Plebes, desde la comodidad del celular es bien fácil todo.

Es bien fácil escribir que una marcha “no sirve para nada”. Que los que van “son los mismos de siempre”, “que seguramente hay intereses detrás”. Siempre encontraremos una razón para desacreditar a quien hace algo, aun cuando nosotros decidimos no hacer nada.

Nadie está obligado a marchar. Ese no es el punto. Lo que no tiene MADRE es convertir la apatía en superioridad moral: no hacer nada, pero calificar y etiquetar desde el móvil a los que sí se mueven.

Mientras discutimos quién tiene derecho a protestar, Culiacán sigue contando: 3,818 personas asesinadas (173 niñas, niños y adolescentes), 4,406 personas privadas de la libertad, 12,436 autos robados y más de 4,000 personas desplazadas.

También, esta narcoguerra se mide por lo que ha dejado de exisitir: 5,000 empresas cerradas, más de 27,000 empleos perdidos; y una ciudad donde 90.8% de sus habitantes dice sentirse inseguro.

El sábado 5 mataron a un bebé, ¡a un bebé! Tenía un año y cuatro meses. En el mismo lugar, una niña herida. ¿Ya pusieron su carita triste? ¿Ya dijeron “qué horror”? Y después siguen deslizando el dedo hasta llegar a la siguiente víctima, que con el promedio de estos dos años, otro asesinato ocurre aproximadamente cada cuatro horas y media.

La pasividad no es neutralidad, plebes, no en estos tiempos extraños de erosión democrática. Los gobiernos están perdiendo contrapesos porque la ciudadanía está dejando de exigirlos. No necesitamos que todos estén de acuerdo con ellos; pero basta con que suficientes personas se cansen, se resignen o concluyan que participar no sirve para nada, para dar paso a que alguien más decida por nosotros qué es “normal” o que se justifiquen detrás del “ciclo natural” de las cosas.

¿No están cansados? Aquí en Culiacán llevamos dos años aprendiendo a reorganizar nuestras vidas alrededor de esta guerra. Cambiamos horarios, rutas, negocios, escuelas, fiestas, viajes. Aprendimos qué calles evitar, a qué hora regresar y dónde revisar antes de salir. Lo que parecía algo extraordinario, ya es parte de nuestra rutina. ESTÁ NORMALIZADO. Y parece que ya normalizamos algo todavía más peligroso: dejar de demostrar que nos duele. Empezar a creer que esto es lo que nos tocó y que ya no tenemos derecho a exigir otra cosa.

Plebes, la seguridad sigue siendo responsabilidad del Estado. Enterita. No pienso quitarle un solo gramo de esa obligación. Pero nuestra responsabilidad como ciudadanía es no dejarle los asuntos públicos a su antojo. Informarnos. Preguntar. Exigir cuentas. Ayudar. Organizarnos. Votar. Marchar cuando haya que marchar. Marchar también es esto: juntar la indignación de miles de personas y convertirla en algo que pueda verse, contarse y exigirse.

¿Queremos lograr resultados distintos haciendo lo mismo? ¡Está canijo! ¿Queremos que dentro de un año sigamos contando muertos, desaparecidos, desplazados, negocios cerrados y empleos perdidos teniendo el 9 de septiembre de 2024 como punto de partida?

Esos números no son solo datos fríos. Son niñas, niños y adolescentes que han quedado huérfanos, padres que han perdido a sus hijos; son familias que buscan; negocios que cerraron, personas que al perder sus empleos han decidido irse.

¡HAGAMOS ALGO! ¡No sigamos acostumbrados a esos números! Mucho menos esperar a formar parte de ellos para decidir que entonces sí era momento de hacer algo.

Nos hemos vuelto muy buenos para exigir ciudadanía a los demás y practicarla muy poco nosotros mismos. Criticar es facilísimo. Construir ciudadanía cuesta mucho más.

El domingo 13 de septiembre hay otra marcha ciudadana en Culiacán. Sale de La Lomita hacia Catedral, a las 8:00 AM. La convocan organizaciones ciudadanas y empresariales, como COPARMEX Sinaloa, y con Martha Reyes, su presidenta, como una de las voces al frente. Se ha sumado también la Diócesis de Culiacán, quien ha pedido a los sacerdotes suspender misas matutinas para que los fieles puedan marchar.

Es una marcha ciudadana y apartidista. ¿Es política? ¡Por supuesto! Exigir seguridad y resultados al Estado es hacer política en el sentido más elemental: meterse en los asuntos de la propia comunidad. Partidista es otra cosa.

Aquí no les vengo a decir que caminar de La Lomita a Catedral va a detener una guerra. No va a desarmar a nadie. No va a encontrar a los desaparecidos. No hará eso.

Pero sí hace algo que ahora mismo me parece indispensable: sus convocantes, ciudadanos, se niegan a aceptar que lo que estamos viviendo desde hace dos años es normal.

Yo voy a marchar. No porque crea que caminar me hace mejor ciudadana que quien decida no hacerlo. Voy porque es de las pocas cosas que sí puedo hacer, y porque después de dos años me niego a que mi única forma de participación sea quejarme.

Si tú no quieres ir, no vayas. Pero no minimices ni te burles de quien busca a su hijo. No minimices a quien cerró su negocio. No descalifiques a quien decidió tomar la calle mientras tú observas desde la comodidad de tu casa. Porque tú también eres víctima de esta narcoguerra, aunque quizá todavía no te hayas dado cuenta. Y ojalá nunca tengas que entenderlo porque tu nombre, o el de alguien que amas, terminó convertido en una cifra, una ficha de búsqueda o una de las carpetas de investigación vacías dentro de la Fiscalía.

Después de todo lo que hemos vivido durante estos dos años, “después” no puede volver a significar dos años más de lo mismo.

El 13 de septiembre salimos ahora porque queremos un después.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO