Por: Luis Daniel Rodríguez, Investigador de Mexicanos Primero Sinaloa

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Cada vez que se publican los resultados de PISA, la conversación educativa parece oscilar entre dos extremos. Por un lado, están quienes convierten la posición de México en un ranking en la prueba definitiva del fracaso de todo el sistema educativo. Por otro, aparecen quienes recuerdan las limitaciones de esta evaluación para restar importancia a resultados incómodos. Ninguna de las dos respuestas ayuda demasiado. Los resultados de PISA 2025 no son una sentencia sobre la educación mexicana, pero tampoco deberían convertirse en una noticia más que olvidaremos hasta la siguiente edición.

Los datos duros indican que, en la edición 2025, México obtuvo 408 puntos en Lectura, 388 en Matemáticas y 414 en Ciencias, promediando 403 puntos en las tres áreas y ubicándose en el lugar 37 entre los 38 países miembros de la OCDE. Respecto a la edición de 2022, el país retrocedió siete puntos en Lectura y siete en Matemáticas, mientras que en Ciencias aumentó cuatro puntos. Frente a 2018, la última aplicación realizada antes de la pandemia, los resultados de 2025 siguen siendo inferiores en las tres áreas: doce puntos menos en Lectura, veintiuno menos en Matemáticas y cinco menos en Ciencias.

Más allá de los puntajes, la distribución de los aprendizajes permite dimensionar el problema. Solo 30% de las y los estudiantes mexicanos de 15 años alcanza al menos el nivel básico de desempeño en Matemáticas. En Ciencias y Lectura, aproximadamente la mitad logra ese nivel. En contraste, solo entre 1 y 3 estudiantes de cada mil alcanza los niveles más altos de desempeño en las tres áreas evaluadas. Es decir, una proporción importante de jóvenes enfrenta dificultades para desarrollar competencias fundamentales que serán necesarias para continuar aprendiendo, participar plenamente en la sociedad y enfrentar problemas cada vez más complejos.

Sin embargo, interpretar PISA exige mirar más allá de los rankings. Como advierte Felipe Martínez Rizo, los resultados deben leerse considerando las diferencias en desarrollo económico y social entre los países. La comparación con naciones latinoamericanas ofrece, por ello, un panorama distinto al de una lista mundial: históricamente, México se ha ubicado por debajo de Chile y en niveles cercanos a otros países de la región, además de superar a varios de ellos en distintas aplicaciones. Reconocer este contexto no significa minimizar los problemas. Significa, precisamente, evitar diagnósticos simplistas para poder identificar con mayor claridad qué está ocurriendo.

También conviene observar que la caída en los resultados de aprendizajes no es un fenómeno exclusivamente mexicano. Después de los cierres escolares provocados por la pandemia, PISA 2022 registró descensos importantes en numerosos países. Pero los resultados de 2025 muestran que la tendencia no se detuvo con el regreso a las aulas. Entre 2018 y 2025, el promedio de la OCDE pasó de 487 a 461 puntos en Lectura, de 489 a 463 en Matemáticas y de 489 a 482 en Ciencias. 

Pero ¿qué hemos aprendido de los resultados que conocemos desde hace más de dos décadas? México participa en PISA desde el año 2000 y, durante ese tiempo, el sistema educativo ha atravesado reformas curriculares, cambios institucionales, modificaciones en las políticas docentes y distintas administraciones educativas. Los cambios han sido numerosos. Los avances sostenidos en los aprendizajes, en cambio, siguen siendo difíciles de encontrar.

Esto no significa que todas las reformas hayan sido inútiles ni que los resultados de PISA permitan explicar, por sí solos, lo que ocurre en las escuelas. La educación es un fenómeno complejo y el aprendizaje depende de múltiples factores, escolares y extraescolares. Además, la propia evolución de la cobertura educativa debe considerarse al analizar las tendencias. Martínez Rizo ha señalado que, durante las primeras aplicaciones de PISA, aumentó la proporción de jóvenes de 15 años que permanecían en el sistema educativo, incorporando progresivamente a estudiantes que en décadas anteriores probablemente habrían abandonado la escuela antes de llegar a la edad evaluada. Por ello, las comparaciones históricas requieren cuidado.

Pero reconocer la complejidad no puede llevarnos a la inacción. Si algo muestran los resultados de PISA es que México necesita fortalecer su capacidad para conocer qué están aprendiendo sus estudiantes y utilizar esa información para mejorar. PISA ofrece una fotografía valiosa y comparable internacionalmente, pero se aplica cada tres años y no puede sustituir un sistema nacional de evaluación. México debe contar con mediciones sistemáticas, rigurosas, comparables y transparentes que permitan identificar dónde persisten los rezagos y dar seguimiento a los avances.

El problema no es solamente obtener un mal resultado. El problema sería conocerlo y no aprender nada de él. México necesita dejar de discutir cada edición de PISA como si fuera un acontecimiento aislado y comenzar a utilizar la evidencia como parte de una política educativa de largo plazo. Evaluar no resuelve por sí mismo los problemas de aprendizaje, pero resulta difícil corregir aquello que no se conoce con suficiente precisión.

PISA 2025 vuelve a colocar frente a nosotros una realidad incómoda: una parte importante de las y los jóvenes mexicanos no está adquiriendo los aprendizajes fundamentales que necesita. Pero también muestra que el reto no se resolverá con una nueva reforma presentada como la solución definitiva. México ha cambiado numerosas veces sus leyes, instituciones y planes de estudio como para saber que el cambio, por sí mismo, no garantiza la mejora.

El desafío es construir un sistema educativo capaz de observar sus resultados, aprender de sus errores, reconocer lo que funciona y sostenerlo en el tiempo. Porque estar en la escuela es indispensable, pero no basta; también es imprescindible garantizar el derecho a aprender.

 

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