Hay momentos en que la queja de Stephany Mallarmé cobra un sentido excepcional: ̶ ¡Cuánto tiempo pierdo en ganarme la vida, y cuántas horas, que ya no tendré, deberán ser ofrecidas al arte! Aunque el común de los mortales estamos obligados a ganarnos el pan trabajando en los espacios que ofrece la agricultura, la pesca, la industria o los servicios, no deja de ser un invaluable elemento de plenitud leer, escribir, pintar, esculpir o hacer fotografía. Encaminado por esa senda atendí la solicitud de mi amigo Vladimir Ramírez para leer su novela inédita De vez en cuando la vida. Es un texto que reclamará un lugar especial entre las referencias de los combativos años setenta del siglo XX. Ojalá lo publique pronto.

Patty González me obsequió Actos Humanos de Han Kang. Corea, la patria de la escritora, vivió en mayo de 1980 su propio “68”. Impactado por la sensibilidad con que narra la tragedia de Gwangjó, su tierra natal, no paré hasta leer Imposible decir adiós y La vegetariana. En esos textos, aunque trata temas de la gente común, siempre refiere una y otra vez las cicatrices que no terminan por sanar de aquel mayo coreano. La literatura brasileña se asomó con La tuerta y otros relatos de Julia Lopes de Almeida; allí la tragedia de las zonas pobres cobra la estatura del verdadero arte en su pluma, pues bien dice:  ̶ La lágrima amarga puede ser dulce si se le mira a través de la nostalgia. Llamó mi atención El cuaderno rojo de Paul Auster; para este estadounidense “el mundo era (de niño) como los poemas de Baudelaire, Rimboud y Verlaine: incomprensible y apasionante”. Y cómo ignorar su A salto de mata. Si la niñez se desenvuelve en un mundo difícil, la juventud cobró sus propias facturas.

Imposible tener a mano al diplomático Jacques Roumain y no hurgar en la historia de su entrañable Haití. Gobernadores del rocío, es la desigual lucha de un pueblo que parece haber nacido para hermanarse al hambre y al sufrimiento. Pero no hay rendición, hay poesía, porque dice el autor:  ̶ La resignación es traición, es casi tan parecida al desaliento. Y si Robinson Crusoe fue de mi agrado, Diario del año de la peste de Daniel Defoe tiene lo suyo. La gran plaga de Londres de 1665 nos hace volver los ojos a la pandemia con que abrimos la presente década. La confinación que vivimos es una medida sanitaria que se remite a ese terrible año inglés. Y sin superar las congojas que nos deja Defoe, leo Los excluidos de Elfriede Jelinek. Austria no puede sepultar los horrores vividos en la II Guerra Mundial y un grupo de jovencitos desnuda las debilidades de su tejido social.

Fue refrescante leer un breve ensayo de Nancy Guadalupe Domínguez Lizárraga titulado Democracia y violencia en Sinaloa: un vínculo peligroso. La autora afirma:  ̶ Los nexos entre las élites políticas y criminales son parte de un sistema de gobernanza informal en varias regiones de México. Para atender al Club de lectura de la CEDH releí a Jack London: El amor a la vida, que tiene el sabor de la aventura de gambusinos en las tierras heladas del Yukón y Klondike. Y como hay una complicada época para México y para España que nos hermana: 1808-12, volví a Benito Pérez Galdós. Si Goya inmortalizó en cuadros la resistencia a la invasión napoleónica, Pérez Galdós lo hizo en letras de molde. La poesía volvió por sus fueros con el libro Canción del pescador, del poeta Rubén Rivera; la obra es un homenaje a la Bahía de Navachiste y sus ejemplares pescadores.
Gerardo Unzueta, El General, con su novela autobiográfica La Grande y el Diablo fue una bonita oportunidad para recordar su fiel amistad y su hermosa pieza jurídica y literaria: El tribunal de los pingüinos. La Facultad de Ciencias Sociales de la UAS Mazatlán tiene un premio bianual, se llama Ernesto Galarza: un personaje originario de Jalcocotán, Nayarit, residente en su infancia de Mazatlán, un distinguidísimo universitario en California y defensor de los derechos de los jornaleros inmigrantes en Estados Unidos al lado del legendario César Chávez. Su novela autobiográfica Traspasando fronteras fue un fresco ejercicio de lectura. El club de lectura me regresó a la bella prosa de Ermilo Abreu Gómez con su clásico Canek, incluyendo al sufrido Franz Kafka y su mortificado Gregorio Samsa en La metamorfosis.

La lectura a un valioso ensayo de Lidia Beatriz López Velázquez dejó huellas indelebles en mi pensamiento:  ̶ Porque mientras un solo niño desplazado permanece sin escuela, la justicia seguirá incompleta. ̶ Dice y con mucha razón. La ficción y el buen humor de Patricio Ortiz llegó como una brisa fresca en tarde verano con Tres amigos, un Maserati y los señores mayas del tiempo. La tesis central: el regreso al año de 1994 y los apuros por salvar al candidato Colosio, resulta una historia muy atractiva, que debió haber gustado mucho a su padrino Elmer Mendoza. Con cierta aprensión leí página a página La formación del polaco Jerzy Andrzejewski, pues aún con la claridad y calidad literaria, las terribles prácticas en los campos de concentración no dejan de impactar sobremanera hasta al más pintado.

Entre los libros que estoy a punto concluir quedan Contra el progreso del esloveno Slavoj Zizek y Melancolía de la resistencia de Laszló Krasznahorkai, premio nobel de literatura 2025. El entorno complejo que hemos vivido en los últimos casi 16 meses, la multiplicación del trabajo en la responsabilidad que me asignó el Congreso de Sinaloa, han limitado el tiempo que demanda tanta y tan buena literatura existente. No me quejo por ello, pues la oportunidad de estar al frente de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos abre las puertas para participar en la primera trinchera de los problemas, con

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