«Cuando dos perros se encuentran en la calle, ¿qué hacen?, no sé, mi cadete… Pelean. Ladran y se lanzan uno encima de otro. Y se muerden». Así fue ‘bautizado’ el Esclavo, inclinado en cuatro patas y haciendo las veces de perro. Tal parece que los estudiantes del colegio están en éste en contra de su voluntad; por lo menos sí los del Círculo. Todos tienen un apodo, en su mayoría de animales, pero el Jaguar es el más temido. Nadie lo ‘bautizó’ cuando entró a la camarilla y nadie se atrevió a retarlo; en cambio, el resto fue sometido a las pruebas más salvajes.
Alguien se ha robado una prueba un día antes del examen. El ladrón deja la evidencia; un vidrio roto. El resto del Círculo —una camarilla que infunde violencia en el colegio Leoncio Prado— se reúne para armar un plan y no ser delatados. Las autoridades del colegio acusan al personal de vigilancia y la camarilla descubre que hay un soplón. El temible Jaguar, jefe del Círculo, tiene sus sospechosos y se obsesiona con darles su merecido. El Esclavo es el más señalado, pero el Serrano es quien recibe el mayor escarmiento… sólo por el momento.
La ciudad y los perros fue la primera y polémica novela de Mario Vargas Llosa. Empezó a escribirla cuando tenía 22 años y se publicó cuando tenía 26; una edad temprana para plasmar de manera magistral la brutalidad que se percibe en toda la novela. Se ha dicho mucho de La ciudad y los perros: que Varga Llosa plasma su animadversión hacia la milicia corrupta, que se quemaron mil ejemplares públicamente, que es autobiográfica, que Alberto el Poeta es el mismo autor, que fue censurada por muchos. Lo cierto es que, autobiográfica o no, muchos de los personajes fueron ‘amasados’ con un poco de la vida misma de Vargas Llosa, como él mismo lo ha dicho, pero ya metidos en la historia cada uno fue tomando vida propia. Sin duda una novela para releer.
Alberto el Poeta gana cigarrillos escribiendo cartas de amor por encargo y alguna que otra novelita pornográfica. También defiende a su amigo el Esclavo, a quién a su vez traiciona al no entregarle la carta que éste le envió a Teresa, su novia. Aún con remordimiento, Alberto la corteja, pero es el Jaguar quien se queda con ella. Los padres de Alberto, disfuncionales como pareja, discuten sobre la permanencia de su hijo en un colegio militarizado. El padre se impone y dice que Alberto entrará allí para que lo hagan hombrecito.
En una prueba de campo el Esclavo recibe un tiro en la cabeza. Las autoridades del colegio lamentan el accidente, pero alguien se empeña en delatar al asesino. Las autoridades se niegan a escuchar al confesor por no ganarse el desprestigio social. Aun así, Alberto deja saber que el Jaguar asesinó al Esclavo. La trama hace ver de lo que son capaces la camarilla del Círculo y todos los «perros» —modismo limeño para referirse a los cadetes que cursan los primeros años en el Leoncio Prado—. Declaraciones y castigos que exhiben lo que hay dentro y fuera de la vida estudiantil, en el Leoncio Prado y en Lima, Perú. Una trama de ida y vuelta, donde en cada parada el autor logra adentrar al lector y hacerlo partícipe de un universo aparentemente ficticio, donde cada final va mostrando todo lo contrario.
La Malpapeada, el Boa, la Pies dorados, el teniente Gamboa, Teresa, los amigos del barrio, los padres de Alberto, el flaco Higueras y los múltiples personajes circunstanciales hacen de La ciudad y los perros una historia bellísima por su forma y sumamente ruda por su crudeza.
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