Cada semana parece que la ciudad suma una nueva camada de uniformes. Se instalan en nuestras calles, ocupan esquinas, montan retenes. Ninguno se va.

El resultado: una ciudad atravesada por puntos de control. Vehículos detenidos a casi cualquier hora, revisiones rápidas (y no tan rápidas). Y más recientemente, también revisión a peatones.

Las preguntas de siempre: ¿A dónde va? ¿De dónde viene?

Aunque la ley reconoce derechos, en la práctica sabemos que lo prudente es “llevar la fiesta en paz”. No discutir, no levantar la voz. Contestamos bajito y evitamos la mirada larga, como si nuestra seguridad dependiera de esa cortesía forzada. Y en efecto, depende.

La costumbre vieja que se hizo rutina diaria

 

Lo más inquietante es que no se trata de algo nuevo. Antes de este año de violencia, ya existían retenes y revisiones arbitrarias. La diferencia es que ahora esa dinámica se ha multiplicado y normalizado. En otras palabras: lo que antes era una –red flag– hoy es parte del paisaje. Pasar por un retén no es la excepción, es lo cotidiano.

Recientemente pregunté de manera pública cómo les había ido a las personas que habían sido detenidas por algún retén. No es de sorprender la frecuencia de este hecho, sino la valoración:

– “Me han revisado, pero son amables.”

Nomás eso faltaba. Ya no cuestionamos la arbitrariedad de la detención, sino que medimos la experiencia en términos de amabilidad.

Hemos llegado a un punto en que la violencia se mide por grados de cortesía. La pregunta no es si te detienen, sino cómo lo hacen. Lo excepcional no es el retén, sino el trato. Y el consuelo es que “no nos agreden”, es decir, que su actuar tiene, por lo menos, un límite.

Esto significa que el estándar social se invirtió: lo esperado es el abuso, lo extraordinario es la ausencia de él. En un país donde los derechos deberían ser el mínimo, nos conformamos con que la autoridad no nos humille, no nos golpee, no nos robe. Y lo llamamos “amabilidad

Esta normalización es peligrosa porque vuelve invisible la violencia estructural. La arbitrariedad cotidiana no suele dejar huellas físicas ni titulares en los medios. Sin embargo, produce efectos profundos: miedo, autocensura, resignación.

Aprendemos a bajar la voz, a controlar gestos, a moldear nuestras rutinas en función de los retenes. Un control difuso, pero eficaz porque la vigilancia ya no solo está en las armas, sino en la mente de quienes aprenden a obedecer para evitar problemas.

El hecho de que haya reportes de peatones detenidos, muestra cómo esta práctica se extiende sin límites. Lo que comenzó como revisiones a vehículos ahora alcanza a cualquiera que camine por la calle. El espacio público se vuelve un territorio de sospechoso. Todos estamos bajo sospecha

¿Y luego?

 

Lo que queda es cuestionarnos. ¿Qué tanto nos damos cuenta de lo que se normaliza? Porque la violencia en Culiacán no empezó en septiembre de 2024, pero sí se ha intensificado y reconfigurado. La ciudad vive bajo una lógica de estado de excepción permanente, la arbitrariedad se vuelve regla.

Aceptar esta situación como algo inevitable es resignarnos a que la excepción sea la norma. Decir que “son amables” no elimina la injusticia de fondo: Que nos detienen sin causa, que vivimos en una ciudad vigilada donde los derechos los ejercemos a medias y con miedo

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO