojo, que alimentan circuitos violentos y ramas del capitalismo y el emprendedurismo gore.

El poder duro, o sea el de coerción, económico y militar, de organizaciones articuladas entre sí, o redes macrocriminales, como las que conforman ciertos grupos delincuenciales-paramilitares en México, produce tanto violencia expresiva, o sea, estética y comunicativa, para esparcir terror o marcar territorio, como violencia instrumental, para alcanzar metas definidas y concretas. Este poder, asimismo, claramente impone reglas y conductas mediante las armas, la extorsión y la dominación material de los sujetos y las comunidades.

Pero el poder duro en toda organización, grupo o país, no se sustenta por demasiado tiempo, o resulta muy costoso, si no se acompaña de un poder blando, suave, soft, que se funda, más bien, en el convencimiento, el consenso, en la fascinación y la atracción, así que este poder consigue que los demás actúen según sus dictámenes sin sentirse cohibidos, sin percibirlo como un acto en contra de su voluntad.

El poder suave actúa sobre las conciencias y las preferencias dizque espontáneas de un grupo o comunidad, normalizando valores y creencias, incluso prácticas antes inaceptables que, de pronto, se asimilan y se reproducen social y digitalmente, porque se vuelven hegemónicas, es decir, regulares, cool, pop o lo que sea. 

No habría capitalismo gore extremo que perdure sin el suave ejercicio de un poder convincente, no menos brutal tal vez, pero sí legitimador, de cara amigable y disuasor, que justifica hasta lo más absurdo: la apología de la mafia, del narco y sus desechos que nos rodean.

La narcocultura, celebrativa de la muerte y la prevaricación, las armas y el poder, las plazas de la droga y los palenques de combate, configura devociones al hedonismo y al hiperconsumo, dentro de un mundo de disparidades y agravios estructurales contra los más vulnerables. Como todo subproducto capitalista, la narcocultura es voraz y va fagocitando elementos de la cultura y la historia mexicanas, como los corridos, el habitus ranchero o las devociones populares, para fetichizarlos masivamente.

Así es como la nebulosa del culto a la mafia mexicana y sus efímeros cadetes se ha instalado en el imaginario, en los oídos, las pantallas, las redes sociales y la vida cotidiana de millones de personas, poco a poco, lenta pero segura, como apéndice suave del duro y sonante capital.

Sucio y criminal, el capital, lavado o legal, se recanaliza y recicla en los circuitos de la moda, las series, la música, el merchandising y el entretenimiento, dominados por pujantes industrias internacionales.

México sigue siendo un eslabón pobre de la larga y concentrada cadena del valor que desemboca en mucha riqueza para unos cuantos y mucha fama injustificada para figuras ególatras criminales.

Sigue siendo México epicentro de conciertos, teatros y dramas, surco de la sangre que se queda en este Sur mientras el dinero y la substancia fluyen al Norte, y es anillo de un ciclo de reproducción de la plusvalía, de la ganancia narcótica que apuntala el reino financiero, tambaleante y disfuncional, de Wall Street a Hong Kong, de Londres a Singapur.

La proyección de imágenes de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, durante un concierto de la banda Los Alegres del Barranco, en el Auditorio Telmex de la Universidad de Guadalajara, el pasado sábado 29 de marzo, ha provocado nuevamente debates acerca de la llamada “narcocultura” y si se deban prohibir algunas de sus expresiones. 

Mientras tanto, Los Alegres del Barranco no han perdido tiempo en discusiones y, pese a que ya les fueron cancelados varios de sus eventos para las próximas semanas, han repetido su “performance” apologética del delincuente, de la misma manera, en un concierto el 30 de marzo, ahora en Uruapan.

Se trata de la punta de un iceberg que se escapa del control de las autoridades, las redes y la legislación. Difícilmente podría regularse y contenerse por completo por la vía normativa, si antes no va evolucionando y cambiando el sustrato social y las precondiciones que lo conservan y acrecen.

Esto porque en una parte de la población, no solo entre las y los más jóvenes, estos contenidos otorgan sentido e identidad, divierten, seducen y cohesionan. Además, en muchas ocasiones hay tonos y tintes de clasismo, aporofobia y racismo en las críticas que se le hacen a este fenómeno, identificándolo a rajatabla como típico de ciertos sectores populares o acusados de colusión con el narco, descargando la responsabilidad en los individuos y no en los aparatos que empujan las pautas culturales. Y lo anterior incluso puede reforzar su pegue y difusión, hasta como forma de subalternidad y “contrahegemonía”, por decirlo de alguna manera.

Aunque pueden llegar a ser vehículos y justificantes de actos y apologías criminales, músicos y series, entre otras expresiones, representan el “suave poder de la narcocultura”, la superestructura que remoza y legitima el poder duro de las armas y la economía criminal, mismas que subyacen a las estructuras capitalistas y necropolíticas legalizadas y transnacionales.

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