Hace 30 ó 40 años el imaginario colectivo en torno a las universidades es que eran el camino hacia un futuro mejor, hacia la obtención de un buen empleo, la estabilidad laboral y el mejoramiento del estilo de vida. Hoy ese imaginario se derrumba ante las oleadas de profesionistas que despachan las universidades, como fábricas chinas, que no encuentran un trabajo dónde colocarse, acorde o no a lo que estudiaron en las aulas.
Hace dos generaciones nuestros padres y abuelos se esforzaban porque sus hijos e hijas tuvieran la oportunidad que ellos no pudieron: cursar una carrera universitaria. Tener en casa a un licenciado, médico, abogado u otro profesionista era motivo de orgullo, de estatus, el reflejo de la templanza y de un futuro prometedor que rompía con el rezago escolar y económico de toda la familia.
La burbuja se reventó y décadas después vemos cómo existe una sobre oferta de profesionistas, una precarización laboral creciente y a las universidades convertidas en fábricas de desempleados.
Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en México los jóvenes con estudios universitarios, de 25 a 34 años, enfrentan un desempleo mayor en comparación con los que solo cursaron la secundaria, y aunque una carrera universitaria aún puede generar mejores salarios con respecto a niveles educativos inferiores, lo cierto es que quienes se dedican a los oficios están en la cúspide laboral de los ingresos, es decir, un carpintero o un albañil gana varias veces más lo que un médico recién egresado.
La OCDE concluye en su estudio “Panorama de la Educación 2025” que las y los jóvenes matriculados en universidades en México y Colombia (los países con el mayor problema de desempleo en profesionistas), optan por abandonar sus estudios al observar el comportamiento del mercado laboral, pues ya ninguna carrera es sinónimo de progreso, de estabilidad laboral o de un salario digno.
Y es aquí donde se cae otro de los imaginarios colectivos que en mucho ha servido a las universidades para retacar sus aulas de jóvenes con aspiraciones a vivir bien: carreras como medicina, arquitectura, derecho o administración de empresas,son las que mayor déficit de empleo presentan en México, así como precarizaciones laborales, y a pesar de eso sus aulas se llenan de cientos y cientos de sueños que se derrumban en cuanto se gradúan y buscan empleo. El mercado laboral está saturado, y las universidades egresan cada año a cientos de profesionistas, sin preocuparse en dónde serán colocados, pues lo que importa es el presupuesto federal que les otorgan por cada estudiante.
Dentro de los países miembros de la OCDE México es el penúltimo en inversión por estudiante, algo que, sumado a la carencia de empleos, “limita el desarrollo del capital humano”, es decir, de nada sirve formar profesionistas si lo hacen en instituciones con baja calidad educativa (por la carencia presupuestal), sumada a un mercado laboral sin oportunidades.
Es más, en las mismas universidades se encarnaeste problema al no fomentar el relevo generacional, pues en instituciones como la UNAM más de ocho mil profesoras y profesores tienen edad para jubilarse y no lo hacen porque eso implica una reducción en sus ingresos. En las universidades mexicanas no hay trabajo y tampoco se garantiza un relevo generacional digno para el joven que ingresa y para el trabajadorque se jubila.
Los estudios sobre inversión educativa en México que se realizan desde la academia, en organizaciones civiles o por parte de organismos internacionales, coinciden en que, actualmente, el gobierno mexicano gasta más recursos en las becas para estudiantes que en el mejoramiento de la calidad educativa o de los planteles. Las y los estudiantes tienen beca, sin importar si sus aulas se caen o si tienen maestros mediocres. ¿Así como egresarán las y los profesionistas del futuro?
Con las universidades convertidas en administradoras de recursos económicos más que en formadoras de profesionistas que cambiarán el mundo para bien, las aulas se convierten en “patea botes”, se deja pasar al estudiante hasta que concluye el programa educativo.
Las y los jóvenes se gradúan por resistencia, no por perseverancia o esfuerzo, y esa pobreza la tiene bien detectada el mercado laboral, que además impone filtros para las y los egresados de universidades donde se gradúan siempre y cuando el estudiante no muera.
Como se mencionó, la sociedad y en particular las y los jóvenes, se han percatado de esta incongruencia entre el discurso que sostenía el prestigio de las universidades y la realidad del mercado laboral nacional, e incluso global, y es por eso, en gran medida, que la matrícula escolar ha caído estrepitosamente en los últimos años.
Desde 2020 los ingresos a la universidad en México han caído en 30 por ciento, afectando por igual a instituciones públicas y privadas, e incluso hasta las mejores rankeadas como la UNAM. La crisis no solo golpea a las carreras de las ciencias sociales, como públicamente se ha hecho creer, afecta por igual a todas las disciplinas, pero es menos visible en facultades de administración o de las ciencias de la salud, donde la matrícula bajó de 6 mil a 4 mil estudiantes, que en una de humanidades, donde de 15 estudiantes se redujo a siete.
Especialistas de la UNAM señalan que el bajo ingreso a todas las carreras que ofrecen las universidades es multifactorial, con las principales causas en la “desigualdad, dificultades económicas, costos de oportunidad y desmotivación”. La fórmula es más compleja, claro, y ya trabajamos un estudio científico al respecto, para entender por qué menos jóvenes quieren ingresar a la universidad en Sinaloa (como un reflejo de lo que ocurre en México). Lo cierto es que esa desmotivación es la principal casa no solo de la caída en la matrícula universitaria, también responde a cómo ese estudio “superior” falló a una sociedad que construyó instituciones como trampolines de desarrollo y hasta de prestigio socio familiar.
La universidad nos ha fallado porque ya no posee el monopolio del conocimiento, porque son empresas que administran recursos económicos y humanos en estériles tablas de saldos; nos ha fallado porque en esa voracidad por el financiamiento se distrae de lo que debería ser su principal función; nos falló porque no encontró la forma de articularse con los generadores de empleo (empresa, gobierno, sociedad civil organizada).
Las universidades se han desligado de su carácter humanista, todas, hasta esas que presumen serlo, porque en sus prácticas puede detectarse un mercantilismo humano, un rechazo hacia la crítica, la reflexión y el debate diverso, se han convertido en repetidoras del establishment, en espacios de anonimato (siguiendo la idea del gran Marc Augé), en fábricas de trabajadores desempleados o precarizados.

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